Los medios y los días

Me salvaron de morir estúpido

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04 ago 2022 / 04:00 h - Actualizado: 04 ago 2022 / 04:00 h.
"Universidad de Sevilla","Los medios y los días"
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A la vista de la porquería de planes de estudios que voy leyendo gobierno tras gobierno -y con éste ha llegado la hecatombe-, a la vista del desastre del llamado Plan Bolonia, un auténtico fraude, comprendo ahora lo importante que fue la educación que me imprimieron las Salesianas, los Maristas y la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. Sí, claro, las monjas y los hermanos Maristas no me hicieron nada bien con tanto pecado, que hubieran terminado antes diciendo: “Todo es pecado menos darle dinero a la Iglesia”. Se pasaron mil pueblos por lo menos, incluso un planeta. Pero tuve buenos profesores. Brindo por ello ahora que observo que se sabe poco, yo no sé nada de nada, aún, pero en el país de los ciegos el tuerto es Reig. Soy consciente de que se acaba una era histórica y empieza otra, tal vez mejor, más práctica, pero a mí me gusta señalarme y complicarme la vida, creo que es más humano, demasiado humano.

En Las Salesianas de la calle San Vicente, don Fernando, profesor de literatura, qué vozarrón, cómo nos obligaba a leer textos de Valle Inclán, de Shakespeare, de Jacinto Benavente... Cómo nos preparaba para la reválida, sí la reválida, y aquí estamos, enteros, divirtiéndonos con el tinglado de esta farsa. “He aquí el tinglado de la antigua farsa”, se leía en el Acto I de Los intereses creados, de Jacinto Benavente. Mi Sor Rosita Manso, ella me enseñó a dividir, en clases especiales para mí, quitándose su tiempo, de forma desinteresada salvo ese interés que tendría por ir al cielo, digo yo.

Don Juan Anaya y don Clemente en Los Maristas, el uno me enseñó cultura latina y latín, el otro cultura griega y griego clásico, primero en la calle San Pablo, luego en la calle Paraíso y antes, muy antes de San Pablo, en la calle Jesús del Gran Poder (curas, no os perdono que os desprendierais de aquella maravilla de casa y a quienes la derribaron los obligaría a volverla a levantar trabajando día y noche). Rezamos mucho para que Beato Marcelino Champagnat dejara de ser beato y cuando lo hicieron santo, algunos nos llamamos por teléfono para respirar profundamente. En Lima (Perú), caminando por la costa verde, me tropecé con un pequeño monumento: era San Marcelino Champagnat. Me dio tremenda alegría, nostalgia de un tiempo ganado y perdido a la vez.

Y en la facultad, los profesores Álvarez Santaló, Romero Tallafigo –que ya lo tuve en los Maristas-, Alfonso Lazo, Presedo Vela, Santero, González Jiménez, los hermanos Patricio y Mariano Peñalver, Miguel Ángel Ladero Quesada, Comellas, Luis Navarro, Gil Munilla, De la Banda, Pellicer...

Levanto mi copa por vosotros porque me habéis librado de morir estúpido.


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