miércoles, 30 septiembre 2020
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La vida del revés

Padres e hijos y viceversa

La edad y el extraordinario relato de Onetti «Los adioses» me han hecho reflexionar sobre algo que no tiene que ver con la Covid-19. Menos mal porque estoy hasta las narices de dar vueltas a la pandemia

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31 ago 2020 / 19:00 h - Actualizado: 31 ago 2020 / 19:07 h.
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  • Padres e hijos y viceversa

Debe ser por la edad.

Desde hace algún tiempo me fijo mucho en las parejas formadas por una madre anciana y su hija de mediana edad, por un tipo de más de 50 y su padre ya mayor y torpe. Me fijo y pienso que no hace mucho eran esa anciana o el viejecito los que acompañaban a sus padres. La belleza parece que se ha trasladado de un cuerpo a otro, y la agilidad, y la rapidez. La estampa es exacta a la que fue y no parece que nos demos cuenta.

Me fijo en el pelo de los jóvenes que acompañan. Brillante, cuidado, abundante. El de los abuelos suele ser corto, menos lustroso. La modernidad de las telas y el ocaso que supone una pensión que no te permite grandes lujos. Y así todo.

Debe ser por la edad, pero pienso en que la sensatez, la sabiduría o la paciencia, residen en los cuerpos más machacados. Los ancianos en ese tipo de cosa sacan gran ventaja a los jóvenes.

Me gusta inventar historias siempre que algo me llama la atención. Debe ser por la edad. Y me viene a la cabeza un extraordinario libro firmado por Juan Carlos Onetti que se titula «Los adioses». Cuenta Onetti cómo una vida se puede inventar a base de ocurrencias de uno que se las dice a otro; y que una hija se convierte en tu amante en treinta segundos si alguien lo dice y otro lo cree. Es una novela corta que merece la pena leer porque fija la atención en el lenguaje como arma de destrucción masiva. Lo es, sí, lo es.

Me gusta inventar las historias del joven y del viejo. Qué han desayunado, por qué no se deja querer la anciana o cómo es posible que esa mujer tan atractiva le niega una mirada a su compañero de trabajo (a ese que bebería los vientos por ella). Me gusta inventar qué le pasó al anciano para cojear de esa manera tan leve, pero tan característica (tal vez fue una caída desde el andamio en el que trabajaba enfoscando aquella fachada de la calle Sierpes; tal vez fue la razón por la que dejó el fútbol, justo en ese momento en que se le estaban abriendo las puertas de los grandes equipos de la ciudad), me encantaría saber por qué razón sigue ocultando su orientación sexual ese hombre maduro tan apuesto si todo el mundo que le conoce lo sabe desde hace años.

Me gusta imaginar porque es la forma de olvidar que el mundo en el que vivimos se está convirtiendo en una ratonera de la que no podemos escapar.

Debe ser por la edad, pero me gusta más lo que imagino que lo que veo.


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