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Viéndolas venir

Miguel Ángel Blanco

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
11 jul 2019 / 08:34 h - Actualizado: 11 jul 2019 / 08:39 h.
  • Miguel Ángel Blanco fue asesinado por ETA hace 22 años. / EFE
    Miguel Ángel Blanco fue asesinado por ETA hace 22 años. / EFE

El 10 de julio de 1997 estábamos a punto de ser universitarios y por tanto de tener que ir a la capital a diario, a punto de sacar el carné de conducir, a punto de dejar de ser niños para siempre, a punto de comprobar por nosotros mismos qué era aquello del miedo a la libertad. Pero el verano, en teoría, iba a dar una tregua.

El 11 de julio de 1997, después de almorzar, ejercíamos de adolescentes en la habitación donde se confundían los despojos de los apuntes de la Selectividad aprobada con lecturas absolutamente dispares y hasta contradictorias. Enchufada sobre la mesita de noche, una radio casete en la que oíamos más a Nirvana que los informativos, pero aquella tarde fue distinta y aquella novela de no ficción por capítulos truculentos nos tenía cautivos de las ondas.

No recuerdo la emisora, pero en todas trataban lo mismo. Y uno, en su tierna ingenuidad de muchacho del sur, no podía creer el 12 de julio de 1997 que aquello no fuera ficción, porque lo parecía. O tenía que parecerlo. O queríamos que lo pareciera.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco fue un colmo de los colmos. Uno de ellos. Porque había habido colmos antes y hubo colmos después. Solo que aquel asesinato como teatralizado por la radio, aquella barbarie escenificada, aquel horror retransmitido a cachos mientras los demás hacíamos vida normal nos cambió la vida en una época en que ya nos estaba cambiando de adolescentes a jóvenes. Y una transición con un asesinato inolvidable es siempre una amarga transición. Aquella tarde perdió ETA definitivamente la migaja de romanticismo que pudiera conservar aún en algún desnortado.

Recuerdo que compartíamos un silencio cómplice incluso con quienes no veíamos. Sabíamos, nos constaba, estábamos seguros de que había mucha gente al otro lado del tabique, de la calle, del barrio, del pueblo que seguía, como nosotros, en expectante silencio, los caprichos de aquellos terroristas que mantenían en vilo a todo el país. Los locutores daban fe de cada mala nueva, de cada matiz, de cada condición, de cada palabra envenenada. De súbito, con la rapidez de un disparo, dos, supimos que lo habían hecho. Por increíble que pareciese, era verdad. Miguel Ángel Blanco agonizó durante horas, y murió antes de que amaneciera el 13 de julio de 1997, mientras los demás dormíamos aún. 29 años no era una edad, ni entonces ni ahora, para que te arrebaten la vida por ninguna patria.

Aquel 14 de julio de 1997, conmemoración de la toma de la Bastilla, España era ya un país distinto y solo lo consignaron los millones de corazones que empezaron a latir al ritmo que se marcaba en Ermua. Al anochecer, Marina y yo volvimos a vernos. Yo llevaba como un mes intentando decirle algo importante, pero nunca me decidía. Aquella noche tuve la certidumbre de que a veces no tenemos una segunda oportunidad sobre la tierra. Y se lo solté: “¿Quieres que salgamos juntos?”. Marina no levantó la mirada y apenas la escuché: “Que sí”, dijo, como si me lo hubiera repetido muchas veces sin que yo la oyera. Hasta hoy.


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