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Correr no es de cobardes

Maratón: la carrera de la igualdad

12 feb 2020 / 12:43 h - Actualizado: 12 feb 2020 / 12:47 h.
"Banca","Atletismo","Correr no es de cobardes"
  • Foto: EFE
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Cuando en otros ámbitos de la vida se habla y escribe sobre cuotas, porcentajes, discriminación positiva; habría que hablar del maratón, que representa un claro ejemplo de igualdad. Pero no sólo en términos de género, sino en el más amplio sentido social. En escasos ámbitos de la vida, se han alcanzado tantas oportunidades, y se han conseguido tantos logros, como en la mítica distancia.

Hace ya cincuenta y dos años, Kathrine Zwitzer, en un mundo de hombres, donde las mujeres no tenían aún la posibilidad de competir oficialmente en la distancia de los cuarenta y dos kilómetros, fue defendida por un grupo de corredores, cuando un responsable del Maratón de Boston, le empujó para sacarla del circuito. Defendida por su novio, su hermano y otros corredores que la acompañaban, no sólo continuó en la misma, sino que llegó a la meta y su dorsal, el 261, se ha convertido en un número signo de lucha, de complicidad, de oportunidades.

Pero hay otra clase de igualdad que pasa más desapercibida, esa que destruye la verticalidad de los dos peldaños, la que discrimina en función del dinero, del estatus social, del oficio, de la procedencia, del yo soy yo, y tú de qué o de dónde eres.

Mientras en otras especialidades deportivas vemos ataques en función del color, de la procedencia, jamás he visto insultar a un keniata, a un etíope, una africana de las que nos asombran en las competiciones de las grandes ciudades. En estos momentos, quizás el atletismo no haya nadie más admirado que Kenenisa Bekele, que Eliud Kipchoge, como lo fue Abebe Bikila, el corredor de pies descalzos, o la elegante Tirunesh Dibaba.

Hace ya muchos años, cuando corría por el club Corricolari de Valencia, fundador del maratón de la ciudad, su Director Médico, Fernando Cort, me enseñó una larga lista de socios del club, con su profesión y número de teléfono. Una lista que todos tenían a su disposición, era como una Hermandad, y cuando alguno necesitaba un chapú, allí estaban los compañeros que compartían su misma pasión. Aquí somos todos iguales, me dijo Fernando, un cirujano que había ayudado a muchos de la lista con sus consejos médicos, su mediación, sus manos expertas en sanación.

Los había albañiles, fontaneros, empleadas de banca, taxistas, dentistas, camareros, restauradores especialistas en paella, abogadas, jueces; porque cuando se entrena cada fin de semana; poco importa si Kiko es juez, Zambrano, farmacéutico, si Carmen es médica o si los demás son distinguidos profesionales, que lo son, de las más variadas profesiones, o si hay entre ellos algún desempleado que sufre la falta de oportunidades.

Correr nos da identidad, nos hace sentir diferentes, vivos, con sueños, deseos y metas como si fuéramos adolescentes, como Julio Molina que pronto correrá su maratón número cien. Poco importa a que dedicó su vida, de que barrio procedía, donde vive y que hace en la actualidad. Nos importa su ejemplo, su cercanía; le admiramos por lo que es, no por lo que tiene o tuvo. Queremos correr con él.

Como creo que diría Groucho Marx, no me apuntaría a la Carrera de los Hombres, pero tampoco me apuntaría a la otra Carrera.


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