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Viéndolas venir

La lengua inclusiva no es hacer el ridículo

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Álvaro Romero @aromerobernal1
19 abr 2021 / 07:49 h - Actualizado: 19 abr 2021 / 14:57 h.
"Viéndolas venir"
  • La lengua inclusiva no es hacer el ridículo

Por supuesto que la lengua puede contribuir a la inclusión, es decir, a la integración de todos, hombres y mujeres, chicos y chicas, en una sociedad que tiene la obligación de seguir aspirando a ser más igualitaria. También el lenguaje, que es algo distinto al idioma, porque nos comunicamos con todo, no solo con las palabras que decimos o escribimos, sino hasta con nuestra forma de hacer el ridículo. Pero más allá de que determinadas palabras las recoja o no el diccionario -que es un libro en el que los académicos terminan metiendo vocablos cuando ya los usa hasta el tato y por tanto no hay más remedio-, más allá de lo que ponga el diccionario, digo, algunas ridiculeces del mal llamado lenguaje inclusivo contribuyen precisamente a todo lo contrario de lo que parecen perseguir.

A los niños y a las niñas hay que integrarlos ofreciéndoles las mismas oportunidades y garantizándoles los mismos derechos, no llamándolos niñes como si fueran bichos que hubieran de decidir aún su género o algo así. A los niños en general -y en este contexto ya adivinan ustedes que me refiero por supuesto a las niñas también, porque en español el masculino es el género no marcado y eso no tiene nada que ver con el sexo, ni siquiera de los ángeles, por mucho que insistan quienes no tienen ni idea de gramática y además presumen de no tenerla- hay que garantizarles la igualdad demostrándosela cada día, es decir, no encasillando a unos o a otras por el sexo que tengan, o por su género, sino enseñándoles a vivir y a hablar con propiedad, con honestidad, con orgullo de usar un idioma tan bello como el nuestro sin complejos, en la certeza de que, al contrario de lo que hacen algunos políticos con otros intereses, la Igualdad -y la escribo queriendo con mayúsculas- no tiene tanto que ver con lo que esos políticos dicen sino con lo que ellos terminarán dándose cuenta que no demuestran. Que se lleguen a dar cuenta tanto los niños como las niñas, evidentemente, demostrará a la larga que siguen educándose hacia la igualdad, aunque aún nos falte tanto y haya tantos numeritos en el camino que no contribuyan precisamente a conseguirlo.

Quiero pensar que cada vez somos más quienes no podemos con estas chorradas, aunque es cierto que quienes sí pueden hagan mucho más ruido porque la mayoría de la gente piensa, calla y mira hacia otro lado. Los filólogos se han pronunciado en muchísimas ocasiones al respecto, pero vivimos en un país lleno de especialistas en todo mientras que a los especialistas en la lengua se los toma por el pito del sereno, lo cual demuestra hasta qué punto vivimos en una sociedad que no da importancia a esos límites del pensamiento que radican justamente en los límites del lenguaje, como dijo Wittgenstein, y así nos va. ¿Y quién coño es Wittgenstein para decir nada?, se preguntará toda esa gente acostumbrada a la arroba, a la equis esa que parece castrar el género que le corresponda a cada vocablo a medio camino de su existencia. Vivimos en una sociedad que da mucha más importancia a aparentar que no se es machista que a luchar en serio para dejar de serlo.

Ciertos políticos, que como todos los políticos ejercen su profesión sin que se les pida un título –como debe ser, porque la Política es cosa de todos-, acostumbraron incluso a ciertos maestros a esa cantinela de sus mítines de ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, alumnos y alumnas, como si no existiera la ciudadanía, el alumnado o el sentido común, como si los maestros no hubieran demostrado ya con creces que trataban con absoluta igualdad a sus alumnos, independientemente de su género, antes de que a ciertos políticos y políticas se les ocurriese que esa mamarrachada cacofónica era un modo eficiente de conseguir más votos.

Transigieron por miedo a ser tachados de machistas, como si ser machista –adjetivo con el que nadie hace doblete porque es insoportable imaginar a machistas y machistos, aunque, haberlos, haylos y haylas- consistiera en no caer en la absurdidad de estar desdoblando el género todo el rato.

Durante la pandemia, un año durante el cual a nadie se le ha ocurrido hablar todos los días de contagiados y contagiadas, parecía que los políticos iban a darnos lecciones de cómo gestionar una situación tan difícil, que para eso cobran. Pero como la comunidad científica nos dio su lección con la invención y producción de vacunas, la hostelería ha demostrado tanta responsabilidad a pesar de determinada clientela y hasta la comunidad educativa ha demostrado, incluso en los peores momentos, lo que significa su vocación –y ahora he empleado la lengua inclusiva adrede y con oportunidad-, determinada clase política vuelve a lo de les niñes porque tendrá que justificar su sueldazo y debe de seguir creyendo que también la lengua de todos es cosa de decretazo.


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