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Viéndolas venir

Las máquinas negras

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
09 sep 2019 / 08:51 h - Actualizado: 09 sep 2019 / 09:51 h.
  • Las máquinas negras

Mi hijo disfruta tanto revolviendo en los cajones de mi despacho como yo lo hacía en las cajas polvorientas del soberao de mi abuela. Ayer encontró unos recibos de hace treinta años, de cuando yo cursaba mecanografía en la única academia para aprender a escribir a máquina que había entonces en el pueblo, la de Rosario Mayo Troncoso, por cuya estrecha y oscura escalera con friso y un profundo olor a tinta volvió a subir anoche tanta gente cuando compartí en las redes una foto del recibito de entonces, dos mil pesetas al mes...

En aquella época -parece que no hace tanto, pero sí-, era importantísima la mecanografía. No ibas a ser nadie si no sabías escribir a máquina. Más o menos como si hoy no aprendes inglés o no pagas tu máster después de la carrera. Con la diferencia de que entonces íbamos a máquina -así lo decíamos entonces- justo después de hacer la Primera Comunión. Era casi un ritual. Te apuntaban a máquina y a kárate, o viceversa. Era la época en que todavía merendábamos un bocadillo en la calle, recién peinados, con cara de buenos.

Yo no olvidaré jamás aquel olor de la tinta que empapaba los carretes bajo los caparazones como de cangrejos de aquellas máquinas y llegaba hasta la calle, ni el estruendo de los cientos de chiquillos aporreando los teclados a la vez, ni los gritos de Rosario llamando a cada cual por su apellido cuando se cumplían los diez minutos cronometrados de aquella frenética carrera final en que se convertía cada clase, especialmente los viernes; sus gruesas gafas sobre la punta de la nariz corrigiéndote las faltas y aquellos huecos que debíamos rellenar al final de cada línea con un guion o un signo igual... No podré olvidar mientras viva las primeras cabalgadas de mi inquieto corazón cuando empecé a escribir en aquellas máquinas negras, prehistóricas, en cuyas teclas asomaba el nombre de cada letra sobre un papel amarillento, un plastiquito que la cubría y un embellecedor plateado, redondo... que no podías mirar porque eso era autoengañarte y tú procurabas mirar al frente hasta que, semanas más tarde, conseguías escribir “melocotonero” del tirón... Es imposible no evocar la tarde aquella en que te decían que pasabas a las máquinas verdes, y te daban un párrafo para copiar, luego un libro, cuando pasabas a las grises, que era como empezar el doctorado en aquel mundo de nuestras infancias en que lo digital era precisamente aquello: escribir con la punta de los dedos ágiles, independientes, entrenados tal vez para el piano, como compruebo ahora mientras escribo este artículo, y tantas cosas como hoy sería incapaz de escribir con un bolígrafo...

Tal vez les parezca un recurso literario, pero dio la casualidad de que también en aquella época, precisamente el padre de Rosario, Francisco Mayo, me enseñó a tocar las campanas, lo que requería otro código igual de fino para comunicar al fin y al cabo: que faltaba media hora para la misa, o solo un cuarto, o que iba a empezar; que el entierro era de mujer, o de hombre, o de niño, para lo cual había que voltear las campanas de arriba desde el cuadro eléctrico de la sacristía... De modo que durante mucho tiempo relacioné inconscientemente la pericia de escribir a máquina sin errores con la de tocar limpiamente las campanas... Y esa lucidez para decir uno lo que realmente quiere decir, esa simultaneidad entre lo que piensa nuestro cerebro y lo que escriben nuestros dedos parece que hoy ha caído en desgracia, cuando las nuevas tecnologías podían afinar aún más en este sentido y, sin embargo, abundan en el realismo que ofrecen los juegos de mentira, en esa posverdad de cartón piedra en la que estas nuevas generaciones pierden tantas horas no porque no sepan cómo decir lo que quieren, sino porque se han acostumbrado a no tener nada que decir, a que lo digan por ellos, a tener que elegir en la pantalla digital solo la opción correcta.


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