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La Tostá

Me hubiera casado con La Macarrona

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
01 sep 2020 / 08:07 h - Actualizado: 01 sep 2020 / 08:08 h.
"La Tostá"
  • Me hubiera casado con La Macarrona

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Hace siglo y medio que nació Juana Vargas de las Heras, La Macarrona, posiblemente la mejor bailaora de la historia si le diéramos importancia al arte de mover las manos a compás y con aire, sacudiendo con sensualidad romana las caderas y echando chispitas de jondura por los ojos. Era jerezana, pero llegó a Sevilla muy jovencita y ya no se quiso ir nunca. Una tarde en Córdoba, Antonio el Bailarín me dijo de ella que tenía el arte de bailar sin bailar. “La veías sentada en una silla, inmóvil, con su mirada aguileña buscando siempre Jerez, y llorabas de emoción”. Anoche me quedé dormido en el sillón de mi despacho y soñé que me había enamorado de la diosa del baile jerezano arrebujaíto con el de Sevilla. Era por la tarde y en la Alameda de Hércules había un beso de luz posado en un velador de La Europa, como un pájaro con lentejuelas. Juana estaba con tanta luz en la cara que el resto de Sevilla lloraba completamente a oscuras. A su lado, Fosforito el de Cádiz y Marquita Malvido, su novia, reían con sus cosas y las de Currito el de la Jeroma, negro como un tizón. En otro velador cercano estaba una gitana de Arahal que le daba de comer a una niña con una sola trenza acabada en la cintura. Eran Pastora la de Tomás el Calilo y su hija Pastorita, la de los Peines. Jugando cerca de ellos, un gitanito que arrastraba una bota de metal por el albero, Tomasito, el hermano menor de la inmortal Pastora Pavón. Pero era La Macarrona la que me tenía embelesado con aquella hermosura que había que entender. No era Pastora Imperio ni La Argentinita. Era una belleza más salvaje, natural, que invitaba a un romance con ella. Daban ganas se robarla y llevársela a Utrera o Morón, como hacían antiguamente los gitanos enamorados. Lo siguen haciendo, pero entonces tenía más mérito porque no había móvil, daban la voz de alarma los gitanos y te la jugabas con los Macarrones, que eran como los Puyas de Triana, hombres de pelo en pecho, patillas de bocajacha y faca en el fajín. Aquella tarde, en la Alameda, me hubiera casado con Juana la Macarrona, pero cuando me ponía de rodillas para pedirle solemnemente que le diéramos juntos una mano de pan de oro a cualquier altar de Sevilla, apareció el Bizco Pardal vestido de torero y dando voces, y se fue el encanto. Juana se levantó de la silla y sin poner los pinreles en el suelo, que eran como de muñeca de porcelana, se perdió entre la bruma por Leonor Dávalos envuelta en un capote de Joselito. ¡Qué coraje, cagonlamá!


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