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Fin de pista

Monarquía y liturgia

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18 sep 2022 / 11:54 h - Actualizado: 18 sep 2022 / 11:56 h.
"Fin de pista"
  • EFE
    EFE

No hace falta señalar demasiado: el fallecimiento de su graciosa Majestad ha servido a ‘the firm’ para sacar músculo delante del mundo entero, mostrando lo mejor que sabe hacer: aportar pompa y circunstancia al inevitable final de un larguísimo reinado. Isabel II ha marcado época en Reino Unido cosiendo en un mismo período histórico épocas tan dispares como la dura posguerra o la era de internet desde el mismísimo Churchill al friki Boris Johnson. Lo ha hecho sobreviviéndose a sí misma, a las miserias y glorias de las personas que han gravitado en las órbitas de la institución y, siempre, con una absoluta fidelidad al motor que la alienta: la puesta en escena del orgullo de un país.

La monarquía presta liturgia, tradición, continuidad, trascendencia, identidad y hasta sentido del espectáculo en el mejor de los sentidos. Las ventajas sobre una república –imaginen a Pedro Sánchez de presidente sin sufrir un síncope- son más que objetivas. España es un país que, como el Reino Unido de la Gran Bretaña, se vertebra sobre viejos reinos medievales que se unieron hace más de quinientos años en un empeño común, bajo una única corona que garantiza unos nexos que la clase política se empeña en volar. Pero tampoco está de más hablar de su coste asumible, por más que se empeñen esos antisistema de boquilla que han aburguesado sus vidas en cuanto han contemplado la pujanza de sus respectivas cuentas corrientes gracias a esa industria virtual que se llama política.

Pero el asunto es otro. La impresionante manifestación de duelo que ha seguido a la muerte de Isabel II ha mostrado la fortaleza, la oportunidad y hasta la necesidad de la etiqueta y el protocolo británicos como medios –que no fin- de conseguir todos esos fines. En España, en cambio, sufrimos desde hace demasiado tiempo un estúpido ‘aggiornamento’ ceremonial que cercena parte de las capacidades de la realeza en invocación de una sencillez que colma las aspiraciones de los pocos que, en realidad, no creen en el asunto.

Algo parecido ocurrió en los presbiterios a lomos de las interpretaciones interesadas del Concilio Vaticano II. Se hicieron misas para los que no iban a misa con un único resultado: siguieron yendo casi los mismos dejando por el camino un impresionante patrimonio litúrgico y ceremonial –material e inmaterial- que tiene compleja recuperación. La Monarquía y la religión no pueden renunciar a esa grandeza aúlica. Forman parte de su esencia. O no...


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