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Los medios y los días

Muere la reina y yo con estos pelos

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10 sep 2022 / 05:02 h - Actualizado: 09 sep 2022 / 10:05 h.
"Los medios y los días"
  • Muere la reina y yo con estos pelos

Los textos periodísticos diarios que ustedes leen con mi firma suelo enviarlos a primera hora de la mañana para el día siguiente. Ya no soy exactamente un periodista pendiente de lo último de lo último, sino un investigador y un profesor dedicado a la universidad todo el día y parte de la noche, sobre todo trabajando desde mi estudio de casa y en menor medida desde mi despacho en la universidad. Mi vida es la universidad, tengo la dicha de vivir de lo que más me gusta y de que este diario deje que me exprese como lo permitirían muy pocos, empezando por esos que llamamos importantes que tienen más tonterías que una feria medieval. Ya hace decenios que el profesor Alberto Moncada demostró que es al revés: los medios con mayor poder son los que coartan más la libertad de expresión de sus profesionales, sencillamente porque cargan con unas cuantas toneladas de intereses ajenos al periodismo libre. A mí me deja el señor Morera y Vallejo, dueño de El Correo de Andalucía, el campo abierto y, aunque no digo todo lo que creo, nunca he escrito con mayor comodidad, así que miel sobre hojuelas: la universidad y el ejercicio colaborador del periodismo para que no se me olvide y entonces mi trabajo en la universidad sea meramente quimérico.

Como me llevo horas frente a la pantalla y los libros de papel, despacho pronto, pero con mimo, la columna o el artículo para El Correo. Luego ya toca seguir informándose y formándose. La reina Isabel II se me murió el jueves por la tarde o eso dijeron oficialmente, de manera que me cogió con los pelos revueltos y la columna mandada. Como sabía que todo el mundo iba a escribir de lo mismo no quise retirarla y sumarme yo a las pompas fúnebres pero lo hago ahora, todavía hay tiempo hasta el sepelio, por lo menos.

Me dio una alegría no por la muerte de tan conspicua soberana sino por Pedro Sánchez: mucha gente se iba a olvidar de la carestía de la vida al menos hasta después del entierro. Hay que ver la de espacios que ocupa en los medios una persona sin poder ejecutivo desde que Cromwell le cortó la cabeza a Carlos I (ahora vamos a tener a un Carlos III, me gusta el nombre, es un buen coñac y en España fue un gran rey el que llevó esa denominación de origen). Después de Carlos I y el mandato severo y cruel de Cromwell, llegó la restauración de la monarquía con Carlos II, pero la corona de ese rey era ya como de lata y la de Carlos III sigue más o menos igual: de bisutería fina.

Sin embargo, al personal le gusta la bisutería y lo que no es bisutería: los restos de una grandeza que aún es útil porque el mito, el símbolo y el rito, han sido siempre fieles compañeros de los humanos y humanas. Incluso de los humanes, como diría mi admirado Jesús Mosterín para ser políticamente correcto. Carlos I de Inglaterra o Felipe II de España hacían lo que les salía de sus reales cataplines. Si no todo, casi todo lo que querían. Carlos III de la Pérfida Albión y Felipe VI de Estepaís deben obtener el permiso de sus gobiernos para moverse y hasta para hablar de una forma o de otra.

Hablan y hablan por ahí de modernizar la monarquía. Bueno, no queda mal, pero el secreto de estas instituciones es que guarden su esencia, sus apariencias, para que el cuento siga en las mentes y en los corazones del pueblo, por muy digital que sea (el pueblo). Y además la sangre debe continuar siendo azul. ¿Qué han aportado los plebeyos a las coronas de España e Inglaterra? Disgustos. Nuestra reina ni se persigna en misa y cualquiera sabe lo que le dirá a su señor marido en la alcoba, eso se debería retransmitir en directo, es de interés público general.

En 1956 se inauguró la TV en España. El primer programa que detuvo la vida del país fue la boda de Balduino y Fabiola, emitido poco después de la irrupción televisual. Pasaron los decenios y, salvando las distancias, algo parecido sucedió con las bodas de Elena, Cristina y Felipe (menudo chaparrón cayó ese día) al tiempo que en 1997 los ingleses lloraban a moco tendido ante el paso de la comitiva fúnebre de Diana de Gales. A partir de esa fecha, y antes, ¿cuántas películas y series sobre las realezas se han estrenado? Mogollón. ¡Pero si todavía podemos ver en Somos TV, Dónde vas Alfonso XII, de 1958! Y es guay, con un Vicente Parra en plan galán, galán, y una Paquita Rico muy en su papel de sufridora.

Yo creo que es mejor no modernizar demasiado y dejarlo todo como embalsamado, así podremos aspirar a ser como ellos y olvidarnos un poco de que suben los huevos, la leche, el pan, la hipoteca, etc. Si la vida no es bella, o le echamos bemoles o vivimos de sueños, pero ya sabemos por Calderón que “los sueños, sueños son”. En fin, que descanse en paz doña Isabel II, nuestra Isabel II, por cierto, era más marchosa, más “sexy”, ya me entienden; ésta, la finada de Inglaterra, al menos que se sepa, parece como si hubiera cargado con la pamela y el bolso hasta para dormir.


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