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La Tostá

La Sevilla más triste

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
23 sep 2020 / 09:48 h - Actualizado: 23 sep 2020 / 09:55 h.
"La Tostá"
  • Calle desierta de Sevilla. / El Correo
    Calle desierta de Sevilla. / El Correo

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Al vivir en el campo bajo poco a Sevilla, solo a asuntos de papeleo, como le pasaba a mi madre, que solo venía a la Caja Nacional o al médico. Se me mueren de pena los pájaros del aliento viendo cómo está la ciudad, solitaria, con calles céntricas que parece que han sido abandonadas por los vecinos. Y como no hay turistas por lo de la pandemia y muchos habitantes de esas calles se fueron para dejarles sitio, pues eso: vas al centro y te dan ganas de sentarte a llorar en el poyete de alguna casa señorial. Por las noches, cuando me acuesto, suelo cerrar los ojos y recordar la primera vez que vine a Sevilla desde Palomares del Río, en 1968. Mi madre vino a arreglar unos papeles en la Caja Nacional y me dejó sentado en la entrada con el ruego de que no me moviera. Pero como siempre fui curioso y aventurero decidí rodear la Catedral y recuerdo que conforme andaba se me iban saltando las lágrimas de la emoción como los hilvanes de una prenda nueva. ¡Dios, qué bella me pareció Sevilla en aquel primer viaje, con sus coches de caballos y el empedrado de las calles! Acostumbrado a andar por entre terrones, pisar aquellos adoquines con tanta historia fue algo inenarrable. Pero nada comparable al momento de poner la barbilla en la pared de Giralda y mirar hacia arriba, hasta las nubes. La torre de la Catedral me pareció una gran galleta que colgaba desde alguna estrella cercana. Cuando regresé a la puerta de la Caja Nacional me estaba esperando doña Pepa con cara de haber llamado a la Guardia Civil para denunciar mi desaparición. Como vio que traía posado en la cara el pájaro de la emoción y el gozo, agarró mi mano y me llevó por la Avenida de José Antonio abajo en dirección a la Plaza de San Francisco y Plaza Nueva. De allí a Sierpes, que tenía una luz como de Gonzalo Bilbao, y de esta arteria principal de la ciudad a calles como Cuna y Puente Pellón a ver escaparates. Viendo uno, un señor con un traje negro y funéreo sombrero le tocó el culo a mi madre y como lo vi todo me fui detrás de él acordándome en voz alta de toda su puñetera nación. Aquel día, Pepa no era solo mi madre, era como una novia que me llevaba de la mano a ver tiendas de chucherías. Aún tenía luto por mi padre, que había muerto hacía siete años. No sé si insulté al acosador porque era mi madre o la viuda de mi padre, que no estaba allí para quitarle el sombrero de un guantazo a tan descarado bellaco. Helado en la Plaza de la Encarnación y regreso por la Alfalfa para recorrer Albareda en dirección a Méndez Núñez, San Pablo, Marqués de Paradas y el Barranco, de donde salían los autobuses de Palomares, aquellos rojos con cobrador en la puerta de atrás. Nunca he olvidado aquel viaje a una Sevilla que no era un cuadro de tristeza, como ahora, sino una inmortal primavera luciéndose ante un niño de pueblo que acababa de descubrir el pasmo. Bajar ahora a Sevilla desde los arrozales de La Puebla del Río, en tiempos de pandemia, es demasiado para un solo corazón.


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