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Machado, El Correo y Gallo de Vidrio

Ahora es fácil homenajear a Antonio Machado pero con Franco vivo, cuando Machado hubiera cumplido 100 años, era otra cosa

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22 feb 2019 / 17:15 h - Actualizado: 22 feb 2019 / 17:22 h.
"Los medios y los días","Antonio Machado"
  • José Matías Gil leyendo poemas de Antonio Machado, mientras lo escuchan Cari García, Ramón Reig y Amalio García del Moral, ante la puerta del Palacio de las Dueñas. / El Correo
    José Matías Gil leyendo poemas de Antonio Machado, mientras lo escuchan Cari García, Ramón Reig y Amalio García del Moral, ante la puerta del Palacio de las Dueñas. / El Correo

Ahora es fácil homenajear a Antonio Machado y colocar a su hermano Manuel –también gran poeta- a su lado por aquello de la memoria histórica y la reconciliación, algo que solicitó el Partido Comunista de España en el tardofranquismo. Pero en julio de 1975, con Franco vivo, cuando Machado hubiera cumplido 100 años, era otra cosa. Los políticos que ahora lo utilizan estaban escondidos o apenas sabían algo sobre su obra, y los poetas de una Sevilla en silencio, algunos de los cuales después y ahora aparecen por todas partes, subvencionados por la democracia, estaban en sus casas, agazapados, a la sombra de unas musas parnasianas que nada tenían que ver con la poesía del autor de La Saeta. Pero aparecieron unas voces que desafiaron aquel silencio impuesto.

En efecto, no todos estaban callados en Sevilla, un grupo de poetas se dieron cita el 26 de julio de 1975 en la puerta del Palacio de las Dueñas con la intención de recitar unos poemas en «el huerto claro donde madura el limonero». Pero no les fue posible hacerlo en el mismo huerto que ahora se puede visitar fácilmente. Entones no se había consumado la maniobra lampedusiana llamada transición política que iba a cambiarlo todo para que todo siguiera igual y la Casa de Alba cerró el palacio para que Machado diera la razón a los que pensábamos que hizo bien en marcharse de Sevilla. Por cierto, aquella Sevilla, por desgracia, sigue teniendo poder en la ciudad. Aún hay truenos vestidos de nazarenos y aún hay quienes, sentados en lugares clave, nos recuerdan que Sevilla sin esos sevillanos podría ser la gran Sevilla y que la urbe progresa a pesar de ellos.

Los heréticos que desafiaron prohibiciones varias eran miembros –algunos lo son todavía- del colectivo cultural Gallo de Vidrio, nombre que tomaron del Romance a la Guardia Civil de Federico García Lorca: «Gallos de vidrio cantaban por Jerez de la Frontera./ El viento, vuelve desnudo/ la esquina de la sorpresa,/ en la noche platinoche/ noche, que noche nochera». Se llamaban Amalio García del Moral, Emilio Durán, Juan Manuel Vilches, José Matías Gil, Carmelo Guillén Acosta, Miguel Ángel Villar, Trini Román, Cari García y Ramón Reig. Como era habitual en ellos, no necesitaban ni permisos ni palacios abiertos para cumplir sus objetivos. Si el portón del palacio estaba cerrado, recitaron sus versos en la puerta y luego clavaron un ramo de claveles en el suelo, entre la rendija de las puertas.

Los medios de comunicación estaban atados de pies y manos y no querían soltarse. En la ciudad, sólo uno lo hizo: El Correo de Andalucía, que el 27 de julio de 1975 publicó la noticia abriendo sus páginas centrales, nada menos. También lo hizo a nivel nacional el semanario Cambio 16 gracias a la valentía de su corresponsal, el periodista y médico Antonio Guerra, y a la audacia del propio semanario que había conocido varios secuestros desde que en 1971 echó a andar. Un año después nació Gallo de Vidrio que ya sabía también de vetos y controles policiales y de la Guardia Civil.

A cada uno lo suyo, vaya por delante el elogio a toda esta publi-movida promocional de instituciones y políticos que con motivo de los 80 años de la muerte del poeta -en el exilio- se desarrolla en Sevilla pero quede claro que esto se puede hacer porque otros en tiempos peores se jugaron el pellejo e incluso reivindicaron entonces la traída a España de los restos mortales del poeta que, por cierto, nada de que descansaran en Sevilla sino en Soria, junto a su amada Leonor, como hubiera querido don Antonio aunque yo, personalmente, lo dejaría en Colliure, precisamente para que no se perdiera la memoria histórica.

Que quede constancia del hecho para honra del diario que ahora cumple 120 años y para los miembros de Gallo de Vidrio, tanto para los que aún quedan con vida como para los que se fueron a hacerle compañía a don Antonio. Si todo va bien, en unos años el colectivo cultural –que, por cierto, salvó del derribo total a la que tenemos por casa natal de Bécquer- cumplirá medio siglo de vida y sus miembros están planeando reunirse en Colliure para celebrarlo, allí se tomarán unos vinos con don Antonio y con su madre, doña Ana Ruiz.


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