jueves, 26 noviembre 2020
11:57
, última actualización

La mezquita de la discordia

Image
04 jun 2016 / 23:18 h - Actualizado: 04 jun 2016 / 22:18 h.
"Scripta manent"

Cada vez tiene más sentido que haya una gran mezquita en Sevilla, como centro de referencia del culto islámico en la ciudad. Cada vez hay más ciudadanos que profesan la religión de Mahoma, llegados la mayoría desde distintos lugares del Magreb o del este de Europa, pero también muchos convertidos al Islam por propia convicción, incluso habiendo sido criados en el cristianismo. Pero no es solo ese elemento el que otorga legitimidad a la existencia de un centro de culto con minaretes apuntando al mismo cielo al que apunta la Giralda, que también fue por cierto, alminar como conviene recordar. La libertad de culto que la Constitución otorga como derecho a los españoles ampara la observancia de cualquiera de los preceptos de las religiones que, lógicamente, no colisionen con ninguna de las leyes que establecen el ordenamiento jurídico. Así que tanto derecho tienen los católicos para construir iglesias como los musulmanes de construir mezquitas o, en su caso, los budistas de construir pagodas o estatuas gigantes de Buda reclinado.

En otro sentido completamente desprovisto de relación con el asunto de la mezquita, cualquier promotor privado está amparado por el mismo ordenamiento fiscal y jurídico español para poner en marcha una iniciativa encaminada a obtener beneficios económicos, como un centro comercial que atraiga a marcas del universo del lujo y a sus afortunados compradores, que pueden desprenderse de varios miles de euros al comprar un bolso, un reloj o para pagar una cena a base de caviar y champagne.

Pero ambas iniciativas —la construcción de una gran mezquita y la de un gran centro comercial— dejan de tener sentido alguno cuando se relacionan, como ha ocurrido en Sevilla. Por más que los promotores de los dos proyectos se hayan encargado de explicar hasta la saciedad que el éxito de cualquiera de los objetivos no depende del otro, han cometido dos errores de bulto: el primero de ellos, presentarlos al mismo tiempo, dando que pensar mal; el segundo, ser los mismos promotores, a los que se les nota una tendencia a seguir el rastro del aroma del dinero fácil. Y el que se cuenta en petrodólares, como el que llega de los Emiratos Árabes Unidos, ha adquirido en el imaginario colectivo ese halo de estar a la libre disposición de los hermanos pobres del Mediterráneo, que acudimos a devorarlo en cuanto sale de los maletines o de los pliegues de los thawb níveos de los jeques.

Aún hay más errores que han disparado la desconfianza de muchos sevillanos en torno al proyecto de la gran mezquita, y todos relacionados con el innecesario rosario de justificaciones —excusatio non petita, accusatio manifesta— con el que se han apresurado a adornar un proyecto que definen sus promotores como «occidental y progresista», o «integrado por sevillanos de pura cepa, muchos de ellos católicos», o «con garantías de igualdad para la mujer». También cumplen la función de adornos y coartadas los pretendidos usos sociales del centro cultural asociado (ese sí) a la mezquita, tales como biblioteca, centro de salud orientado a la prevención del cáncer... y hasta banco de alimentos. Es decir, todo lo que tiene una indiscutible proyección favorable hacia una sociedad sensibilizada.

Lo que no es fácil encontrar en un proyecto que se ocupa de tantos aspectos es, en cambio, la seriedad que cercenaría todos los argumentos contrarios a su llegada a buen término. Todas las críticas, todos los miedos absurdos disparados también por la ignorancia. La capital de Andalucía presume de haber sido lugar de encuentro, de concordia y de convivencia de tres culturas con una fuerte penetración de sus creencias religiosas. En un universo que borra día a día sus fronteras, y con una confesión mayoritaria (la católica) abriéndose también hacia el sincretismo espiritual como fórmula para la aniquilación de los radicalismos que tanto daño hacen al mundo, tiene todo el sentido que una ciudad como Sevilla y con la historia de Sevilla cuente con un centro de culto del Islam de referencia en Europa. Pero para que llegue, y para que no sea frenado con argumentos pobres e incultos como los que se han escuchado en contraposición a los no menos pobres e incultos de los promotores del proyecto, las dos posiciones deberán enfrentarse en pie de igualdad; con altura de miras y talla moral. Por el momento, no la demuestran quienes aseguran que una gran mezquita aljama sería foco de concentración de radicales, ni quienes ponen el parche hablando antes de los artificios de la influencia cultural y social que de la raíz misma de las aspiraciones de la comunidad islámica, que no puede ser de otra índole que espiritual.

Un centro de culto islámico tiene que ser presentado a la sociedad sevillana, integrada en parte por un sector que no se caracteriza precisamente por ser amigo de lo que viene de extramuros, no como otra cosa que como un centro de culto islámico. Cualquier otro afeite que pretenda adornar el proyecto, será respondido con temores tan lícitos como infundados. Y para colmo, esta es ya la segunda intentona, que contribuye a complicar la credibilidad de iniciativas serias que estén por venir, y que tendrán mucho más complicado alcanzar la verosimilitud.


Consultorio financiero en El Correo de Andalucía Marcaje al Empresario en El Correo de Andalucía Edictos en El Correo de Andalucía
Todos los vídeos de Semana Santa 2016