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Desvariando

Manuel Torres y Pepe Marchena

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
09 nov 2019 / 08:39 h - Actualizado: 09 nov 2019 / 13:40 h.
  • Manuel Torres y Pepe Marchena

No sé cuándo comenzó el mal rollo, en el flamenco, de gitanos y gachós, porque basta asomarse a la ventana de la historia del cante jondo para saber que siempre hubo armonía, desde los tiempos de El Planeta Y El Fillo. Chacón y Manuel Torres, gachó el primero y gitano el segundo, se adoraron y admiraron sin fisuras. También Pastora veneró a Chacón y lo reconoció siempre como su gran maestro, y ahí están sus entrevistas. Juan Valderrama admiró a Pastora como pocos y fue un fanático de su hermano Tomás. Y quiso a Caracol como un hermano, aunque fueran rivales en los escenarios.

Pepe Marchena fue un seguidor incondicional de Juan Mojama y de Manuel Torres, los dos genios jerezanos. Quizá esos que tanto discuten sobre el cante, los gitanos y los payos, en las redes sociales, desconocen el gesto que tuvo Marchena cuando murió Torres, el gitano del jerezano barrio de San Miguel, el 22 de julio de 1933, en Sevilla y en la más denigrante pobreza. Algo habrán leído, pero no conocen toda la verdad y cómo fue la historia. Cómo el gachó de Marchena, la figura de la época, reaccionó cuando tuvo noticias de que Manuel había muerto en el número 4 de la calle Amapola, en el barrio de la Feria, en una modesta accesoria donde casi no cabían sus cinco niñas, sus galgos y pollos de pelea. El más grande del cante gitano murió de tuberculosis pulmonar y casi no tenía para enterrarse, a pesar de que había ganado dinero con el cante. No tanto como figuras de relumbrón del cante más comercial, pero sí ganó mucho dinero.

Los cantaores de aquel tiempo no tenían ningún sentido del ahorro, vivían al día y casi todos acabaron en la miseria: Mojama, Tomás, Joaquín el de la Paula, El Gloria, Mazaco, Rebollo... Y Manuel Solo Loreto, el genio de la calle Álamos, el del grito desnudo y el pellizco en la sangre. Aquella noche de julio, la del 22, sábado, Marchena actuaba con Vedrines en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Sevilla, en la que estaban también Patena, Eusebio el de Madrid, Niño de la Puerta del Ángel, Pena Hijo, Paco Mazaco, Angelillo, Antonio y Rosario –Los Chavalillos Sevillanos–, la bailaora Carmen Vargas y los guitarristas Niño de Sanlúcar, Manolo de Badajoz y el gran maestro gitano Ramón Montoya.

Al tener noticias de que había muerto Manuel, Marchena reunió a todos los artistas y les pidió que parte de la recaudación fuera destinada al entierro del genial cantaor y el socorro de su viuda y cinco niñas pequeñas. Todos estuvieron de acuerdo y aquella noche no cobró nadie, al menos los flamencos, porque había otros artistas. El dinero le fue entregado a la viuda, Manuel tuvo un buen entierro y, como declaró un día Pepe Torres, el hermano del cantaor y abuelo de José el de la Tomasa, tanto la viuda como las niñas del artista vivieron tranquilos un buen tiempo. No fue Marchena quien puso todo el dinero de su bolsillo, como dicen los marchenistas, sino todos los que tomaron parte en el espectáculo de Ópera flamenca, los ya citados.

La entrada costaba 2 pesetas al sol y tres a la sombra, aunque el espectáculo fue a la diez y media de la noche. La cantidad dada a la viuda del genio fue, por tanto, muy importante, varios miles de pesetas, que en aquellos años era una fortuna. Tuve la oportunidad de hablar de esto una noche en Córdoba con Antonio el Bailarín, en 1986, y me contó que todos actuaron aquella calurosa noche de verano con un nudo en la garganta. Sobre todo Marchena, quien quería con locura a Manuel Torres. Me dijo Antonio que cantó mirando al cielo.


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