domingo, 19 septiembre 2021
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Viéndolas venir

La memoria de los libros también huele

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Álvaro Romero @aromerobernal1
03 sep 2021 / 08:09 h - Actualizado: 03 sep 2021 / 08:27 h.
"Viéndolas venir"
  • La memoria de los libros también huele

Dicen que la ciencia explica por qué sentimos ese deseo irrefrenable de hundir la nariz en un libro abierto. Aseguran que nos abren el apetito los aromas herbáceos, la lignina, que es uno de los componentes principales de la biomasa vegetal, el oxígeno de sobra o de falta, el moho. En cualquier caso, supongo que lo sentiremos quienes amamos los libros, tal vez porque hemos intuido, desde pequeños, que cada historia tiene su propio aroma. Lo cual me alegra enormemente frente a esa moda ya un tanto pasajera de los libros electrónicos, o de ese aparato que puede contener, si quiere y tiene los megas suficientes, la biblioteca de Babel. A mí me sigue gustando tocar los libros, doblarles una esquina -la de arriba o la de abajo- a falta de un lápiz -nunca hay un lápiz cuando se lo necesita, o será aquello de que en casa del herrero...

El caso es que sí, que a mí también me gusta oler profundamente los libros. Recuerdo ahora que en mi primera casa -tendría yo cuatro o cinco años, no más- había una colección que se llamaba Biblioteca Salvat. No recuerdo ni de qué trataba, supongo que de todo y de nada, porque eran unos finos fascículos que mi padre habría encontrado en cualquier parte. Yo aspiraba con ganas el olor de sus entrañas, que era una mezcla de pegamento y medicina. Ese mismo olor lo descubrí años más tarde en los libros, también enciclopédicos, que había que pedirle al bibliotecario de mi pueblo, un señor que solo miraba hacia adelante, que vestía y atendía con mucha exquisitez y de quien se burlaban algunos gamberros haciéndoles morisquetas por los lados. También recuerdo el olor de esos libros, envejecidos ya, que devoré de la tienda de veinte duros de entonces. Salgari, Alberto Manzi, Louisa May Alcott. Recuerdo el aroma a papel, humedad y tierra de la edición de Cien años de soledad que compré en el kiosco de Gerardo, hace ya tanto. Recuerdo el olor de los libros de texto. El libro de Naturales, el de Matemáticas, con un profundo hedor a combinaciones de aquellas con muchos paréntesis y corchetes, el de aquella maravillosa antología de Anaya que se llamaba Antos. Recuerdo, en fin, el olor de celulosa un tanto amarga de El Quijote que leí aquel otoño sobre la cama, con aquellas ilustraciones de Doré, y el de aquellas novelas de mi adolescencia cuyo perfume aspiraba yo en cada ilusionado impulso de lectura recortada para que la historia, como una golosina, no se me terminara.

Supongo que la ciencia tiene explicación para todo, pero los lectores empedernidos no. Quienes amamos hundir todos los sentidos en los libros, ese invento tan perfecto de la ingeniería, tenemos que cavar demasiado en nuestros primeros recuerdos para aproximarnos a la lógica de nuestra querencia por ellos.

Ahora que me pongo a pensar en los orígenes -de mi amor por los libros, por la lectura y sus olores- se me agolpan estampas antiguas en el patio de mi abuela, de revistas Blanco y Negro sobre su máquina Singer que yo ojeaba y hojeaba y de vez en cuando olía, sin atinar nunca a dilucidar qué oscuro objeto del deseo me atraía hacia aquellos reportajes que yo leía a desordenados retazos, a veces frases sueltas que me martilleaban en la mente, seguramente con ese ímpetu de la belleza que se llama estética y que yo entonces no sabía. No se me olvidan aquellos tabeos de Gente Menuda. Me acuerdo también de la revista Burda que le llegaba a mi madre no sé cómo, tal vez por correo, pero que yo veía ya en el salón desordenado de telas, con sus satinadas páginas con modelos lánguidas que lucían aquellas chaquetas con hombreras y un extraño aparataje de páginas con patrones que tantos años después evoqué al ver el laberíntico recorrido del metro de París.

Yo admiraba a mi madre porque siempre decía que había dejado la escuela en tercero, y sin embargo era capaz de desentrañar aquellas líneas grises, verdes y azules que se llamaban el patrón pero que ella llamaba la hechura. Qué hechura más bonita tiene esta falda, decía, señalándola en la revista con el índice, antes de chuparse el pulgar para pasar de página. Yo solo miraba a la chica, sin saber qué era la hechura, e imaginaba, no sé por qué, que la habían obligado a posar allí. Novelerías... Todo aquel papel de entonces se me agolpa ahora en el recuerdo y tiene su exacto tacto de entonces, su olor inolvidable, evocador a la fuerza de historias dentro y fuera de las páginas.


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