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La Tostá

La llamada de los muertos

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
16 oct 2020 / 07:58 h - Actualizado: 16 oct 2020 / 08:00 h.
"La Tostá"
  • La llamada de los muertos

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Siempre he escuchado decir, desde niño, que las personas que llegan a cierta edad entrando en la vejez o la ancianidad suelen hablar mucho de familiares que ya se fueron: padres, abuelos, tíos o hermanos mayores. Mi abuelo Manuel me dijo una vez en el campo mientras el sol teñía de oro viejo la copa del pino de Mampela, en Palomares, que era como si estuvieran preparando el terreno para el último viaje, para morirse. Me está pasando ya eso y no soy ni mucho menos una persona vieja. Será que me interesan cada día menos los vivos y que pienso ya en el reencuentro con los seres queridos que se fueron. Jamás he tenido miedo a la muerte. Niquiera de niño cuando a veces pasaba por el cementerio del pueblo, solo, y me atrevía a agarrarme a los barrotes de la cancela y hablarles a los muertos en voz alta. “¿Andas por ahí, Juan Antonio?”. Lo hacía también en Arahal cuando pasaba allí los veranos. Iba al cementerio viejo donde estaba enterrado mi padre y como veía la tumba desde la cancela, una sepultura en tierra de losas verdes y blancas, algo hundida, le hablaba desde la puerta. “¿Estás bien, opá?”. Nunca me respondió a ninguna pregunta, pero siempre cantaba un pájaro sin venir a cuento. Pensaba que se comunicaba conmigo a través de los pájaros y de las mariposas. Un año en la cena del Verdeo, que fue en el cementerio viejo, donde ya no había tumbas, me tocó sentarme justamente donde estuvo la de mi padre y vi toda la noche cómo un niño me miraba desde la cancela agarrado a los barrotes y con una sonrisa tan triste que parecía más una mohín doloroso. En la mesa había velas encendidas y una mariposa blanca estuvo de vela en vela toda la noche. Supe enseguida que era mi padre y que el niño de la cancela era el mismo que se había quedado allí el día que su madre lo llevó a que viera la tumba de su padre desde la cancela. El niño era yo mismo. Tenía 5 años, seguramente me impresionó la funérea escena y me quedé allí. Cuando bien entrada la madrugada acabó la cena, al salir del extinto camposanto el niño seguía en la puerta, lo agarré de la mano y a la altura de la Mazaroca ya se había soltado y había desaparecido. Después de aquella experiencia lo de los muertos me impresiona poco o nada, quizá porque en seis décadas he perdido a demasiados seres queridos. En estos tres últimos días, a tres amigos: Manuel Herrera, Alfredo Benítez y el guitarrista onubense Manolo Azuaga, que murió ayer. Demasiados para un solo corazón, que diría Juan Belmonte. Y lo que puede venir porque, aunque nos estemos acostumbrando al dolor de perder a un ser amado, el virus sigue ahí y tiene ganas de matar.


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