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Viéndolas venir

Los ucranianos necesitan al primo de Zumosol

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Álvaro Romero @aromerobernal1
03 mar 2022 / 07:58 h - Actualizado: 03 mar 2022 / 08:00 h.
"Viéndolas venir"
  •  Diego Herrera - Europa Press
    Diego Herrera - Europa Press

Imagínense que veo por la calle a un niño de dos años que está siendo terriblemente golpeado por un adulto de mi edad. Imagínense que dudo si intervenir o no porque considero que no tengo autoridad legal sobre el menor. Imaginen que me rasco la barbilla durante un minuto, cinco, durante horas. Imaginen que reflexiono largamente mientras el hijo de su madre revienta al pequeño. Imaginen que yo sigo reflexionando acerca de que el niño no es de mi familia, pensando en sus tutores legales, y que me voy a casa y telefoneo a mis familiares, vecinos, amigos, preguntándoles qué debería hacer o qué deberíamos hacer, entre todos. E imagínense que finalmente, al día siguiente, o al otro, decidimos armar al niño para que se defienda. Pues eso.

Enviar armas a Ucrania es una imbecilidad, una manera de marear la perdiz, una forma de nadar y guardar la ropa, una forma de mirar hacia otro lado sin que se nos note, un modo de quedar bien para nada y de, finalmente, terminar siendo cómplices pasivos del auténtico genocidio que se avecina. También supone una hipocresía insufrible eso de abogar, a estas alturas, por apostar por el diálogo y no apoyar al Gobierno en su decisión de arrimar el hombro, aunque esa manera de hacerlo sea inútil, como sostengo. Sobre todo si tú formas parte del Gobierno. Es de una hipocresía insostenible apelar al necesario diálogo con alguien que no piensa dialogar. Porque apelar ciegamente a ese teórico diálogo con alguien que no va a dialogar jamás supone que, mientras lo intentamos, van a seguir muriendo muchísimos inocentes. Y es de una frivolidad supina aferrarse a esa teórica necesidad del diálogo mientras hay gente que merece vivir tanto como tú muriendo por culpa de que con quien tú quieres dialogar se está dedicando a matarla.

A Ucrania, definitivamente, le hace falta que intervenga la OTAN. Pero directamente. Es obligación moral del mundo pararle los pies a Putin, medirse con él de igual a igual, proteger al país invadido, al margen de las consecuencias que se deriven. Cualquier consecuencia será menor que la de la muerte de miles o millones de personas que no tienen la culpa de nada. Son motivos humanitarios de primerísimo nivel los que deberían obligar a la OTAN a dejar de pensar en ella y a pensar en los ucranianos que ayer estaban y ya no, en los que están todavía pero pueden faltar mañana.


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