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Orgulloso de nuestras raíces

21 oct 2016 / 23:22 h - Actualizado: 21 oct 2016 / 23:26 h.

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Acabo de volver de un viaje a Malta. Lo que más me sorprendió de esta pequeña isla no fueron sus coquetas playas, los bellos azules del mar o el cuidado patrimonio monumental. Lo más llamativo, sin duda, fue la decidida reivindicación de su pasado. Sin ningún empacho, los malteses ensalzan la resistencia de un puñado de caballeros hospitalarios e isleños al formidable ejército otomano durante el Gran Asedio (1565), alejando así la presencia islámica del Mediterráneo occidental. También rememoran con cariño los más de doscientos cincuenta años durante los que la Orden de Malta gobernó su territorio, hasta que el ilustrado Napoleón llegó para saquear las arcas y prohibir sus prácticas religiosas. Sobre la presencia británica, que en principio se acogió como liberadora, se guarda un prudente silencio.

Las coincidencias con España son muchas. No cabe duda de que la herencia romana, la fe cristiana y la Reconquista cohesionaron nuestro país, el cual empezó su andadura como una conjunción de coronas que desembocó en un Reino unificado. Y, sin obviar nuestros graves errores y fracasos, hemos realizado obras señeras: descubrimiento y colonización de Hispanoamérica, extensión del Imperio por Europa, Siglo de Oro, creación del Derecho de Gentes y, por último, una Transición democrática forjadora del proyecto común que aún nos cobija.

Sin embargo, estas afirmaciones se perciben en nuestra patria como xenófobas, imperialistas, racistas y reaccionarias. Ello se lo debemos al pseudo-pensamiento progresista dominante que, durante las últimas décadas, ha identificado machaconamente la españolidad con un régimen dictatorial fenecido –y no reivindicado por nadie- hace más de cuarenta años. Pocas veces la inventada resurrección de un adversario político, muerto en todos los sentidos, fue más rentable. La residual presencia del latín y la religión católica en la enseñanza, junto a los ataques al castellano y la marginación de la historia de España por leyendas localistas, testimonian esta vergüenza por nuestras raíces.

Resulta evidente que quien no asume el pasado proyecta sus viejos errores hacia el futuro. El impás político en que nos encontramos y los desafíos separatistas tienen idéntico origen: el desprecio por nuestra herencia común, sustituyendo así el bien de una nación -en la que ya no se cree- por los intereses sectarios de cada cual en forma de detentación del poder, poltronas y privilegios.

España sigue teniendo futuro pero para ello es necesario que, aparcando las diferencias, todos arrimemos el hombro. El auténtico patriotismo implica abnegación y altura de miras. Que nuestros representantes parlamentarios tomen nota de ello.

Acabo de volver de un viaje a Malta. Lo que más me sorprendió de esta pequeña isla no fueron sus coquetas playas, los bellos azules del mar o el cuidado patrimonio monumental. Lo más llamativo, sin duda, fue la decidida reivindicación de su pasado. Sin ningún empacho, los malteses ensalzan la resistencia de un puñado de caballeros hospitalarios e isleños al formidable ejército otomano durante el Gran Asedio (1565), alejando así la presencia islámica del Mediterráneo occidental. También rememoran con cariño los más de doscientos cincuenta años durante los que la Orden de Malta gobernó su territorio, hasta que el ilustrado Napoleón llegó para saquear las arcas y prohibir sus prácticas religiosas. Sobre la presencia británica, que en principio se acogió como liberadora, se guarda un prudente silencio.

Las coincidencias con España son muchas. No cabe duda de que la herencia romana, la fe cristiana y la Reconquista cohesionaron nuestro país, el cual empezó su andadura como una conjunción de coronas que desembocó en un Reino unificado. Y, sin obviar nuestros graves errores y fracasos, hemos realizado obras señeras: descubrimiento y colonización de Hispanoamérica, extensión del Imperio por Europa, Siglo de Oro, creación del Derecho de Gentes y, por último, una Transición democrática forjadora del proyecto común que aún nos cobija.

Sin embargo, estas afirmaciones se perciben en nuestra patria como xenófobas, imperialistas, racistas y reaccionarias. Ello se lo debemos al pseudo-pensamiento progresista dominante que, durante las últimas décadas, ha identificado machaconamente la españolidad con un régimen dictatorial fenecido –y no reivindicado por nadie- hace más de cuarenta años. Pocas veces la inventada resurrección de un adversario político, muerto en todos los sentidos, fue más rentable. La residual presencia del latín y la religión católica en la enseñanza, junto a los ataques al castellano y la marginación de la historia de España por leyendas localistas, testimonian esta vergüenza por nuestras raíces.

Resulta evidente que quien no asume el pasado proyecta sus viejos errores hacia el futuro. El impás político en que nos encontramos y los desafíos separatistas tienen idéntico origen: el desprecio por nuestra herencia común, sustituyendo así el bien de una nación -en la que ya no se cree- por los intereses sectarios de cada cual en forma de detentación del poder, poltronas y privilegios.

España sigue teniendo futuro pero para ello es necesario que, aparcando las diferencias, todos arrimemos el hombro. El auténtico patriotismo implica abnegación y altura de miras. Que nuestros representantes parlamentarios tomen nota de ello.


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