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Oh, el libertinaje

17 abr 2016 / 00:59 h - Actualizado: 17 abr 2016 / 01:02 h.
"Truco o trato","Feria de Abril 2016"

La libertad es el caos, sin que el cielo caiga sobre nuestra cabeza ni el suelo se hunda a nuestro paso. Esta semana en un Real abarrotado de colores, caballos, paraguas, niños y ruido sentí que la libertad es esa turbamulta que ocupa un espacio, proporcionalmente pequeño, sin que Juan Espadas, alcalde, mude la color más que por haberse echado un baile con una parroquiana insistente. Y la libertad también es que esa multitud se ve guapísima cada uno a su estilo.

Hay cierta tendencia muy sevillana, siempre embarcada en la fractura Narciso-Prometeo, a elegir entre Feria y Semana Santa, atribuyendo a la primera el bullicio de lo popular, y hasta ordinario, y a la segunda la solera comedida de la tradición y el recato. La realidad le ha dado un revolcón al maniqueísmo, de manera que hay bullas cofrades de tono Gran hermano Vip y una armonía casi extravagante en la abarrotada Feria de Abril. Cada cual asume el ser ciudad a su manera, metafísicamente hablando, e incluso asume normas no escritas que certifican el carnet del buen sevillano. El genial Antonio Cascales, escritor y publicitario, distinguía entre sevillaneo y sevillanato, en una primorosa disertación que a mí siempre me pareció menos real que brillante. Lo segundo sería el ejercicio cabal de un ser sevillano lleno de compostura y, ay, mesura en la tendencia inexorablemente barroca y hasta desmesurada.

Las redes, proclives a albergar al juez infalible que todos llevamos dentro, abundan estos días en prolijos consejos sobre atavíos y comportamientos en nuestras fiestas varias: al desternillante sabio que en Semana Santa recomendaba a los caballeros llevar siempre un pañuelo blanco en el bolsillo por si su acompañante, dama, enjugaba una lágrima transida de emoción, le ha seguido una, no menos hilarante, recomendación para que las mujeres vestidas de flamenca se abstengan de llevar bolso, una horterada, que para eso su acompañante debe cargarles con el móvil y por supuesto apencar con su consumición. Y es que hay gente que aún trasiega en blanco y negro como figurantes de la serie Cuéntame a lo Groundhog day o día de la Marmota.

Más que grotesca, resulta hasta tierna esa obstinación, abocada al fracaso, por ponerle límites a un libre albedrío que el personal exhibe de manera completamente desvergonzada y feliz. Yo misma, que procuro atenerme a la compostura de la familia Otero y me dejo aconsejar por la maravilla del taller de Delia Núñez, que me entiende a mí y a mis limitaciones, me rindo ante la victoria de la estética puesta por montera: hasta las tendencias más espantosas quedan bien en el Real, miren lo que les digo. Y no hay flamenca fea ni traje que desentone. Por mucho que algunos se desgañiten, la vida se impone y las flamencas llevan el móvil en el escote, las rayban al mediodía y hasta un canasto de bolso si fuera menester. Y están estupendas. O algo mejor y más liberador: se sienten estupendas.

Para la sociología de andar por casa, el paradigma de la Feria siempre ha sido la ilusión colectiva de ser cortijeros de alquiler, lucir de caballo y de sombrero, recibir como el anfitrión más rumboso, aplicar el carpe diem de los que tiene el futuro ganado. Y puede que haya una parte de verdad pero si algo ha resultado, y resulta, la Feria de los últimos treinta años es el triunfo de la clase media, de las casetas colectivas o de socios con muchísimo esfuerzo, del traje de flamenca. Un traje que no es un atavío regional, o no sólo, que es, al menos siete días, el fin de la lucha de clases. Las mujeres flamencas todas, se tenga la cuenta corriente al rojo vivo, por ausencia, o se ignore dónde te ha invertido tu asesor.

Y el tarro de las esencias hecho gozosamente añicos.


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