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Lo obvio

Aunque llevemos las gafas en la cabeza, nos parecerá que las hemos perdido si no las recogemos del lugar habitual donde las solemos dejar (y seguiremos persistiendo en la infructuosa búsqueda)

María Graciani m_graciani /
16 jun 2018 / 20:30 h - Actualizado: 16 jun 2018 / 20:36 h.
  • Lo obvio

Ayer por la tarde fui a dar un paseo, ya iba a salir de casa cuando me di cuenta de que iba sin mis gafas de sol, pero ¿dónde estaban? estuve un buen rato buscándolas, no las encontraba... ya me disponía a salir sin ellas cuando me paré frente al espejo del recibidor y me dio por reírme... ¡las llevaba en la cabeza!

¿Te suena? todos hemos pasado por situaciones parecidas alguna vez, ¿despiste? lo más probable, pero de un hecho aparentemente tan intrascendente se saca una reflexión potente: las realidades más obvias son las más difíciles de ver. Por eso a veces, aunque llevemos las gafas en la cabeza, nos parecerá que las hemos perdido si no las recogemos del lugar habitual donde las solemos dejar (y seguiremos persistiendo en la infructuosa búsqueda hasta que nos topemos con un espejo que nos regale nuestro reflejo y veamos, claramente, lo que era obvio). Ésta es una potente enseñanza vital: en no pocas ocasiones, nos esforzamos por seguir tirando del hilo conductor de nuestras costumbres y en el momento en el que ese hilo no nos conduce al consabido camino... nos sentimos perdidos; hasta que llega una persona o una circunstancia que funciona a modo de revelador espejo y nos demuestra que nunca estuvimos perdidos –como mucho, algo despistados– que aquello que necesitábamos lo teníamos justo encima. Era un cambio obvio, de hecho ya lo habíamos realizado pero no nos habíamos dado cuenta...

A la vista y a la sombra...

Comentaba el psicoanalista francés, Jacques Lacan: «Lo obvio suele pasar desapercibido, precisamente por obvio», teniendo en cuenta que «lo obvio» es aquello que está muy claro, que se pone o se encuentra delante de los ojos, Lacan vendría a decirnos que lo que tenemos a la vista a la vez permanece a la sombra... Es tan paradójico como cierto, piénsalo: ¿cuántas veces al día le dices a tu pareja que la quieres? «¡pero si ella lo sabe!» –podrías pensar– pero si no lo dices a menudo, será como llevar las gafas en la cabeza y seguir buscándolas. Cuando nos acostumbramos a lo que tenemos justo delante parece que dejamos de ser conscientes de su valor –tanto que, por momentos y literalmente, podemos dejar de ver a la cosa o la persona en cuestión–, como dice el refrán: «uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde», pero es una verdadera lástima tener que experimentar la pérdida para reavivar la llama del valor porque una vez perdido... el posible aporte y el aprendizaje se habrán diluido. Ten cuenta que aquello que das por sentado (tu salud, el amor de tu familia, el cariño de los buenos amigos, tu casa, tu trabajo) es «lo obvio» –porque forma parte de tu vida diaria– pero no es eterno... ¡No esperes a ponerte enfermo para cuidar tu salud! para nutrir el «TÚ» (Talento Único) abre bien los ojos (y el corazón y la mente...) y comienza a valorar justo lo que tienes enfrente, porque si no aprovechas los momentos... ¡luego vienen los lamentos! y los cuestionamientos: «¿dónde está que no lo encuentro?», colega, lo perdiste por no estar atento...

¿Dónde está el azúcar?

Cuando era niña e iba con mis padres a comer fuera de casa, al llegar los postres, jugaba con mi padre a un juego que bautizamos como «¿dónde está el azúcar?». Yo cerraba los ojos y él escondía el sobre de azúcar que venía con el café por algún lugar de la mesa y yo disponía de 1 minuto para encontrarlo. Cuando abría los ojos, me disponía a buscar: debajo de las servilletas, debajo del mantel, debajo de los platos, de la mesa... «¿Será posible? ¡la mesa no es tan grande!» –me decía a mí misma–, « pero, ¡busca bien, chiquilla!» –exclamaba mi padre– y, de repente, cuando había pasado ya el minuto, me daba cuenta de que había puesto el sobre de azúcar coronando la botella de agua vacía que quedaba en la mesa: justo delante de mis narices y yo sin verlo, empeñada en que tenía que estar en otro lugar...

Pensar y actuar

Me he acordado de ese juego en multitud de ocasiones a lo largo de mi vida, mayormente, cada vez que caigo en la cuenta de que tenía la respuesta justo delante de mí y me esfuerzo por seguir buscando donde no está... Suena obvio, pero a la luz de los hechos, no lo es tanto: hay que pensar antes de actuar, porque si lo haces al revés (actuar y luego pensar) tu visión se puede nublar –amén de tus resultados–. Entiéndeme, no te estoy invitando a la «parálisis por análisis», pero si quieres sacarle todo el jugo a la naranja, es mejor un exprimidor que el tenedor (aunque tengas éste último más cerca).

El darle a las cosas un pensamiento –incluso dos– nos hace estar atentos, aclara nuestra mente y nos hace empezar a mirar con otros ojos lo evidente (para no llevarnos, la primera, en la frente). Decía Cicerón que «la evidencia es la más decisiva demostración», repito: abre tu mente, abre tu corazón y empieza a enriquecer tu visión... No busques el azúcar debajo de la mesa, puede que la tengas justo delante.


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