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Los positivos y la PCR de Illa

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14 feb 2021 / 04:00 h - Actualizado: 14 feb 2021 / 04:00 h.
"PSOE","Laboral","Comunicación","Calentamiento global","Transportes","Carnaval","Elecciones"
  • Los positivos y la PCR de Illa

Fue Chomsky y otros sabios quienes crearon el denominado reloj del Apocalipsis.

Un aparato que consistía en la cuenta atrás hacia el final de la humanidad, que se fijaba exactamente en la medianoche, esto es, el punto más oscuro que precede el amanecer o que supone su epílogo definitivo.

Su funcionamiento es simple y consiste en valorar el impacto que suponen determinados hechos en la duración probable de nuestras existencias. Y está claro que no ha debido fallar, pues, antes partía de dos minutos y ahora se ha situado en tan solo cien segundos.

Hechos como el calentamiento global; la destrucción del Amazonas; las pérdidas de libertad; la censura; han sido elementos que han ido acelerando sus manecillas.

Según se afirma, el momento más cercano al final, fue hace dos años, con relación a diversas decisiones de Trump. Hoy, visto con cierta distancia, tengo dudas de si el coronavirus no fue creado para que éste perdiera su reelección como Presidente, embarcado en las guerras contra Huawei y otros intereses chinos, de los que Wuhan supuso su lápida.

Sea como fuere, basta pasear por la orilla del mar para comprobar la acumulación del plástico; respirar el aire hediondo de los transportes públicos donde se acumulan los pocos trabajadores que no teletrabajan; o mirar sin distancia el Sáhara o Gaza o el calentamiento global, para inferir que cien segundos parecen demasiados.

Y es que ese fenómeno llamado “globalización”, que Fukuyama nos vendió como placebo; se ha transformado en el medio por el cual un virus despierta en un laboratorio chino y muere en una UCI madrileña.

En España, el reloj acorta aun más esos cien segundos. La precarización laboral, los contratos a médicos por horas o minutos, ya han propiciado que los divorcios notariales superen el número de matrimonios.

Será quizás por ello por lo que la censura se impone. Se cierran cuentas, perfiles y hasta se amordaza la comunicación de la propia Presidencia de los EEUU. Contra la rabia, ansiolíticos y yoga, quizás por eso hasta Paulo Coelho es asiduo de las cumbres de Davos.

Era la Constitucion de Cádiz, la Pepa, la que en su art. 13, establecía que el objeto del Gobierno es la felicidad de la nación. Hoy las mascarillas han convertido nuestras vidas en un Carnaval diario.

Debe ser España el único lugar donde se vota, en tanto los viejos (pronto serán ancianos hasta los cuarentones) agonizan en las UCI, mientras se clausuran bares y hoteles, pero se permite la “democracia” en espacios cerrados de urnas contabilizadas virtualmente. Todo sea para que el exMinistro filósofo (que no médico), sea ungido, eso sí, sin PCR previa.

Visto lo ocurrido, el PSOE debió recuperar para las elecciones catalanas el lema de Felipe González de 1.986, “España en positivo”, pues nadie quedará que no lo sea, ni Illa siquiera.

Al hilo de los cien segundos que tornan inexorables en su avance hacia la medianoche, les recomiendo los goles sin público del Sevilla FC mientras los mendigos duermen en Luis de Morales al raso; a Alexia, si no tienen con quien hablar; el satisfayer antes que cualquier intercambio de fluidos; o si acaso, recuperen a Lola Flores, sí eso, ¿cómo era? Ah sí, “poderío”...


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