jueves, 22 abril 2021
20:54
, última actualización
Los medios y los días

Nos han engañado tanto...

Image
29 mar 2021 / 04:00 h - Actualizado: 29 mar 2021 / 04:00 h.
"Los medios y los días"
  • Nos han engañado tanto...

Un camino conduce hasta el monasterio de El Loreto, en Espartinas (Aljarafe sevillano), desde la localidad donde vivo. Necesito estar rodeado de Historia, trasladarme al siglo XVIII, al XVI y antes, con esa mezcla que hallamos en El Loreto, desde sus orígenes al Renacimiento y barroco pasando por el símbolo de la civilización islámica representada por la torre achatada que aún se conserva. Un letrero en una de las entradas al monumento me recuerda en la ruta de qué vino estamos: “Mosto”. Lo venden los frailes franciscanos que por allí pululan y me viene a la memoria el padre Patero que en Sevilla andaba por la iglesia de la Soledad de San Buenaventura pero que a veces se retiraba a El Loreto. Nunca lo conocí, pero, por lo que me contaron, debió ser un personaje.

Las veces que he estado en ciudades de América en general -norte, centro y sur-llegaba un momento en que echaba en falta la huella de la Historia y, salvo en los restos de las misteriosas civilizaciones prehispánicas, cuando la hallaba de verdad, aún viva, habían sido mis antepasados españoles -de todos los rincones de España- quienes la habían dejado allí. Me canso de ver ciudades pensadas más para los coches que para la gente y, cuidado, que cada vez veo eso más aquí en Sevilla: camine, camine desde un lugar de consumo a otro, ni un banco, ni una plaza, ni una glorieta, nada que respete la ciudad europea, camine bajo el sol, refúgiese en un centro de consumo y allí morderá el anzuelo, ignore la vida que encierra una piedra tallada, elemento fundamental de un templo, de un palacio, de una casa sevillana, de una mansión dormida que nos despierta de este sopor alienante del consumo por el consumo.

En El Loreto, todo estaba preparado para la misa del Domingo de Ramos. Paseé por su claustro principal, sillas a una distancia prudente, un monitor de televisión para poder seguir la misa; sillas en el exterior de la iglesia del monasterio, también distanciadas convenientemente, como los sitios en los bancos del interior. Y encima de todas las sillas y de los bancos, una ramita de olivo. A la entrada de la pequeña iglesia no había agua en la pila de agua bendita, había sido sustituida por un bote de gel hidroalcohólico.

Regresé a casa desde mi paseo matutino. Vivo en una pequeña calle con sólo tres casas. Mis vecinos de una ellas -un matrimonio- ya tenían puestas marchas de estas fechas. Emocionante. Es sobre todo él quien marca el calendario en su balcón: su bandera de España el 12 de octubre, su bandera de Andalucía el 28 de febrero, y la bandera de su Sevilla FC cuando consuma alguna hazaña. Mis vecinos no sólo viven sino que existen, tienen ilusiones. Cuando el Estado de Alarma, a las 20 horas, momento del aplauso a los sanitarios, a veces aplaudía solamente mi vecino en toda la callecita. Luego pinchaba música alegre andaluza. Es envidiable esa ilusión.

En mi película preferida, Sesión continua, de Garci, Adolfo Marsillach encarnaba a un director y guionista de cine. Estaba divorciado y vivía solo pero hablaba, conscientemente, con su padre que hacía muchos años que había muerto. Al llegar la Navidad o el Año Nuevo lo celebraba en soledad pero se tiraba una charleta con su padre, lo felicitaba y al final le decía: “Ahora vamos con tu música que es nuestra porque nos han engañado tanto, papá...”. Y colocaba en el tocadiscos Suspiros de España. Cuando aquella película se rodó (1984) todos o casi todos sus protagonistas eran rojos en mayor o menor medida: Garci, Marsillach y otros de sus actores como Jesús Puente y María Casanova. Rojos sin bilis. Y cultos. Los rojos de hoy nos siguen y se siguen engañando tanto... Nietzsche apuntó la causa principal en Más allá del bien y del mal, que estoy releyendo: “¡Oh, santa simplicidad! ¿Dentro de qué simplificación y falseamiento tan extraños vive el hombre!”.


Edictos en El Correo de Andalucía