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miércoles, 23 noviembre 2022

Legislatura en “tenguerengue” y gobierno “frankenstein”

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11 jun 2022 / 11:03 h - Actualizado: 11 jun 2022 / 11:05 h.
"Tribuna"
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A los políticos les gustan las mayorías absolutas, pero los intereses de los políticos hasta ahora no son coincidentes con los de la población mayoritaria, es más: casi siempre son contrapuestos como se está viendo en estos cuarenta y tres años de democracia controlada. A ellos les interesa contar con un gobierno poderoso, reafirmado en la mayoría parlamentaria, porque así pueden decidir a su gusto y coincidente con sus intereses que, al menos los de quienes han tenido responsabilidad de gobierno hasta ahora, están mucho cerca de los de la oligarquía económica que de la inmensa mayoría. Por eso es más chocante ver el apoyo recibido en forma de votos por quienes son, precisamente, los colectivos más maltratados por casi todos los grupos políticos, aunque de forma especial por los de la derecha y la ultraderecha.

Juanma Moreno manifiesta su deseo de gobernar en solitario y hasta amenaza con repetir elecciones si no obtiene la mayoría absoluta, pese a ser consciente que, si no la consigue en primera votación, menos la va a conseguir en segunda. Porque lo que falla es el sistema electoral. Calcado de algunos países poco propensos a la verdadera democracia, el sistema electoral español premia a los partidos receptores de mayor cantidad de votos y les regala un buen porcentaje y castiga a los receptores de menor cantidad, disminuyendo el valor de los votos realmente recibidos. Se estableció este sistema electoral, precisamente para concentrar el poder todo lo posible, para provocar que el gobierno recaiga en un solo partido. Para que los ganadores puedan hacer oídos sordos a cualquier sugerencia o reclamación. La mayoría que los votos reales no les ha otorgado se la concede el sistema, el caso es obtener mayorías absolutas. Pero las mayorías absolutas tienen el resultado nefasto de avivar el sentimiento totalitario tan enraizado en el espíritu español.

Se otorgan votos a los candidatos para obtener una representación. Para que el político sea en el Congreso y el Senado la voz de quienes les han otorgado su voto. Los votos se dan en depósito, pero son de quienes los han depositado, no autorizan a sus receptores a olvidarse de los votantes que les han colocado en el Parlamento y tomar decisiones sin tener en cuenta, sin ni siquiera escuchar a esa mayoría a la que convierten en silenciosa, en inexistente. La inmensa mayoría de la gente carece de ideología —menos mal, pues si no fuera así los votos se repetirían una vez tras otra— o bien cambian de opinión cuando la labor de los políticos no coincide con lo que se esperaba de ellos, o cuando los votantes confían en el discurso demagógico antes que en la praxis, como está ocurriendo con los partidos de ultraderecha.

El caso es que las mayorías absolutas, como pretende Juanma han demostrado su inutilidad para llevar a cabo un buen gobierno y han traído el totalitarismo practicado hasta ahora por los gobernantes que reconocen ser de derechas y muchos de los que dicen ser de izquierdas. Las mayorías absolutas se asimilan al poder personal, por tanto son más proclives a practicar una dictadura más o menos encubierta y alejar cada vez más el sentimiento democrático.

Para que exista verdadera democracia, para que sea posible un gobierno de todos, o al menos de la inmensa mayoría, es necesario que los diputados y senadores sean representantes del pueblo, de sus votantes, por lo tanto que estén sometidos a ellos durante toda la legislatura. El sistema electoral con la provincia como base ya es culpable del gran desequilibrio de representatividad, ocultado en parte por la férrea centralización ejercida por la dirección del partido correspondiente, que es dónde reside la causa de la asfixia de la democracia: los diputados y senadores están obligados a votar lo decidido por la dirección del partido, no son libres para elegir. Lo serían si, en vez de votarse partidos se votaran personas, si en vez de votar por provincias se votaran representantes por distritos o comarcas. En ese caso los electos serían representantes de sus electores, a quienes se deberían por completo. Ahora sólo representan a la dirección del partido que, a su vez, es mucho más propensa a acuerdos satisfactorios para las oligarquías. Las personas, comprometidas con sus votantes, en cambio, sólo podrían deberse a ellos. Por eso un gobierno formado por electos de distintas formaciones o independientes, no haría un país “ingobernable”. Al contrario, exigiría acuerdos que serían reflejo directo de las necesidades y preferencias de los electores.


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