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Cuaresma 2020

La Semana Santa de 1920

Aquel año, el Domingo de Ramos se mojó, la Bofetá se estrenó desde el Beaterio de la Trinidad y el Gran Poder fue atribuido a Juan de Mesa. Además hubo ‘Santo Entierro Grande’, el Cachorro procesionó con cuatro hachones y el Cristo de los Cálices salió de manera extraordinaria

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03 mar 2020 / 08:49 h - Actualizado: 03 mar 2020 / 08:56 h.
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  • Nazarenos del Señor de las Penas (La Estrella) por la calle San Jacinto. / El Correo
    Nazarenos del Señor de las Penas (La Estrella) por la calle San Jacinto. / El Correo

1920, bisiesto, fue el año en que entró en vigor el Tratado de Versalles con que se ponía fin a la Primera Guerra Mundial. En Estados Unidos se creaba la ley seca, Manuel de Falla estrenaba El sombrero de tres picos y Agatha Christie daba a luz su primera novela, El misterioso caso de Styles. En el capítulo de nacimientos, dimos la bienvenida a Federico Fellini, Miguel Delibes o Karol Wojty³a (futuro Papa Juan Pablo II), mientras que el mundo se despidió de Benito Pérez Galdós, Eugenia de Montijo y Muñoz y Pabón. En Sevilla, 1920 fue testigo del derribo del Colegio-Universidad Santa María de Jesús —entonces situado en la Puerta de Jerez—, de la construcción de Casa Longoria, uno de los edificios neobarrocos más representativos de la Plaza Nueva, y de la creación de la Comisión Gestora de la Exposición Iberoamericana, que se inauguraría en 1929. En materia eclesiástica, el Cardenal Almaraz y Santos viviría sus últimas horas como Arzobispo de Sevilla, teniendo como destino Toledo, y siendo sustituido por el Cardenal Ilundain, un nombre controvertido en la historia de la Semana Santa hispalense.

Un Domingo de Ramos marcado por la lluvia

La Semana Santa de 1920
La Hiniesta saliendo de San Julián en 1920. / El Correo

Aquel año, el Domingo de Ramos cayó el 28 de marzo, y por la prensa de la época sabemos que fue, en cuanto a meteorología, uno de los peores que se recuerdan. Por citar un ejemplo, a mitad de la tarde calló un descomunal aguacero que cogió por sorpresa a todas las cofradías en la Carrera Oficial, obligándolas a refugiarse en los templos más cercanos. La Sagrada Cena, que aquellos años salía de la parroquia de Omnium Sanctorum —con el apostolado que desapareció en el incendio de 1936—, buscó cobijo en la sede de la Universidad (calle Laraña). Por su parte, San Roque, con el antiguo paso del Señor de Pasión —adquirido por 250 pesetas—, y La Hiniesta, con el Cristo de Felipe de Ribas y la dolorosa atribuida a Montañés, se quedaron juntas en la Catedral. Lo mismo que La Estrella, que se encontraba en la Plaza de San Francisco cuando hizo acto de aparición la lluvia. Como nota curiosa, desde finales del siglo XIX, Las Aguas y Los Negritos procesionaban el primer día de la Semana Santa. La primera, al igual que La Estrella, lo hacía desde la parroquia de San Jacinto; mientras que la segunda salía desde su capilla de los Ángeles, pero con el paso de misterio anterior al actual (estrenado en 1922). Siguiendo el ejemplo de San Roque, La Hiniesta y La Estrella, la hermandad de Las Aguas aguardó a que escampara bajo las bóvedas catedralicias; no así la hermandad de los negros, que, a poco de entrar en La Campana, barajó opciones como San Antonio Abad, San Gregorio o El Museo, decantándose finalmente por San Vicente. En el caso de La Amargura, las prisas por meter a sus pasos en San Juan de la Palma provocaron que uno de los romanos del Desprecio de Herodes se fracturase una mano —aquella donde portaba la lanza—. Aunque la cosa no acabó ahí. Tras observar un claro en el cielo y aventurarse a regresar sobre las diez de la noche, La Cena, La Estrella y Las Aguas volvieron a mojarse. Algo que no le ocurrió a San Roque, que postergó su retorno al día siguiente —algunos hermanos portaron la túnica y otros fueron de paisano—; o La Hiniesta, que puso rumbo a su templo dos días después. Sin embargo, la Junta de Gobierno de La Amargura no se dio por vencida, y ante la frustración del Domingo de Ramos, repitieron salida el Miércoles Santo. Ese día quedó para el recuerdo por otro hecho anecdótico. San Bernardo y Montesión se quedaron a las puertas de la Catedral... por llegar tarde.

La Semana Santa de 1920
El misterio de la Bofetá en 1920. / El Correo

El año que murió Joselito

Un día antes, La Bofetá se estrenaba en la Semana Santa tras reorganizarse en 1919 en el Beaterio de la Santísima Trinidad —aunque pronto establecería su sede en San Román—. Dadas las escasas pertenencias con que contaban, aquel 30 de marzo, los miembros de la nueva cofradía procesionaron con uno de los pasos de Las Siete Palabras, quienes por aquellos años poseían dos. Curiosamente, fueron las andas realizadas por Ricardo Reguera en 1881, según diseño de Joaquín Díaz Montero, y que aún utilizan hoy en su salida desde San Vicente. Al no disponer de misterio —Castillo Lastrucci lo ejecutaría completo en 1923—, los cofrades del Dulce Nombre decidieron sacar al primitivo Cristo sobre las andas prestadas. Este, titulado del Mayor Dolor, se había atribuido indistintamente a Juan Oviedo y de la Bandera, el Mozo, y Andrés de Ocampo —talla que aun conserva la corporación—. En cuanto al atuendo, los nazarenos portaron túnicas de cola moradas de ruan, las cuales alquilaron a la hermandad de La Cena. Ese año sería también inolvidable para las hermandades del Valle, que estrenó el manto de Rodríguez Ojeda, y de la Madrugá, pues Adolfo Rodríguez Jurado atribuyó a Juan de Mesa la imagen del Gran Poder —también sumaría al Cristo de la Conversión de Montserrat—, y La Macarena vería morir en mayo a uno de sus mayores benefactores, Joselito el Gallo. En el caso del Cachorro, la sorpresa fue contemplar al Cristo rodeado de cuatro hachones y saliendo en el Santo Entierro Grande junto a los pasos del Triunfo de la Santa Cruz, La Cena, la Oración en el Huerto, el Desprecio de Herodes —esta fue su tercera salida en seis días—, la Flagelación de Las Cigarreras, la Coronación de Espinas y Jesús con la Cruz al Hombro del Valle, La Sentencia de la Macarena, las Tres Caídas de Triana, La Exaltación, Las Siete Palabras, La Quinta Angustia, La Mortaja, Santo Entierro y Duelo. También estuvo la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad de La Carretería —siendo la primera vez que participaba un paso de palio en este evento—, y estaba previsto que se sumase el misterio del Prendimiento, de la hermandad de Los Panaderos; pero al no presentarse los costaleros en la capilla, hubo que suspender la salida. Y como novedad, el Cristo de los Cálices de la Catedral procesionó en el paso de las Santas Justa y Rufina del Corpus, para regocijo de propios y extraños.


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