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La Tostá

Palomares en las entrañas

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
14 nov 2021 / 10:00 h - Actualizado: 14 nov 2021 / 10:02 h.
"La Tostá"
  • Palomares en las entrañas

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Los que somos de pueblo, crecimos en un pueblo y vivimos en un pueblo, sabemos qué significa amar a esas ciudades pequeñas que suelen estar entre olivos, si nos referimos a la provincia de Sevilla. Nací en Arahal y cuando empezaba a despertar a la vida me obligaron a emigrar a otro pueblo, Palomares del Río. No fue decisión mía sino de mi madre, al morir mi padre. En Palomares del Río fui un niño feliz rodeado de olivos y naranjos, pero mi madre decidió un día que había que emigrar a Sevilla, en concreto a un barrio duro en los setenta, como era Su Eminencia. Cada fin de semana suelo ir a Palomares y siempre paseo por lo que fue mi mundo hace medio siglo, ya sin olivos, porque los arrancaron para que los sevillanos pudientes de la capital tuvieran chalés con piscina. Aún cierro los ojos y recuerdo cómo eran las chuecas de todos los olivos que rodeaban Cuatro Vientos y dónde anidaban los mochuelos. Ya no queda nada de aquello, de aquel mar de olivos de Mampela, el Cucadero o la Laguna. Menos mal que del pueblo queda algo, aunque con muchas casas cerradas y alguna torre tan abandonada que un día se caerá, como la de la hacienda donde estuvo Artesanías Montes, al lado de lo que hoy es La Truja.

Cuando voy a comer a este mesón no lo hago solo por el placer de comer bien, que también, sino por recordar mi niñez en esas cuatro calles en las que nunca veo a niños jugando. A determinadas horas del día y de la noche, Palomares parece un pueblo fantasma. Hace cincuenta años la Plazoleta estaba llena de niños jugando a piola o a carabinero. Esperar la llegada del autobús, La Viajera, era un acontecimiento. Entonces todo era emocionante, sorprendente, una aventura diaria. Los niños que jugaban en esa plaza suelen parar hoy en Los Cazadores, La Truja, La Gran Vía o El Huerto del Portugués, que son los bares que suelo visitar cuando voy. Muchos se fueron a Sevilla o a otros lugares de España. Algunos ya murieron, como El Rácano, que falleció el pasado jueves a la edad de 74 años. Era uno de mis ídolos de la infancia, porque jugaba muy bien al fútbol. Se están yendo muchos palomareños y cada vez que se va uno es como si me arrancaran parte de las entrañas, por lo que se lleva. Escribí hace ya años Cuatro Vientos, el niño que hablaba con los olivos, para que quedara algo de lo que fue Palomares en los años sesenta y parte de los setenta, cuando despertar cada mañana era como beber un chorro de emoción sacado del pozo de la felicidad.


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