Los renglones torcidos de la Ilustración

El setecientos es, en Andalucía, el siglo de muchas guerras larvadas, de rescoldos sin fuerzas para encenderse

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04 abr 2018 / 10:33 h - Actualizado: 04 abr 2018 / 10:36 h.
"La última (historia)"
  • Antiguo Grabado de Ntro. Padre Jesús del Gran Poder.
    Antiguo Grabado de Ntro. Padre Jesús del Gran Poder.

La semana pasada, o sea, la Semana Santa, la televisión pública de Andalucía, como era natural, emitió muchas horas de programación relacionada con las festividades (varios documentales de carácter antropológico me parecieron francamente buenos y necesarios) y, como es lógico, se pudieron escuchar muchas opiniones de personas entrevistadas y, entre ellas, una aseveró que las cofradías de gitanos «pertenecían al período ilustrado». Evidentemente se trataba se un juicio hecho al paso y sin pretensiones de hipótesis de trabajo para un ensayo pero como el estudio de Rocío Plaza, Los orígenes modernos de la Semana Santa de Sevilla que ya traje a estas páginas hace poco, estaba dándome vueltas en la cabeza le presté atención e, instintivamente, pensé: eso no es verdad, sólo la Hermandad de los Gitanos de Sevilla nació en medio de los años de la Ilustración.

El libro de Rocío Plaza no sólo contiene una copiosa información tomada de los documentos de hermandades y estudiosos un poco posteriores a aquella época, sino que señala claves importantísimas para poder entender la evolución de esos días festivos y su conversión en portadores de identidad y de incardinarlos, por tanto, en la Historia del territorio y –si se me apura– en la de la gente sin Historia porque el siglo XVIII andaluz, tan poco estudiado, es una centuria donde la falta de hechos importantes se compensó con una multitud de episodios llevados a cabo por una aristocracia retirada a sus posesiones y, por tanto, dando poco trabajo a los cronistas y por gente menuda que, padeciendo cataclismos o llevando a cabo proezas, no tenía otra pluma para narrarlos que ésa con la que se escribían los tres, cuatro o cinco versos de las estrofas populares.

El setecientos es, en Andalucía, el siglo de muchas guerras larvadas, de rescoldos sin fuerzas para encenderse pero con una casi infinita resistencia a extinguirse; pugnas en las que a los ataques no se responde con otros de parecida potencia, sino con argucias y fintas que, aparentemente, van dirigidas a objetivos distintos. Así, caminando entre el azar y la necesidad, surgieron muchas de las cosas que hoy nos hacen, no mejores o peores, sino diferentes.

Al no tener la mayoría de ellas el fuste o la envergadura con los que los acontecimientos, a juicio de muchos, deben entrar en las páginas de los libros de Historia, sus cristalizaciones –las hermandades, por ejemplo– permanecen fuera de ellas y, por tanto, sin explicación racional, adquiriendo génesis y perfiles caprichosos y, en definitiva, falsos. Uno de ellos es, tal vez, el de las razones por las que los gitanos de Sevilla decidieron crear su hermandad.

Ante su nacimiento un historiador de la talla de Francisco Aguilar Piñal, en uno de los volúmenes de la Historia de Sevilla, editada por la Universidad, decía esto en la página 140: «...Continuando la política de halagos a los sentimientos monárquicos y religiosos del pueblo sevillano (los gitanos) tuvieron la feliz idea de fundar una cofradía de penitencia que les hiciese aparecer como fervorosos cristianos».

La reflexión del historiador no era, precisamente, el punto de partida de una tesis doctoral (nunca ha de comenzarse un trabajo científico con simple la presunción de unas intenciones sin aportar pruebas de ellas); era el dedo en la llaga de la falta de estudios sobre lo que realmente sucedió en Andalucía aquellos años. Quien tan sólo unas páginas antes había mencionado la orden de Prisión General (la cárcel de unas 15.000 personas sólo merecía una mención) decretada y llevada a efecto sobre los egipcianos españoles, de los que la mayoría eran andaluces, se olvidó de ello poco después.

La fundación de la Hermandad de los Castellanos Nuevos en la Triana de 1753 –exactamente en ese año– se debe a que ahí se cumplían los cinco años de pena a la que podían ser sometidos los vagabundos e, incluso, la discriminación que, dentro de penales como el de la Carraca, padecían los gitanos por no tener, como otros penados, hermandad.

No se trataba de aparecer como cristianos porque, entonces, todo el mundo no tenía otro horizonte. Si el Silencio, el Gran Poder, la Carretería o la Macarena (hermandades históricas) inventaron sus propias fórmulas para eludir las prohibiciones de los ilustrados, la cofradía del Señor de la Salud y de la Virgen de las Angustias ideó las suyas para que sus miembros, de igual manera que los de las otras, tuvieran un lugar visible en el concierto de la ciudad, o sea, para que –como decimos hoy– se integraran.

En aquella Sevilla las hermandades fueron enzimas para catalizar reacciones capaces de romper la impermeabilidad social. No sólo Los Gitanos; también hubo otras a despecho de de las élites ilustradas.

Mientras estos escribían sus reglas en Triana para, inmediatamente, mudarse a la Cestería, en la rive gauche del Guadalquivir, el arrabal del antípoda urbano, en San Bernardo, llevaba a cabo una conspiración dirigida también a crearse una personalidad: se ponían a unos niños como creadores de la corporación que hoy entra en la ciudad el Miércoles Santo por la Puerta de la Carne. La última hermandad étnica y la primera de barrio también fueron reglones torcidos con los que Sevilla, en los tiempos del cólera ilustrado, escribió su Historia.


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