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Mi vida daría para siete novelas

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
02 feb 2020 / 10:04 h - Actualizado: 02 feb 2020 / 10:06 h.
"La Tostá"
  • Mi vida daría para siete novelas

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No sé por qué se toman tantas personas a cachondeo que existan programas de televisión de esos a los que los ciudadanos van a contar historias, algunas increíbles, que darían para una novela o una película. Historias personales, como fracasos amorosos, abandono de hijos, malos tratos o amores no correspondidos. Mi madre, que fue una mujer normal y sencilla, del pueblo, solía decir que su vida hubiera dado para siete novelas. Creo que para más, aunque tampoco era de airear mucho su vida, un tanto triste y desgraciada.

En programas como los de Juan y Medio o Carlos Sobera, mujeres y hombres van a salir por la tele y, de paso, contar algo que les ha pasado y que aparentemente no le interesa a nadie, aunque son espacios con bastante audiencia. Al de Juan y Medio van personas mayores a buscar pareja y cuentan sin pudor alguno cosas muy íntimas de su vida. Por ejemplo, que aún están fuertes para mantener una vida amorosa activa, a pesar de la edad. Cuando vivía mi madre lo veía con ella y era increíble las historias que se escuchaban cada tarde. Quería que probara a ir para ver si encontraba al fin el amor de mi vida, pero no acabé de verlo claro.

Me imagino sentado ante el espigado presentador almeriense, contándole mi vida, y me muero de la vergüenza. Sin embargo, me gusta cuando llama una señora con más años que el Arco de la Macarena y empieza a hacerle preguntas al invitado. Preguntas como si tiene coche, una buena paga, si fuma, si aún tiene deseo sexual o si le gusta bailar en las discotecas. Ninguna le dice me gustas y me da igual si tienes o no dinero, coche, si fumas o tienes ya poca potencia sexual.

A todo esto, el invitado no sabe si la que está al otro lado del teléfono es una señora atractiva, de buen ver, o una lora vieja ya sin plumas y con más tiros dados que las escopetas de una tómbola. Las hay sinceras que dicen que han enterrado ya a tres maridos o que los pechos les llegan a las rodillas, aunque son las menos. Todas se presentan como agradables, simpáticas, alegres, trabajadoras y fieles, pero están solas. O solos, si son hombres los que llaman al programa a ver si acaba con su soledad.

En el programa de Carlos Sobera, Volverte a ver, se ven en ocasiones historias increíbles, como, por ejemplo, alguien que fue dado en adopción cuando era un niño y que va al programa para que le ayuden a buscar a sus verdaderos padres. En uno de estos programas vi una noche a un chaval que fue abandonado por su madre, con apenas 5 o 6 años, y cuando el programa la localizó y accedió a ir al plató, le dijo al chiquillo que tenía otros hijos, una familia nueva, y que no cabía ahora en su vida. Además, se enteró de que su verdadero padre ya había fallecido y que había sido un maltratador de mujeres.

Me impresionó ver sus ojos llenos de lágrimas, decepcionado y triste, y con ganas de que su verdadera madre le diera un abrazo. Ella no le preguntó siquiera cómo había sido su vida o qué tal eran sus padres adoptivos. Lo abandonó una vez siendo un niño y lo volvió a hacer en un plató de televisión.

La televisión la hacen los ciudadanos contando historias, sus vidas, cobrando o sin cobrar nada a cambio. Es la parte más humana de la llamada cajatonta. Y es, curiosamente, la más infamada por la crítica.


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