Libertad, expresión y esperpentos

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26 feb 2021 / 09:16 h - Actualizado: 26 feb 2021 / 10:06 h.
"Tribuna"
  • E.P
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Voy a hacer el ejercicio de no mencionar en este artículo el nombre de quién sorprendentemente parece representar en estos momentos las virtudes de las causas revolucionarias más justas, el adalid de la libertad, el rebelde sin causa, el nuevo protomártir de los desheredados. Desde organizaciones tan serias como Amnistía Internacional (a la que pertenezco y de la que me estoy planteando quitar como socio), a todo un elenco de la clase política y mediática que ya ni sé cómo calificar en su pretendido y hueco progresismo, se ha alentado, justificado y mostrado comprensión extrema por quién parece no saber abrir la boca sin hablar de un tiro en la nuca, que te explote el coche o que te claven un piolet en la cabeza.

Antes de que la polarización del enjuiciamiento pendular me califique como reaccionario, debo decir que llevo un par de décadas defendiendo e investigando sobre la libertad de expresión desde mi área de conocimiento, que son precisamente las artes. Así y desde la educación, he entendido y planteado mediante el discurso argumentativo y dialéctico, un debate sosegado pero riguroso sobre casuísticas variadas en distintas temáticas y manifestación creativas. Estos análisis no están exentos de polémica y matizaciones, pero en cualquier caso parten de un concepto de calidad previa en la autoría y en su influencia social, lo que permite disquisiciones entre valores establecidos y obra realizada. He señalado que un purismo censurador acabaría por una u otra razón con buena parte de la historia artística de la humanidad. Saber que Caravaggio o Cellini eran asesinos, que en una parte del flamenco las letras no pasarían un filtro de género o que el concepto pederasta en la Grecia Clásica (erōmenos y erastēs) nos podría trastocar la percepción sobre Crisipo, Zenón o Sócrates, no impide que se puedan admirar y disfrutar todas las manifestaciones derivadas de estos autores y otros con similar materia sensible y potencialmente conflictiva.

Si se tira de hemeroteca, me precio en dejar clara mi postura en cada análisis que hago, lo que ha incluido a la propia monarquía española; al respecto me sigue indignando la actitud vergonzosa del Rey emérito y su pasmosa inviolabilidad más propia del absolutismo, así como tampoco acierto a justificar a sus acérrimos defensores que en el fondo y estilo no difieren mucho de quienes encumbran al endiosado rapero. Es este perfil básico de extremos perdidos de la razón el que justifica una posterior violencia gratuita y lo que es peor, una acción-reacción que nos puede llevar a escenarios más trágicos. No voy ni con unos ni con otros a la vuelta de la esquina, y lamento que en este país la cordura parezca estar ausente en buena parte de su clase política, cultural o comunicativa. La falacia llega hasta la nomenclatura cuando se autoproclaman o denominan como “antifascistas” a un puñado de asaltatiendas e incendiarios. Esa mentira oficial es un flaco favor a la construcción y la lucha por la verdadera justicia social y sobre todo, a los que se sacrifican en ese empeño.

El Ministerio de Justicia planea ahora una revisión de los delitos que impliquen excesos en el ejercicio de la libertad de expresión, más centrados en que se castiguen solo conductas que con claridad provoquen un riesgo para el orden público o deriven en algún tipo de acción violenta. Puedo aceptar ese enfoque de penas disuasorias frente a las privativas de libertad, pero no me gustaría que acabara en una impunidad sectaria o que se estuviera otorgando derechos a quienes no los valoran, practican y merecen.

Difícil rasero para la justicia si nuestras sociedades son incapaces de determinar lo que es válido o no como incitación al odio. Si nada sobra, deberíamos admitir todas las opiniones por muy deleznables que nos parezcan. Por el mismo derecho que el susodicho condenado y similares (Valtonyc), también tendrían justificación textos y partidos negacionistas del Holocausto, las declaraciones de la nueva musa-influencer neofalangista (Isabel Medina Peralta), o la propia existencia de la Fundación Nacional Francisco Franco. Recordemos también la disparidad en la respuesta social con la del tuitero Berenguer Jordi Moya y sus infames textos a favor de la violencia de género. Si imaginásemos otras amenazas con burlas incluidas a la discapacidad física, a una determinada etnia o religiosidad, quisiera ver las declaraciones compresivas o exaltadas respectivamente de Wyoming y Echenique. Conste que entiendo y ratifico el concepto de necesidad de libertad expresiva, pero resultan extremadamente paradójicas las sintonías y simpatías subyacentes cuando en definitiva y en el caso que nos ocupa, hablamos de una burda capacidad verbalizada de un niño de papá frustrado que quiere ser el matón del barrio banalizando el terror y la amenaza directa. Pensándolo bien, mejor que la condena le iría una formación psicológica y ética de por vida.

Por exaltar la verdadera libertad y valentía en los últimos tiempos, recordemos al profesor Samuel Paty, que fue decapitado en octubre del año pasado en Francia por el “ofensivo” hecho de mostrar las caricaturas de Mahoma en un ejercicio didáctico de reflexión sobre la tolerancia. Las comparaciones son odiosas pero a veces constituyen bofetadas sin manos por la contundencia de los valores y posturas enfrentados. Recuerdo su caso con dolor y orgullo, pensando que un docente fuera asesinado por ejercer una de sus tareas principales: generar una actitud crítica en la ciudadanía. Al día siguiente, expuse de nuevo en mis clases esas caricaturas de Kurt Westergaard, las de Charlie Hebdo y sí -también- la portada secuestrada de El Jueves sobre Felipe y Leticia. La educación es una buena promotora del ejercicio y el derecho básico a la libertad de pensamiento, pero apoyada en la justificación objetiva de las ideas. Es posible que creamos ser una colectividad libre y democrática para realmente bascular entre totalitarismos camuflados e insertados en un amplio espacio central de apática inacción. Plenamente consciente de que el tren de la dialéctica constructiva hace tiempo que descansa en vía muerta, nos perpetuamos en el lodazal confuso.


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