Memorias de un fogón de corral de vecinos

«Fui testigo de las más grandes alegrías y de las tristezas más trágicas sufridas por la clase obrera sevillana desde el siglo XVI hasta mediado el siglo XX»

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21 ene 2018 / 21:06 h - Actualizado: 21 ene 2018 / 21:13 h.
"Hemeroteca El Correo"
  • Sor Ángela de la Cruz vivió y fundó su Obra en corrales de la Macarena-La Trinidad. / Archivo Francisco José de Jesús Pareja
    Sor Ángela de la Cruz vivió y fundó su Obra en corrales de la Macarena-La Trinidad. / Archivo Francisco José de Jesús Pareja
  • Imagen y tres siguientes: libros básicos sobre los corrales de vecinos.
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  • Memorias de un fogón de corral de vecinos
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  • Foto y siguientes: Elementos básicos del corral de vecinos: el lavadero colectivo, el pilón con el único grifo del corral, el baño de cinc para el lavado de la ropa y de la familia, y la puerta de entrada al retrete colectivo. / Archivo Francisco José de Jesús Pareja
    Foto y siguientes: Elementos básicos del corral de vecinos: el lavadero colectivo, el pilón con el único grifo del corral, el baño de cinc para el lavado de la ropa y de la familia, y la puerta de entrada al retrete colectivo. / Archivo Francisco José de Jesús Pareja
  • Memorias de un fogón de corral de vecinos
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Aquí donde me ves soy un elemento básico de la vida sevillana en los corrales de vecinos, desde el siglo XVI, por citar una fecha, que en realidad es muy anterior, hasta mediado el siglo XX, cuando el gas butano terminó con mi vida útil en los asentamientos vecinales.

No podía ser más sencillo. Como veis era pequeñajo, muy simple, y estaba situado fuera de la habitación, cerca de la puerta de entrada del único habitáculo de la familia, siempre numerosa, hasta diez y más personas. En la planta baja del corral estaba en el mismo patio, y en la segunda y tercera galerías, en los estrechos pasillos que rodeaban el patio central.

Pero ser un elemento básico del corral no me ha valido para ser famoso, ni mucho menos. Era un elemento más... Como lo fueron el lavadero colectivo, donde las vecinas señalaban su utilización dejando la noche antes una prenda como testigo. O el único grifo de agua del corral, situado en un lugar del patio, donde las vecinas llenaban las jofainas y palanganas para lavarse la cara y las manos, los cubos para la limpieza y los botijos y cántaros para beber. Y por supuesto, como el retrete, sólo uno por planta, para uso de todo el vecindario... Y luego estaban las escupideras, para el padre de familia y los hijos pequeños... Las madres se encargaban de vaciarlas en los retretes. Las escupideras eran un privilegio de género...

Había otros elementos básicos, como los baños de cinc o barro vidriado, para lavar las ropas y bañarse la familia, toda en la misma agua, calentada al sol. Y siempre los sábados... Un baño que iniciaba el padre de familia, seguían los hijos y terminaba utilizando la madre de familia.

Nosotros, los fogones, sin embargo, teníamos una misión más vital incluso que los lavaderos, los grifos del patio y los retretes por planta. Y los baños de cinc o barro vidriados... Nosotros dábamos de comer a los vecinos del corral. Había que vernos a las primeras horas de la mañana, casi al amanecer, ya encendidos para calentar el café o la cebada o la achicoria, que todo dependía de cómo estaban de llenos los bolsillos del vecindario. Y naturalmente, tostar el medio bollo con aceite de oliva para completar el desayuno.


Hambre

Pero, ¡ay!, a veces el fogón no se encendía y llegaba el mediodía sin que en aquel hogar, una simple habitación, sin ventanas, donde dormían hasta diez y más personas, una familia se enfrentaba al hambre sin recursos. No eran hechos aislados, sino muy frecuentes... El hambre era la sombra que cobijaba a la miseria obrera...

Y entonces se iniciaba un hecho sociológico increíble. Entonces, desde todas las habitaciones del corral, una mujer salía silenciosamente y acercaba al hogar sin recursos una ayuda tan modesta como vital: medio bollo, un huevo, una lechuga, medio litro de aceite, un poco de arroz o garbanzos... Y tantos poquitos, entregados en silencio, hacían posible que en aquel hogar se encendiera el fogón... ¡Cuántos testimonios de caridad cristiana se vivían en los corrales de vecinos! Hoy por ti y mañana por mí...

Con carbón o leña, nosotros los fogones dábamos de comer a las gentes del corral. Daba gloria vernos encendidos de amor fraterno... A veces el carbón había sido sustraído del apeadero de trenes de La Barqueta. ¡Qué más daba! Y otras veces la leña era el final de una silla vieja o taburete. Lo que importaba era que hubiera fuego para hacer la comida.

Los fogones éramos imprescindibles los días en que el corral celebraba algunas de sus fiestas vecinales. Fueron famosísimas las fiestas de las Cruces de Mayo, cuando las vecinas presumían de sus mantones bordados, sacados el día antes del Monte de Piedad, donde estaban siempre empeñados. Y fueron básicas las fiestas modestísimas para celebrar el regreso del hijo que había terminado su servicio en el Ejército; las despedidas de solteros, los bautizos, las bodas... En todas estas reuniones gozosas se servían bandejas y bandejas llenas de patatas fritas, que eran un lujo, y que servían de competencia entre los corrales de la calle...

Pero no siempre el fogón era testigo mudo y alegre de hechos sociales positivos. En los corrales había días negros, días trágicos causados por la muerte de un vecino o el ahogamiento de un niño en el Guadalquivir. Y entonces el fogón estaba siempre apagado, silencioso... Sobre todo estaba apagado varios días en el hogar donde se había producido la desgracia. Y aquella familia comía de lo que les daban sus convecinos.


Corazón del corral

Como fogón, fui testigo de las más grandes alegrías y de las tristezas más trágicas sufridas por la clase obrera sevillana desde el siglo XVI hasta mediado el siglo XX. Como fogón fui el corazón y el alma del corral. Fui el crisol donde se fundían todos los avatares del vecindario... Fui testigo de mil y una trifulca, que siempre acababan bien... Viví y sufrí con los vecinos los desahucios y las odiseas protagonizadas por las caseras, que pugnaban siempre por defender a la familia señalada por el impago del alquiler y también a los propietarios del corral. Pero rara vez lograban que aquellas familias no fueran carne de suburbios...

Cuando el arroyo Tamarguillo inundó media ciudad, supimos que más de dos tercios de aquellos corrales infestos, inhumanos, infrahumanos, miserables, eran propiedad de la Iglesia de Sevilla... Eran el resultado de las herencias interesadas en salvar el alma mediante el pago del canon sacerdotal. ¡Cuánto podrían decir de aquella costumbre social los párrocos de las feligresías ricas y la Compañía de Jesús!

El corral de vecinos al que servimos los fogones fue una institución social que reunió múltiples factores sociológicos dignos de conocerse siempre. El corral supuso una manera de vivir, de ser, de comportarse...


Historia

La Sevilla de los corrales de vecinos ya no existe, la metamorfosis social sufrida por la ciudad después de la riada del Tamarguillo, acabó para siempre con una manera de entender la vida los sevillanos. Los corrales de vecinos fueron residencias infrahumanas, focos de miseria y enfermedades, de incestos, carentes de los más elementales medios de sanidad e higiene, y sus aportaciones sociales estuvieron limitadas por el analfabetismo y la pobreza.

Los corrales de vecinos fueron un sistema residencial colectivo que se pierde en la noche de los tiempos, extendido a casi todo el país, salvo las regiones del Norte y aquellas otras donde el tipo de vivienda predominante es el individual por razones de asentamientos humanos aislados. Sin embargo, los corrales tienen en Andalucía su mayor implantación, donde los estudiosos encuentran raíces romanas y árabes.

Por su implantación en Andalucía, los corrales fueron exportados a la América hispana, aunque también tuvieron réplicas los corrales canarios.

La morfología del corral de vecinos es prácticamente idéntica en todos los lugares, es decir, un gran patio central rodeado de habitaciones, con los servicios comunes de lavandería, retrete y agua; cocina de un solo fuego fuera de la habitación, en el patio; sin luz eléctrica y con una ventana al patio. Lo normal es que cada vivienda fuera de solo una habitación, pero había dos en algunos casos, estando la segunda sin ventilación directa.

Para conocer la vida del corral de vecinos, hay que leer las siguientes obras básicas: Felipe Hauser, Estudios Médicos-Sociales de Sevilla (1884) y Estudios Médicos-Topográficos de Sevilla (1888). Luis Montoto Rautenstrauch, Los corrales de vecinos. Costumbres populares andaluzas (1884). Manuel Chaves Nogales, La Ciudad (1921). Francisco Morales Padrón, Los corrales de vecinos de Sevilla (1974). Ricardo Morgado Giraldo, Los corrales de vecinos de Triana (1990). José Núñez Asencio, El Corral del Conde de Sevilla (2005).


Zapateros remendones

Los zapateros, generalmente vinculados al anarquismo humanista anterior a la fundación de la CNT [1910], sabían leer y escribir, no jugaban ni fumaban, eran abstemios y honrados a carta cabal y ejemplos de padres de familia. Los zapateros remendones instalaban su banquilla en los zaguanes de los corrales de vecinos o en un rincón del patio cerca de la entrada; en plena calle, en los recodos de las esquinas para resguardarse del frío, o en pequeñas accesorias de dos habitaciones, sin más luz natural que la que podía entrar por la puerta de entrada.

Estos artesanos constituían la base cultural y social de los corrales de vecinos e incluso de la calle, en un tiempo de altísimas tasas de analfabetismo. Ellos leían a sus convecinos las cartas recibidas y escribían las remitidas, participando de las intimidades familiares y de los novios. Leían en voz alta los periódicos y los comentaban, suscitándose a veces polémicos debates. La fórmula era muy sencilla: entre todos los asistentes a la reunión se pagaban uno o varios diarios, que eran leídos en voz alta por el zapatero al grupo de personas iletradas que se agolpaba junto a la banquilla, con los que establecía un coloquio sobre las noticias más destacadas.

Los zapateros eran personas muy respetadas por sus convecinos. Ellos enseñaban a leer y escribir a los niños del corral que no podían ir a la escuela, y a sus padres por las noches, después de las agotadoras jornadas de trabajo; también defendían a los niños y a sus madres de las iras de los padres y maridos borrachos; ponían paz en las trifulcas femeninas, organizaban la recogida de limosnas para los entierros, mediaban entre los vecinos morosos y las caseras exigentes, pedían alimentos para los vecinos sin dinero para comer... Por todo ello, la autoridad moral de los zapateros era indiscutible.

A veces se reunían varios zapateros de la calle o del barrio, para ir a rescatar de las tabernas a algunos maridos que estaban gastándose la paga en vino, mientras la mujer y los hijos lloraban en el corral. Bastaba la sola presencia de la curiosa patrulla en la puerta de la taberna, para que el individuo se levantara de la mesa o se apartara del mostrador y enfilara el camino a su casa... sin rechistar.

La implantación de la CNT modificó los comportamientos de los zapateros, sobre todo durante el Trienio bolchevique [1917-1920]. Desde entonces y sin alterar los cometidos antes descritos, que siempre practicaron a rajatabla, añadieron actividades sindicalistas como la organización de grupos de acción en las huelgas o de información y correos. En los barrios del Moscú sevillano, en San Bernardo y en Triana, los zapateros fueron las células primarias que vertebraron las actuaciones obreras durante la Dictadura de Miguel Primo de Rivera y la II República.

Con la mejora del nivel de vida, los zapateros remendones fueron perdiendo clientela, al mismo tiempo que cedieron algunas de sus funciones a las nuevas técnicas de arreglos del calzado.


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