martes, 11 agosto 2020
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Pudieron rendirse pero eligieron luchar

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Pepa Violeta Pepavioleta
26 ene 2020 / 13:41 h - Actualizado: 26 ene 2020 / 13:44 h.
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  •  Pudieron rendirse pero eligieron luchar

Todavía con la resaca de los Goya 2020 en la retina, podríamos elegir este preciso momento para conocer a otras mujeres a las que no verán en una red carpet, pero que son la fuerza que necesita este mundo para seguir vivo.

Sevilla, abría esta semana las puertas del Espacio Santa Clara para dar a conocer un trabajo audiovisual del que me es imposible escribir y contener la lagrima al mismo tiempo. El pasado jueves, se presentó el tráiler y el cartel de la peli de Carmen Tamayo, MUJEREANDO: El quejío de una diosa. Un proyecto, del que apenas había escuchado hablar y del que ahora soy incapaz de desprenderme. Pronto, tendremos en la gran pantalla la vida de un grupo de mujeres sin hogar, que iniciaron de mano de la gran Carmen Tamayo un viaje de recuperación, que le has permitido volver a vestir dignidad y orgullo, todo el que perdieron en su juventud entre calles sucias y cartones mojados. MUJEREANDO, llegó a sus vidas cuando menos lo esperaban, para enseñarlas a reconciliarse con el pasado y a coserse las alas rotas, tras un vuelo complicado, en solitario y sin rumbo. El teatro las sacó de la calle y les dio el abrigo que tanto buscaban. Las tablas del escenario se convirtieron en su nuevo hogar, Carmen su bastón para levantarse cuando tropezaban y todas juntas, han conseguido crear familia y un proyecto que ahora llega a la gran pantalla.

 Pudieron rendirse pero eligieron luchar

De la calle, al teatro y del teatro al cine. Así, podríamos resumir la vida de esta hornada de actrices revelación, que estrenan futuro y peli. Carmen Tamayo, trabajadora social y actriz en RAIS fundación, puso en marcha hace unos años, una compañía teatral para sacar de la calle a un grupo de mujeres y empezar con ellas un proceso de empoderamiento bestial. Unos meses después, la energía de estas mujeres fue tal, que cristalizó en este proyecto audiovisual, centrado en dar a conocer la vida de sus protagonistas y su andadura hacia la recuperación emocional.

Si hacemos un rastreo mental rápido, nos daremos cuenta de la invisibiliación, por parte del audiovisual y los medios de masa en general, de esta problemática social. Escasamente, ha tratado el cine la realidad de las mujeres que viven en la calle. Doblemente discriminadas, por ser mujeres y por ser pobres. El quejío de una diosa, pronto llegará a la gran pantalla para demostrarnos que el teatro, es apuesta segura para los procesos de empoderamiento femeninos y que el cine, tiene que implicarse más en proyectos socio-culturales de esta envergadura, para construir una sociedad sensible y consciente. Más humana, que de eso se trata.

 Pudieron rendirse pero eligieron luchar

Ponerse en la piel de mujeres que han perdido su hogar, sus casas y su familia. Que comen a diario con la soledad y el abandono. Almas destrozadas por la violencia física y verbal. Metralla que se incrusta en la piel, producto de una guerra sucia, en la que entraron sabiendo que el suyo, era el bando de la derrota. Ojos que han visto demasiado, cuerpos explotados y arrugas, que nos hablan de otra tipo de vida a la que no queremos ponerle nombre, por si alguna vez se nos pudiera aparecer de frente. Cuando el silencio estaba a punto de acabar con ellas, el teatro aparece en sus vidas para recordarles que rendirse nunca es una opción. La semana del cine para mi es esto. Ver como la cultura se convierte en la mejor arma para la transformación social. Sentir una vez más el poder de las mujeres cuando se unen y celebrar todo lo que hemos aprendido en este camino se sororidad.

Sin embargo, todavía nos cuesta poner en valor esto, frente a lo atractivo de una red carpet. Nos encanta seguir y comentar la gala con más glamour y brilli-brilli del invierno. Los Goya, la noche del cine español y de todas esas marcas y diseñadores que compiten por conseguir que sus modelazos y make-up sean lo más instagrameado. No puedo evitar que un poco de tristeza se encaje entre mi piel y mis huesos, cuando percibo que nos siguen sirviendo espectáculo barroquil sin espacio para digerir la farsa. La realidad es otra bien distinta, los/as que vivimos cerca de este mundo sabemos lo complicado que es hacer cine en nuestro país. Respiramos la precariedad como monóxido de carbono y se instala de forma casi permanente en nuestro subconsciente para recordarnos, segundo a segundo, que trabajar para construir cultura no nos sacará de la pobreza. Que como dice Remedios Zafra, el entusiasmo no alimenta.

Las mujeres, seguimos salvando obstáculos para que nuestro quejío se escuche en una industria profundamente machista y mal gestionada. Rodajes maratonianos, salarios ridículos, subvenciones raquíticas, escasas oportunidades para las nuevas generaciones, que o acuden a un crowdfunding (los nuevos mecenas digitales), o se olvidan de sacar sus trabajos. Quizás, por eso echaba de menos en esta ceremonia de los Goya a las mujeres de la Tamayo, pisando con fuerza la alfombra roja. Lo mismo soy una romántica y me cuesta ver el cine desvestido de compromiso social y ética. En general, todas estas ceremonias son ejemplo de cómo la ficción nos atrapa y la usamos como tabla de salvación, para hacer de nuestras vidas espacios más relajados y llevaderos. Nos hacen creer y nos gusta creer, que el cine es elegancia, posición social, dinero, joyas y vestidos. Supongo que a esta ceremonia, como a todas, le faltaba verdad. Y eso amigas/os, no hay maquillaje que lo disimule, ni seda que lo cubra.


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