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Laicidad

truco o trato

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05 mar 2016 / 19:02 h - Actualizado: 05 mar 2016 / 18:06 h.
"Truco o trato"

Hace ya algunos años en esas Atarazanas que algunos piden ver, y que entonces estaba abierta y en uso, el catedrático y constitucionalista Peces Barba me corrigió cuando quise hablar de laicismo y de los valores de la República española. Laicidad, me dijo, y yo asentí porque seguro que tenía razón, pero cuando llegué a casa me lancé al diccionario de la Rae, por ver en que andaban esos distingos. Para un hombre de leyes, padre de la Constitución, los matices son sagrados, y sin duda los hay, pero para ir por la calle se usan ambos como si fueran sinónimos. El laicismo es, en puridad, la “independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa” y la laicidad “el principio que establece esa separación entre la sociedad civil y la sociedad religiosa.”

La fe y el amor son las únicas cualidades que nunca podrán arrebatar a un ser humano. Gao Shingjian el premio Nobel chino, inquilino de campos de trabajo y reeducación durante lustros, contaba en sus novelas cómo se aferraba a su mente para conservar la dignidad del ser que el totalitarismo le quería arrebatar. En el amor y en la creencia, ambos íntimos e ingobernables, somos los dueños absolutos. Al menos si creemos en la condición de seres humanos como seres independientes, libres, soberanos.

Y es precisamente la defensa de ese valor, libertad de credo, libertad de amor, la que aconseja que nadie imponga a nadie una fe, un sentimiento, y que cohabitemos todos desde nuestros sueños por absurdos o equivocados que nos parezcan los del prójimo.

Ese es el principio(o sea laicidad, Peces Barba) del laicismo: la libertad de credos y la separación exquisita entre lo terreno y lo divino, entre cesar y dios. Los que nos definimos como laicos (sin tener que decir si creemos o no en algún dios) consideramos saludable, y razonable, que las instituciones civiles no exhiban símbolos ni protagonicen ceremonias propias de autoridades religiosas. El modelo es, desde siempre, Francia y su veterana habilidad para los honores de Estado sin que aparezcan, al menos en lugares preminentes, miembros de cualquier Iglesia más allá de las relaciones diplomáticas y de cortesía.

Y ahí es donde no debemos confundirnos: los representantes de la soberanía popular, desde la más alta Jefatura al municipio más diminuto, deben establecer relaciones institucionales y de colaboración con la sociedad, y las Iglesias, aunque su reino no sea de este mundo, forman parte del tejido social. Mención aparte merecen las cofradías en Sevilla, auténticos ejes articuladores de la cohesión social, en las que no todo es Iglesia pero todo es ciudad. No mantener relaciones fluidas con quienes además de ser el eje de la gran celebración de Sevilla, la Semana Santa, forman parte de la vida de los barrios y en algunos casos, no todos, con un papel de integración y solidaridad indispensables, es darle la espalda a la ciudad real. Pero cada uno en su sitio, sin que un párroco presida un pleno ni un alcalde encabece una procesión, si no es a título personal, que faltaría.

Otra cosa es ya las ocurrencias o, más grave aún, la manipulación de las propuestas con intención de convertir el laicismo en anticatolicismo. El callejero siempre será polémico y, ya que hablamos de gobierno abierto, estaría bien que los vecinos pudieran opinar del nombre de su calle. Y se puede no presidir procesiones y apoyar el trabajo de Villa Teresita o distinguir, por ejemplo, como uno de los mejores sevillanos al cura Mayofré. Los valores morales exceden filiaciones religiosas, o deberían, sobre todo después de Juan XXIII.

El que echó a correazos a los mercaderes de los templos no estaba hablando, precisamente, del Cesar.


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