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Viéndolas venir

Machado y la esperanza de este país

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Álvaro Romero @aromerobernal1
22 feb 2019 / 08:37 h - Actualizado: 22 feb 2019 / 08:41 h.
"Viéndolas venir"
  • Machado y la esperanza de este país

Antonio Machado Ruiz, seguramente el poeta que mejor ha entendido el alma de este país, murió fuera de él, y allí sigue, hace hoy 80 años.

Lo hizo como un proscrito, a los pocos días de que su madre, la maestra de escuela Ana Ruiz, que lo había dado a luz en la luz tamizada por el limonero sevillano que él había de universalizar en Campos de Castilla, le preguntara al cruzar los Pirineos, con la cabeza perdida, si faltaba mucho para llegar a Sevilla. En el bolsillo de su chaqueta, sin embargo, a pesar de tantos pesares como le pesaban a sus 64 años, se encontró un último alejandrino revelador de toda su poética: “Estos días azules, y este sol de la infancia”.

Machado había nacido en una familia esperanzada con el cambio definitivo de este país, aunque no tuviera demasiados motivos para la esperanza y él mismo profetizara a todo españolito que venía al mundo -lo guardara Dios- que “una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”.

Su abuelo, Antonio Machado Núñez, primer traductor de Darwin en España, confeccionó un catálogo pionero de la avifauna de Doñana cuando aquel maravilloso pulmón del sur de Europa no era aún ni parque ni nacional. Pero nadie se lo ha reconocido. Su padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo, perdió no solamente la salud mientras buscaba por media España el rastro de una cultura popular diseminada que él se encargó de dignificar para siempre por escrito.

El poeta Antonio Machado estudió en la esperanzada Institución Libre de Enseñanza que había fundado el esperanzado rondeño Giner de los Ríos sin sospechar que su Residencia haría de trampolín a todo el 27. De allí a París, y luego a Soria, el joven poeta, imbuido por el Modernismo del momento, hizo versos esperanzados en que también las Soledades podían ensanchar las galerías del alma. Contó para ello con símbolos viejos que él relanzó: el camino, la tarde, la canción.

Cuando su joven mujer enferma de tuberculosis, él es capaz de esperanzarse aún al contemplar un olmo seco a la orilla del Duero al que le habían salido unas hojas verdes, pues su corazón también esperaba, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera. Y aunque el milagro no ocurrió y él prefirió trasladarse a Baeza para ayudar con distancia al olvido, siguió soñando con Leonor: “Vive, esperanza, ¡quién sabe / lo que se traga la tierra!”.

El poeta sevillano se esperanzó en mejorar su poemario por antonomasia al incluir poemas como aquel que arrancaba conla España de charanga y pandereta” pero que terminaba con la “España de la rabia y de la idea, que era precisamente esa España incluso anterior al Desastre que ya brillaba por su ausencia, esa España de caciques que miraban desde sus casinos la monotonía de lluvia en los cristales, como los colegiales.

El único poeta de veras de la Generación del 98 había sido capaz de concentrar en un par de versos, desde su personalísima idea regeneracionista, toda la denuncia de entresiglos: “Castilla miserable, ayer dominadora / envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”.

Machado, el filósofo que no podía cantar ni quería a aquel Jesús del madero sino al que anduvo en el mar, dejó tanta esperanza inconclusa en este país machado por Frascuelo y por María que, incluso enterrado en el vergonzoso exilio al que lo condenaron los mismos que le retiraron su condición de catedrático después de muerto -los mismos que luego se han preocupado tanto por otros valles y por otros caídos mientras él seguía bajo su humilde lápida de fallecido con torpe aliño indumentario- nos legó el mayor testamento poético de la esperanza, el que niega el destino, el fatum, la resignación: “Caminante, no hay camino / se hace camino al andar”.

80 años después, seguimos andando, por fortuna, porque el camino nunca está hecho. Gracias, Antonio.


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