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Las manos atadas

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12 abr 2016 / 08:39 h - Actualizado: 12 abr 2016 / 08:42 h.
"Comunicación"

Por Antonio Manfredi

Disfruto mucho viendo cine clásico con mis padres. Hace poco volvimos a ver Cayo Largo (1948; dirigida por John Huston, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall) y siempre se descubren cosas nuevas; como la conversación camino del embarcadero en la que él le confiesa que era jefe de redacción en un periódico, pero que no lo soportó y, desde entonces, había aceptado cualquier trabajo. Huston enlaza ese diálogo con un plano en el que Bogart coge unos cabos marineros y se los coloca en la muñeca, como si fueran ataduras.

¿Casualidad? En absoluto. Pienso que estaba próximo a explotar el macarthismo y que el director envió un mensaje entre líneas de falta de libertad. Para mí, este descubrimiento enlaza con el reciente éxito en los Oscar de Spotlight (un equipo del Boston Globe destapa los escándalos de pederastia cometidos por curas de Massachussets) 68 años después, y me lleva a una reflexión sobre la necesidad de una prensa comprometida y capaz de enfrentarse al poder económico y político. Cualquiera de nosotros –periodistas en ejercicio– aceptará esta premisa como absoluta. Pero hasta aquí.

Sobrevuela sobre nuestra profesión una nube de conformismo que alcanza su mayor expresión en la actitud de los estudiantes de periodismo, que ven como normal el hecho de que el día a día se convierta en una suerte de sometimiento y dependencia emocional y económica de instituciones que, a cambio de su conformismo, les aceptan en sus círculos para que puedan saborear las migajas del éxito en un titular, aunque sea sin contrastar y lleno de mensajes que sólo entienden ellos y su entorno más cercano.

Especial preocupación me produce el periodismo deportivo (léase futbolístico), plagado de lugares comunes y que atrae a esos estudiantes, deslumbrados por tener a su lado a los nuevos gladiadores del circo, que deslumbran y se enriquecen, entre otras cosas, por el trabajo de periodistas que toman partido desde el primer momento y compiten por el uso de adjetivos poco oportunos, reafirmando una cultura atentatoria contra valores de equilibrio y diálogo.

Entre todos tenemos que romper esta deriva.


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