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La Tostá

La tercera edad del flamenco

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
07 nov 2019 / 08:33 h - Actualizado: 07 nov 2019 / 08:43 h.
  • Ricardo Pachón. / EFE
    Ricardo Pachón. / EFE

No sé si los aficionados al flamenco han pensado alguna vez, por curiosidad, en los años que suman Ricardo Pachón, director del Instituto Andaluz del Flamenco; Antonio Zoido, director de la Bienal; y Manuel Herrera Rodas, director del ciclo flamenco de Cajasol. Más de dos siglos y medio entre los tres. Son las voces de la experiencia. De Ricardo Pachón no voy a decir mucho porque es un señor con el que sintonizo poco, aunque he admirado su labor en ciertos aspectos y ya me gustaría tener sus vivencias.

Tampoco quiero decir mucho de Antonio Zoido Naranjo, al que conozco desde los tiempos del PTA (Partido de los Trabajadores de Andalucía), recién muerto Franco. Él era uno de los líderes del partido y yo solo una jovenzuelo algo kamikaze, sin estudios, calicatero, que se apuntaba a un bombardeo. Un día me apunté a encadenarnos en el Gobierno Civil y él me dijo que no, que era muy joven y que ya tendría tiempo de pegarme con la policía. Como director de la Bienal ya he opinado muchas veces, y no me gusta repetirme.

Sí me apetece decir algunas cosas de Manuel Herrera Rodas, maestro de escuela de Casariche que lleva casi toda su vida viviendo en Los Palacios. Estos días le han dado un homenaje por llevar veinte años dirigiendo el flamenco en la citada entidad bancaria y, aunque fui invitado, no pude estar junto a él por motivos que no vienen al caso. Fue un homenaje por sorpresa, que son los buenos, y, al parecer, se emocionó y pasó un buen rato con artistas, críticos y aficionados.

Manolo Herrera no lleva solo dos décadas en esto, lleva toda su vida. Era yo un adolescente cuando iba a El Pozo de las Penas, la peña flamenca de Los Palacios, y lo veía ya trabajando con el inolvidable Paco Cabrera de la Aurora. Manolo era un peñista, pero no uno de esos peñeros que solo van a las peñas a disfrutar del arte y a beber vino. Era un trabajador incansable, primero en la citada peña y luego en la Federación, la ITEAF, donde ayudaba a los flamencos mayores, y Sevilla Flamenca, la entrañable revista que dirigió tantos años Emilio Jiménez Díaz, del que casi nadie se acuerda, ya que hablamos de homenajes.

En todos los sitios donde ha estado Manuel ha sido siempre un hombre modélico, entregado y apasionado. Incluso como director de la Bienal, aunque en esa faceta me gustó menos y alguna vez critiqué aspectos de su gestión. Hoy que tanto se habla de lo importante que es el flamenco para Andalucía, lo es en parte por hombres como Manolo Herrera.

Si soy algo en este arte al que le llevo dedicados ya más de cuarenta años, que lo dudo, es por él y por y otros hombres que, como él, dedicaron su vida a este arte. Muchos se han ido sin que nadie les diera las gracias alguna vez, y por eso agradezco el reconocimiento al maestro de Casariche. El flamenco se ha deshumanizado bastante en los últimos años, y es una pena porque si por algo se ha caracterizado siempre ha sido precisamente por la humanidad de los artistas y los aficionados.

Larga vida a los tres mosqueteros de lo jondo. La veteranía es un grado, aunque en Sevilla no se hayan enterado todavía.


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