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La Tostá

La saeta languidece en Sevilla

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
21 mar 2021 / 08:16 h - Actualizado: 21 mar 2021 / 08:18 h.
"La Tostá"
  • La saeta languidece en Sevilla

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En 1964, en conversación privada que quedó grabada y que tuvo lugar en una casa del casco antiguo de Sevilla, Antonio Mairena dijo que no quedaba nadie que cantara saetas en Sevilla. Es verdad que se habían muerto ya muchos de los grandes saeteros que despuntaron en la segunda y tercera décadas del siglo XX, como fueron Manuel Centeno, Manuel Torres, Manuel Vallejo, Tomás Pavón, el Niño Gloria o Mazaco. Pero cuando Mairena dijo eso en privado vivían aún Manolo Caracol, la Niña de la Alfalfa, Pepe Pinto, la Niña de los Peines –ya muy mermada de facultades físicas y mentales–, Pepe Valencia, Rogelio de Huevar, el Niño de Villanueva, el Rerre de los Palacios y muchos más que harían la lista interminable. En los pueblos había en aquellos años grandes saeteras y saeteros. En el mismo pueblo de Mairena estaba Hornerito, un auténtico fenómeno.

Mairena era muy tremendista con las cosas del cante. En esa misma conversación dijo que exceptuando a la Niña de los Peines, que ya no cantaba, tampoco quedaba nadie importante en el cante jondo. Si acaso, él, que nunca tuvo abuela. Y vivían aún Marchena, Caracol o Juan Valderrama, por no hablar de cincuenta más. ¿Qué diría hoy don Antonio Cruz García si levantara la cabeza y viera que Sevilla, ahora sí, se ha quedado sin grandes figuras del cante y, en concreto, sin saeteros de importancia. Los hay en los pueblos, pero en la capital solo queda José el de la Tomasa, sobrino-nieto de Manuel Torres, aquel coloso jerezano que cuando cantaba en un balcón de la calle Sierpes se colapsaban todas las calles aledañas. A él se le debe, dicen, la costumbre de mecer los pasos en Sevilla, ciudad a la que se vino a vivir con 19 años y nunca se fue. Murió en la calle Amapola, 4, en julio de 1933.

¿Es que no hay buenos saeteros y buenas saeteras en Sevilla? Por supuesto que sí. Lo que no hay son grandes figuras de este palo. Y tampoco mucho interés por parte de los aficionados. El cantaor sevillano Luis Rueda, que en gloria esté, me contó que cuando él era un muchacho se pegaba toda la Semana Santa corriendo por las calles del casco antiguo, porque si cantaba Manuel Torres en la Campana, la Niña de los Peines y Vallejo lo hacían en la Macarena, Manolo Caracol en San Román y Manuel Centeno en San Lorenzo. Los sevillanos se mataban por coger un buen sitio debajo de cada balcón donde cantaba alguno de los fenómenos citados. Y me contaba que, a veces, cuando la gente se iba veía cachos de camisas en el suelo, porque los gitanos se la partían con Torres o Caracol. Era aquella Sevilla pasional, rozando el delirio, que se fue yendo con el paso de los años.

Esa Sevilla despierta a veces si algún joven saetero le canta un saetón a cualquier imagen. Ocurrió en 2015, cuando el ursaonés Manuel Cuevas le cantó una impresionante saeta en la Campana a la Macarena, delante del príncipe Felipe, que llegó a emocionarse. A la mañana siguiente se hablaba de la saeta del cantaor de Osuna en medio mundo y parte del otro medio, porque el joven y poderoso cantaor había recordado aquellas hazañas de los grandes genios del palo religioso por excelencia. Ahogado a veces por la emoción y haciendo alarde de un fuelle sobre humano, Cuevas desenterró él solo un palo del flamenco que languidece hoy de una manera un poco triste. Algo hay que hacer en Sevilla para que la saeta no acabe por perderse del todo.

Que se callen las trompetas,

que no redoblen los tambores,

que está sufriendo en la Cruz

el más grande de los hombres.


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