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La gloria perdida de Joaquín Romero Murube

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Álvaro Romero @aromerobernal1
15 nov 2022 / 20:29 h - Actualizado: 15 nov 2022 / 20:37 h.
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  • La gloria perdida de Joaquín Romero Murube

Joaquín Romero Murube fue de los chicos de aquella Generación de 1927 que empezó a publicar en la tercera década del siglo pasado. Había nacido en 1904, dos años después que Alberti y Cernuda, por ejemplo, y uno antes que Altolaguirre. Recibió a los poetas madrileños cuando el tren del homenaje a Góngora llegó a Sevilla en la antesala de aquella Navidad en la que uno de sus principales financiadores, el torero Sánchez Mejías, se había cortado la coleta, aunque estuviese destinado a volver a la plaza solo para morir y propiciar así la gran elegía de Lorca, que leyó por primera vez en una velada organizada por Romero Murube en el Alcázar que él ya dirigía en 1935, bajo una lluvia de jazmines que perfumó la noche de una tragedia múltiple, porque aquel Llanto por Ignacio no solo era una pena por su cogida en la plaza, sino por la tremenda cornada que le esperaba a España un año después...

La guerra hizo estragos en la intelectualidad española del momento, con los asesinatos de Federico o de José María Hinojosa y el exilio de Salinas, Cernuda, Alberti y Juan Ramón, entre otros muchos escritores, muchos de los cuales no se iban a dedicar a los versos sino a la prosa combativa allende el océano, como Ramón J. Sender o Max Aub. Aquí quedaron poetas académicos o aparentemente lánguidos como Dámaso Alonso o Vicente Aleixandre, y otros en su reino de taifa sureño para sobrevivir al encierro de su propia gloria sin brillo pero escribiendo siempre lo que les dio la gana. Uno de estos raros escritores fue Joaquín, sin salir de Sevilla. Dijo Aleixandre de él que fue el mejor prosista de su generación.

Joaquín lució lo mejor de su prosa exquisita en los periódicos sevillanos desde que empezó a escribir en ellos, en 1922, el año del Ulises de Joyce, por ejemplo, y siguió haciéndolo hasta su muerte, un 15 de noviembre de 1969. En la posguerra, escribió algunos de los poemarios más serenos y plásticos a la vez, como su Canción del amante andaluz. Probó suerte con la novela y llegó al culmen de su creatividad lírica escribiendo un libro entre la poesía y la prosa, entre la realidad y la ficción, entre lo entrañable y lo elegíaco, sin salir de su infancia y del pueblo que iba a llevar para siempre en su corazón, el suyo y el mío. El libro, aparecido en 1954, se tituló Pueblo lejano, y en él se respiraba la Andalucía profunda que habían retratado Juan Ramón en su Platero o Muñoz Rojas en Las cosas del campo, pero con un sentido más rotundo del compromiso y la valentía.

En los años siguientes, desde la atalaya que le supuso siempre el Alcázar, en cuyo puesto de conservador continuó cuando llegaron los franquistas, se convirtió en el eterno cantor de la ciudad de la gracia que le había legado José María Izquierdo. Los mejores títulos de su producción a partir de entonces (Lejos y en la mano, Memoriales y divagaciones o Los cielos que perdimos) denotan la paradoja de ser universal desde lo local, de aspirar a lo más alto sin dejar de pisar el suelo en el que nació. En esos libros –antologías de sus mejores artículos periodísticos- dejó sus mejores reflexiones, pero más de medio siglo después apenas los ha leído nadie porque a Joaquín le faltó un exilio dramático o una muerte antes de tiempo. Quienes lo hemos leído tanto, tal vez ingenuamente, guardamos aún la esperanza de que a todo excelente escritor lo sobreviva su obra, que es a la postre la que cuenta. Lo volvemos a recordar hoy, 53 años después de su marcha.


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