martes, 11 agosto 2020
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La voz de Santa Inés

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20 ene 2018 / 20:50 h - Actualizado: 20 ene 2018 / 21:26 h.
"Cofradías","La apostilla"

Estamos ya sumidos en el 2018. Todavía no nos hemos atrevido a traspasar el primer zaguán, aún no hemos bajado el primer escalón de sus doce peldaños en escalera sin fin, al menos nosotros no se la vemos. Enero se nos ha despertado revoltoso, y hay noticias ahí fuera que nos invitan a dejar de creer en la importancia de lo tangible: ya cualquier cosa puede, o podría hacerse digitalmente, en virtud de esa inmaterialidad alejada de lo místico que domina el mundo entero, y que causa en el hombre la misma impresión que aquellas maravillas de otro tiempo ante las que el hombre se sentía tocado por Dios.

¿Dónde buscaremos, pues, aquella divina esencia perdida con el tiempo? ¿Quedará algún lugar de nuestro mundo, desacralizado como un templo convertido en salón de pasarela de modelos? Vayamos a las clausuras femeninas de Sevilla, donde todavía puede el hombre entenderse con Dios, que es algo más que simplemente entenderlo. Una de ellas, la de Santa Inés, en la collación sevillana de San Pedro, se agarra a lo inmátero porque a lo construido de su casa, por desidias y abandonos varios, no podría más que a riesgo de morir sepultada por la propia realidad, que amenaza con aplastar la vida secular de estas monjitas clarisas franciscanas.

Allí, Santa Inés, en la fachada, acaricia un cordero en la suave certeza de sostener con sus manos lo más suave y tierno de la verdad que cada día pasa a sus pies descarnadamente. El órgano de la discordia, la leyenda famosa y la mujer que se quemó la cara diríase que son como puntales en los que se apoya toda la verdad del convento. Más hay, a pesar de eso, como un aura dorada de inmaterialidad que permite a las monjas vivir, recrearse en su propia pobreza, atender el Jubileo Circular como lo han hecho y, además, respirar hondamente y seguir a pesar de que este mundo se parece muy poco al corderito de la santa romana.

Ellas tienen un secreto: sólo escuchan la voz de su patrona, y con ella cantan y atienden el torno y reciben a las visitas y han aprendido a fomentar el culto a la Madre de Guadalupe mexicana, que llama a los nativos en la voz de Eduardo y de su grupo de valientes enamorados de la casa de Doña María Coronel. La voz de la Santa se oye tímidamente por los claustros, por las salas de exposición, por las tapias hoy linderas de edificios por todas partes, con la parroquia y el convento de las Hermanas De la Cruz como mejores vecinos.

Todo se antoja transparente: la sonrisa de las monjas, el rocío en las macetas, los cristales del fanal. Todo tan poquita cosa frente al «todo tan inmensamente todo» del escalón hacia afuera. A un escalón se nos quedó el año antiguo. A uno sólo, también, la vida de la materia que se acaba frente a la eternidad de Santa Inés.


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