domingo, 05 abril 2020
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Viéndolas venir

Malasangre

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
25 mar 2020 / 16:25 h - Actualizado: 25 mar 2020 / 16:29 h.
"Viéndolas venir","Coronavirus"
  • Dos sanitarios del SUMMA 112 protegidos con mascarilla- / Eduardo Parra - E.P.
    Dos sanitarios del SUMMA 112 protegidos con mascarilla- / Eduardo Parra - E.P.

Me ha venido a la cabeza una palabra que hacía siglos que no recordaba: malasangre. La pronunciaba mi vecina Concha cuando algunos de los chiquillos de la calle nos presentábamos en su cocina, que era un hospital casero para todos, con las rodillas peladas o un chichón en la frente tras nuestras aventuras de niños en un mundo que aún no nos pertenecía porque no estaba adaptado, como se dice ahora, a nuestra edad. Concha, sin que ninguno fuéramos sus hijos, nos apretaba la cabeza contra su refajo, cariñosamente, nos miraba la herida, buscaba entre los potingues de su hornilla algún remedio casero y, siempre acompañado de agua, nos lo aplicaba sobre el impacto, aunque el deseado efecto lo produjera más su afecto de mamá grande para todos y sus palabras de consuelo, que siempre terminaban con aquel estribillo: “Malasangre”. “¡Malasangre! Mi niño, el pobre”, decía. Y automáticamente nos dolía o escocía bastante menos.

Concha tenía entonces una casa de puertas abiertas que comenzaba justamente en el salón-comedor, en cuyo quicio se apoyaba gente de toda condición que pasaba por allí: vendedores de cupones y papeletas diversas, algunas sin oficialidad y hasta sin premio, mendigos de los que nunca faltaban, gitanas con churumbeles prestados y hasta gente sin calor familiar que allí hallaba consuelo aunque solo fuera por la conversación constante, el desparpajo alegre de mi vecina y un televisor siempre encendido que nadie escuchaba. A Concha no le hizo falta jamás meterse en política ni darse golpes de pecho, aunque no faltaba a la misa dominical de Los Remedios, adonde acudía presurosa bien temprano porque era el único día que no abría su puesto de la plaza de abastos...

A gente así se echa de menos en epidemias como esta, no tanto entre el pueblo llano, donde abundan, como entre la élite política, aunque no todos sean iguales, y es verdad... La malasangre de quienes proponen sacar a los inmigrantes de la sanidad pública, a menos que paguen -que no pagarán-, no les hace calibrar que la imposibilidad del pago hará que todos paguemos con nuestra sangre un precio mayor aún.


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