Los que no están

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31 oct 2021 / 11:18 h - Actualizado: 31 oct 2021 / 11:21 h.
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  • Los que no están

En el devenir de nuestra vida todas las personas, de alguna manera, hemos tenido la experiencia de vivir el viaje a lo desconocido de un familiar o un buen amigo.

Quien parte, lo hace a un mundo encaminado hacia algo ignoto, mezclándose con la nube de lo inexplorado y secreto. Esto ha sido de esta manera desde el principio de los tiempos.

Las diversas culturas han hallado respuesta en diferentes manifestaciones o justificaciones sobre el lugar hacia el que caminan los que han partido. En nuestro caso, por una influencia monoteísta del judaísmo, lo razonamos desde una teología fundamentada en el hecho cierto de la muerte de Jesús de Nazaret; añadiendo el fenómeno, desde la fe y solamente desde la FE, de la resurrección de Jesús, El Cristo.

Lo que sí es cierto es que en nuestra vida inmediata se origina una gran pérdida que nos produce dolor y sufrimiento.

Se podría decir que se trata de una herida que permanecerá abierta por mucho tiempo. Nuestro sentir permanecerá lesionado hasta el día que nos toque partir hacia lo desconocido. El duelo siempre estará ahí.

Queremos que los que no están sigan estando presentes; pero el tiempo, que nos hace adentrarnos en paisajes desconocidos, nos irá borrando poco a poco los recuerdos y, también, de manera lenta y progresiva solo nos irá quedando la sensación de que el que se ha ido está en el interior de nuestro corazón.

No se puede luchar o ir contra de los sentimientos que las personas tenemos, porque éstos representan la única huella que nos puede quedar de los seres queridos que iniciaron el viaje, llamémoslo de la eternidad.

A los seres que hemos amado infinitamente y que han surcado en nuestras vidas una remembranza siempre estarán entre nosotros. Nuestra sensibilidad sabrá hacernos descubrir en qué momentos se hacen presentes porque su ternura inundara nuestra mente y nuestro corazón.

No es fácil experimentar lo infinito con alguien querido que ha partido; pero, sin embargo, es una experiencia inigualable porque tan solo es posible sentirla si se está dispuesto a dejar la mente y el corazón abiertos al camino de la Luz.

Cuando tuve el atentado en Ruanda en enero de 1998 y una esquirla de metralla quedó alojada en mi oído izquierdo, caí al suelo, eso cuentan los testigos, y me acomodé en un sueño que me llevaba o conducía hacia una gran tranquilidad, me encontraba sereno y una luz iluminaba mi ser; estaba bien y no sentía dolor alguno; pero el viaje no concluyó, sino que una fuerza especial, es lo que puedo decir, me devolvió al punto de partida y ahí estaba rodeado por las personas que pensaban que me había ido definitivamente. Junto a mí, llamándome por mí nombre, el sacerdote Jesús Jauregui, que ya se halla en lo infinito desde hace más de dos años.

De la paz infinita que estaba experimentando volví al ajetreo de la vida para seguir sintiendo el amor infinito de mis seres queridos e ir descubriendo, con el pasar del tiempo, el tesoro que uno tiene con los amigos que aparecen en el camino. Me quedo con esta percepción frente a la ingratitud y al rencor que otros puedan fomentar, los que así actúan nunca resucitarán.

Sentirnos parte de una sociedad que recuerda a quienes se han marchado supone recordarnos a nosotros mismos que nuestras vidas están sujetas a una realidad de la que no podemos huir.

Tener conciencia de que nuestro caminar se realiza para alcanzar el infinito sería la manera más madura para percatarnos que tener rencor y odiar no nos lleva a ninguna parte, al contrario, rompe con la magia que se produce cuando nuestra capacidad racional la alimentamos con amor y con afecto.

Sentirnos familia bien sea conformada por miembros de sangre o por amigos nos hace crecer, encaminándonos hacia ese infinito que, aunque suponga la finitud en este mundo, generará en los que quedan el amor infinito que nunca, nunca se podrá romper, aunque el silencio que se dará con el paso del tiempo siempre podrá estar alimentado por nuestro corazón, dado que, si bien lo recuerdos se pierden, en el corazón permanece hasta el último latido el afecto. El amor infinito, además de ser racional, se encuentra en cada latido que nuestro corazón produce.

¡Feliz día de Todos los Santos! tanto para los que creen en la religión cristiana como para los que han decidido que su fe se base exclusivamente en su manera de razonar su propia vida. Todos hacemos el camino hacia lo infinito y todos, absolutamente, todos somos acogidos y comprendidos por el que más nos ama y el que más nos quiere, para los cristianos Jesús de Nazaret, y que es parangonable al amor infinito que nos tenemos las personas que sabemos perdonar de corazón, aunque podamos ser ateas o agnósticas.


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