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La Tostá

La España vaciada

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
11 nov 2021 / 06:25 h - Actualizado: 11 nov 2021 / 06:27 h.
"La Tostá"
  • La España vaciada

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Cuando viajo por España, cada vez con menos frecuencia, suelo visitar esos pueblos pequeños que se quedaron sin habitantes e imaginar cómo sería la vida en ellos cuando sus casas estaban habitadas y llenas de vida. Estuve a punto de comprarme una casa en Pozancos, un pueblo pequeño de Ávila donde viven ya solo algunas personas mayores, como mi amigo Vivencio y su señora. Es lógico que estos pueblos se estén muriendo, porque, por lo general, están aislados, con accesos complicados, sin buenas carreteras o transporte público. En Balbarda, otro pueblo pequeño de la citada ciudad, donde vive mi amigo Licinio, no hay ni una sola taberna y un pueblo sin una tasca deja de ser un pueblo como Dios manda. La carretera es para tractores y cuando nieva no se puede salir ni entrar. Vivo en una urbanización a seis kilómetros de un pueblo, sin servicios municipales pero pago unos cuatrocientos euros al año de impuestos. Tener internet malo me cuesta un ojo de la cara, no hay vigilancia y si un día me diera un amago de infarto lo mejor que haría sería ponerme el traje de las bodas, estirarme en la cama y llamar a la funeraria, porque una ambulancia tardaría tres días en dar conmigo. Llegarían antes los buitres leonados. Tengo estudiado lo que diría si me pasara eso: “Oiga, me acabo de morir, vengan a hacerse cargo de mi restos y de mis mascotas”. Luego nos quejamos de la España vaciada, un verdadero problema social. Tendrían que subvencionarnos a quienes vivimos en el campo, porque lo cuidamos y no lo dejamos morir. Pero en vez de subvencionarnos nos llaman “ilegales”. Ilegales que pagamos el kilovatio de luz al mismo precio que quienes viven en San Bernardo o Triana. Y un internet igual de caro, por satélite, que cuando hay nubes o pasa por encima de la casa una cigüeña no puedes ni mandar un correo electrónico. No llega el cartero y tienes que pagar un apartado de Correos, que cuesta al año igual que un jamón. Eso sí, el aire es puro, se duerme bien la siesta y reduces considerablemente las visitas desagradables o inoportunas, que todo hay que decirlo. Cuando vivía en Mairena del Alcor, en pleno pueblo, sonaba el timbre de casa varias veces al día y casi siempre eran amigos que venían a invitarme a un mosto en Los Jaqueles, pero que se habían dejado el monedero en casa. “Paga tú si eso, que al salir de casa me he cambiado de pantalón”. Mentira. Era una estrategia para poder irse en verano quince días a Chipiona. No es la España vaciada, es la España viciada.


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