martes, 29 septiembre 2020
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La segunda oleada ya está sucediendo

El número de contagios es espeluznante. El Ministerio de Defensa cancela el desfile militar de octubre (cómo lo verán para cancelar un acto tres meses antes). Los brotes se han descontrolado y la transmisión comunitaria parece imparable. ¿Qué más necesitamos para intuir una segunda oleada?

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21 jul 2020 / 15:47 h - Actualizado: 21 jul 2020 / 16:00 h.
"Opinión","Coronavirus"
  • La segunda oleada ya está sucediendo

Cientos de personas que se dedican a la recogida de fruta y de verduras, los conocidos como temporeros, se hacinan en edificios abandonados, o en las vías públicas de las localidades en las que les ofrecen trabajos mal pagados y un trato inhumano. Se han convertido en uno de focos de infección de la Covid-19 más importante y más descontrolado. Todos somos culpables. Es una vergüenza que consintamos algo así en pleno siglo XXI.

Miles de jóvenes se reúnen en centros de ocio nocturno y diurno. Y no es, precisamente, para estudiar. La fiesta parece que es imprescindible para esta generación de jóvenes. Por supuesto, sin mascarillas, sin guardar la distancia de seguridad, sin una higiene personal adecuada. Estos sí tienen una cama en la que dormir, dinero para comprar mascarillas, un baño estupendo en casa y muy poca responsabilidad. Se han convertido en uno de focos de infección de la Covid-19 más importante y más descontrolado.

Las diferencias entre esos dos grupos de personas son notables. Pero el resultado sanitario es el mismo. Unos de forma irremediable y otros porque anteponen un rato bailando a la ruina de un país, a las muertes de personas que terminarán contagiadas gracias a su idiotez, serán un foco de expansión de un coronavirus que es letal.

Podemos sumar a los que no usan mascarillas y agreden a los que les recuerdan que es necesario que se las pongan para evitar contagios. Estos son jóvenes, menores de edad, adultos y algún anciano bastón en ristre.

Podemos sumar a un equipo de fútbol que sabiendo que tienen positivos en la plantilla se plantan en la ciudad del equipo al que se tienen que enfrentar, entran en el hotel como si no pasara nada, utilizan unas canchas deportivas cercanas y, más tarde, se ponen cara de no sabía que esto no se podía hacer.

Podemos sumar a todos los que celebran las victorias de sus equipos como si eso les fuera a cambiar la vida. De momento, la única consecuencia es que la estupidez de estos sujetos queda patente.

Qué pereza. Y qué rabia saber que un grupo (numerosísimo) está poniendo en riesgo un futuro colectivo que ya se dibuja en clave de tragedia.

Con los datos en la mano, no es difícil deducir que la segunda oleada ya está aquí aunque no lo sepamos o lo neguemos


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