La Tostá

Manolo Franco y el Niño de Pura

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
29 sep 2019 / 10:03 h - Actualizado: 29 sep 2019 / 12:09 h.
"Teatro","Música","Arte","Patrimonio","Crisis","La Tostá","Bienal de Flamenco"
  • Manolo Franco y el Niño de Pura

El mundo del flamenco está indignado por el hecho de que dos de los mejores guitarristas de Sevilla, Manolo Franco y el Niño de Pura, ambos Giraldillos del Toque, hayan sido despedidos del Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco de Córdoba, donde llevaban casi quince años como profesores. Ahora se han dado cuenta en la Junta de Andalucía de que no tienen un título universitario y, por tanto, no pueden seguir en ese conservatorio. No vale para nada que hayan nacido con una guitarra en las manos y que acompañaran durante años a las más grandes figuras del cante y del baile. Cuando en 1984, Manolo Franco se alzó con el I Giraldillo del Toque en la III Bienal de Flamenco, estaban en el jurado Mario Escudero, Juan Habichuela, Paco de Lucía, Serranito y Manolo Sanlúcar, entre otros guitarristas y artistas en general del flamenco. Pues en la Junta se han pasado eso por la entrepierna, porque les falta un título universitario. ¿Quién, con un título, podría enseñar mejor que estos dos fenómenos de la guitarra? No cabe mayor desprecio hacia este arte, que expulsar de un conservatorio a dos profesionales como ellos, ídolos de la guitarra flamenca aquí y en Pekín. Representantes de un arte que no nació en los conservatorios, sino en el pueblo. Algunos de los grandes genios del flamenco no sabían ni firmar, eran analfabetos, pero dejaron una obra que ni el mayor catedrático de Música del mundo sabría valorar. Artistas que apenas fueron al colegio lograron grandes éxitos en los mejores teatros del mundo y fueron condecorados con las más importantes distinciones, como Carmen Amaya, Manolo Caracol o Antonio Mairena. El flamenco es hoy Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad gracias a ellos y a otros muchos que en algunos casos murieron pobres como una rata y fueron enterrados de caridad. En el siglo XIX, Silverio Franconetti y algunos más sacaron al teatro de la crisis. Ya en el XX, la Niña de los Peines, una gitanita de San Román, de Sevilla, logró que la mujer flamenca tuviera un sitio y que su papel fuera reconocido socialmente. Metió el cante en los mejores teatros nacionales y dejó una obra que puede ser comparada con las de los mejores músicos del mundo. El flamenco nos representa en el mundo entero como ningún otro arte andaluz. Y ahora vienen unos gobernantes de pacotilla a decirnos que Manolo Franco y el Niño de Pura no pueden seguir dando clases en un conservatorio, donde se enseña música, porque les falta un papelito. Esto no es solo un desprecio a un arte tan del pueblo e importante, sino un ataque miserable. Y no pasa nada, al parecer. Nunca pasa nada.


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