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Los medios y los días

Prefiero a Alfonso XII y sus circunstancias

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13 sep 2022 / 04:17 h - Actualizado: 13 sep 2022 / 04:17 h.
"Los medios y los días"
  • Imagen de ¿Dónde vas, Alfonso XII? (1959).
    Imagen de ¿Dónde vas, Alfonso XII? (1959).

¿Dónde vas, Alfonso XII? (1959), ¿Dónde vas, triste de ti? (1960), dos películas que cuando las estrenaron yo aún no sabía nada de la vida, la vivían por mí, y ahora, en la prevejez, las he visto enteritas y despacio en Somos TV y, mira, me han gustado. Se nota que voy para viejo porque me las ponen en mi etapa progre y hubiera dicho que son casposas, ahora no, ahora tengo bastantes años y por consiguiente puedo comparar. Para tragarme cine de reyes gringo o inglés –que me lo he tragado- me acerco a lo mío y así incluso veo cómo ese cine de la época franquista reflejaba la historia de Estepaís.

Está Sevilla muy presente en ambas películas con tanto parentesco regio. Verán, ya pueden estar explicándome un día entero los lazos familiares de los reyes de España con los de Inglaterra que no me enteraría, es como la lista de los reyes godos, no, más complicado aún, porque la lista de los reyes godos va por orden de aparición y desaparición pero en este caso hay un árbol con unos cuantos troncos y cientos de ramas. Me niego a aprender eso a menos que sea imprescindible para interpretar algún hecho. Me gusta que Sevilla aparezca en cintas que tratan sobre tan altas costumbres, lujos y modales y, al mismo tiempo, echo de menos la otra Sevilla, la de los ilustrados, la universal, con esa siempre hemos querido poco trato y aún seguimos así, antes como derivación de una mentalidad cerrada y de sacristía, ahora porque aún queda de eso y a ello se suma una izquierda que, por lo que veo, necesita ir más al colegio y leer más, esta ciudad tiene difícil arreglo a menos que echemos mano de los jóvenes empresarios de todo tipo que ven la vida con ojos digitales ilustrados, ¿existe eso?, y tengamos en cuenta a las mentes que de verdad conocen Sevilla y no se venden a nadie.

Para estar todo el día escuchando que el cadáver de Isabel II va de aquí para allá como los difuntos de Nieves Concostrina, para pensar que el entierro de la exreina de Inglaterra se empieza a parecer al que narraba Paco Gandía, me concentro, en mi tiempo de evasión, en las películas antes mentadas y alucino con el lujo de los palacios y mansiones y con el buen hablar de los protagonistas, que ya no dicen eso de “tío, oye tío”, ni lo de “dame la puta pistola” u otros objetos que son todos putos o putas. Hay que ver lo bien que hablan en las películas de Alfonso XII y qué divertido es el acento andaluz que le colocan a Cánovas y cómo se ve el reparto del pastel patrio que llevan a cabo Cánovas y Sagasta para que no llegue la República porque la segunda señora de Alfonso XII, la archiduquesa María Cristina de Austria, no hacía más que parir niñas. Eso se llama un pacto de Estado, Estepaís se convirtió en un cortijo donde o se votaba a uno o se votaba a otro y el votante lo hacía en no pocas ocasiones presionado por señoritos y curas pero eso ya no sale en las películas porque no es la finalidad de los filmes en cuestión.

Harto como está uno de que le digan qué es lo bueno y qué es lo malo en esta dictadura posmoderna unas veces y “tradicional” otras; harto de que maten la Historia, la Filosofía, que se desprecie a éstas y otras materias imprescindibles para intentar entender el mundo. Harto de que haya ministros y ministras que arreglan el país según lo que se les va ocurriendo en un cerebro por formar, ajeno a la ciencia; harto de que el mundo que más cerca me rodea se haya tornado en un tornado de superficialidades, juegos, escapismos, poses pseudointelectuales, postureos, narcisismos; cansado de que quieran implantar como certezas asuntos que no son más que especulaciones; afectado por estar rodeado de familiares, amigos y amigas que enferman o mueren; harto ya de estar harto, no me cansé, y me dejo llevar por las tragedias y los lujos de un cine que está ahí para eso: recrearse en las desgracias de los privilegiados, adoctrinar en lo bueno que son los reyes y lo maravillosa que es España, refugiarse un par de horas y no salir de un decorado de cuento de hadas que, naturalmente, aunque exista, es falso. Su utilidad es su falsedad.


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