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La radio

06 feb 2019 / 14:15 h - Actualizado: 06 feb 2019 / 14:18 h.
"Excelencia Literaria"
  • La radio

Por Juan Andrés Coromina

A medida que crecemos, una parte de nosotros se rompe. Desaparece. Un día estaba y al día siguiente ya no está. Pero no es culpa nuestra perderla. Me refiero a un don muy especial. Y aunque hay gente, poca, que consigue conservarlo, la mayoría lo perdemos. Yo lo perdí. Por bajar a la realidad, por acercarme a la verdad, lo perdí.

Yo vivía en un pueblo a las afueras de la ciudad. Éramos cuatro hermanos; el mayor se llamaba Jacobo y hacía poco había cumplido la mayoría de edad. Trabajaba con mi otro hermano, Fermín, en la Ford. Clara, la pequeña, era mi confidente. Es una lectora compulsiva; rara vez la veía sin un libro en las manos. De mí puedo decir que yo era al teatro lo que a mis hermanos al fútbol: un fanático. Presentía que mi futuro estaba en las tablas.

Un sábado, mi padre nos dio cinco mil pesetas a mi hermana y a mí para que fuésemos a ver Don Álvaro o la fuerza del sino, una obra del Duque de Rivas que a principios del siglo XIX supuso algo así como la serie de libros y películas conocidas como Crepúsculo en el inicio de este siglo XXI. Me sentí muy contento, pues no era habitual que mi padre nos soltase tanto dinero, menos en aquella época, pues le había oído decir que no estábamos para malgastar el dinero. Le valoré el gesto, pues sabía las ganas que yo tenía de asistir a la representación. Llegamos Clara y yo al teatro, que se llamaba Benavente o, tal vez, Galdós. No lo recuerdo bien, pero tenía nombre de escritor. Compramos dos entradas de gallinero, pero tampoco me importó, porque se veía y escuchaba bien. Las luces se apagaron y empezó la obra...

***

Llegamos a casa a la vez que Jacobo y Fermín, que a juzgar por sus caras, habían tenido un día duro en la fábrica. Nos sentamos a cenar. Yo estaba muy ilusionado por comentar la obra con mi familia, pero no vi en mis hermanos ganas de hablar y menos de escuchar. Mis padres sí que me preguntaron, pero les noté cansados, así que tampoco les ofrecí muchos detalles.

De repente sonó el timbre. Mi padre se levantó para ver quién podía llamar a esas horas. Cuando abrió la puerta se encontró con un anciano. Mi padre le preguntó qué quería. Le dijo que trabajaba en el teatro, que se había fijado en mi físico y, que si buscaba un trabajo, podría contratarme, ya que uno de sus empleados se había alistado al ejército. A la mañana siguiente me desperté temprano y llegué antes de que abrieran las puertas del teatro.

Aquel anciano se llamaba José. Una vez me enseñó el lugar, comencé a trabajar en la tramoya. Tenía que alzar y bajar el telón, mover los objetos en el escenario, poner los decorados... Por la tarde, cuando llegaron los actores, reconocí al que interpretaba a Don Álvaro. Me acerqué a felicitarle por la representación del día anterior, y le dije que daría lo que fuera con tal de llegar a ser algún día tan buen actor como él. Me sonrió, me puso una mano en el hombro y me animó a leer y ensayar, así como a disfrutar con mi sueño. Un sentimiento extraño se empezó a apoderar de mí. Era una mezcla de alegría y esperanza, como si un tesoro que hubiera anhelado estuviera de pronto al alcance de mi mano.

Cada tarde me veía con él, y le preguntaba cómo mejorar. Después de la obra, me ponía ante un espejo y me hacía leer algunos de los diálogos de La vida es sueño. Mi hermana no tardó en venir para darme las réplicas. En casa nos sentábamos alrededor de la radio y escuchábamos los seriales de la cadena nacional. Nos imaginábamos que éramos diferentes personajes, que vivíamos mil aventuras, que viajábamos alrededor del mundo sin movernos del salón.

Poco a poco fui mejorando el método y empecé a compaginar el trabajo de tramoyista con la actuación. Eran pequeños papeles, pero disfruté mucho. Cada vez que salía al escenario y venía al público... Junto a los profesionales de la compañía les hacía sorprenderse, reír, llorar... y de colofón, los aplausos.

Seguimos actuando a lo largo de dos o tres meses, ya no lo recuerdo bien, pero el número de asistentes se iba reduciendo. Una de esas noches, al volver a casa, le conté a Jacobo lo que pasaba en el teatro. Él me contó que, sin embargo, en la fábrica había cada vez más trabajadores. La producción no había sido tan numerosa en el tiempo que llevaba contratado.

Dejé de escuchar los seriales. En la radio solo escuchaba los noticieros.

Una tarde, Felipe Carrascosa (Don Álvaro sobre las tablas) no apareció. Ni él ni ninguno de los demás. No los volví a ver nunca más. José me dijo que era cuestión de semanas que el teatro cerrara. Me dio un adelanto por falta de preaviso y me animó a que buscara trabajo en las fábricas o que me alistase.

Volví a mi casa sin poder contener las lágrimas. Mis padres y mis hermanos estaban sentados junto a la radio. Sus caras eran de asombro y miedo. En ese momento bajé de la nube en la que estaba flotando, dejé de lado mis sueños y me enfrenté a la realidad. Fue entonces cuando perdí aquello que perdemos todos cuando nos toca madurar, aquello que solo unos pocos elegidos consiguen mantener.

Fermín apagó la radio. La guerra había empezado.


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