jueves, 06 agosto 2020
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¿Quién aplana la curva del odio?

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Pepa Violeta Pepavioleta
17 may 2020 / 14:19 h - Actualizado: 17 may 2020 / 14:21 h.
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  • ¿Quién aplana la curva del odio?

Como si no fueran pocos los jardines en los que andamos inmersas, el odio empieza a colarse en nuestras vidas con un efecto tan letal y pandémico como el COVID-19.

De arrastrarnos hasta nuestras ventanas cada tarde para aplaudir a los/as sanitarios/as y mostrarnos afectuosos/as, hemos pasado en cuestión de semanas a regodearnos en el miedo, el dolor, la rabia, la indignación y el odio. Hemos sucumbido al deseo patriarcal de dividirnos y enfrentarnos como sociedad. Un proceso de selección fascista bien planificado, en el que solo quedarán tras la tormenta, los soldados más dóciles. Los mejor entrenados en el arte de doblegarse ante el poder fáctico.

El bipoder

Es fácil sucumbir al odio, detectarlo fuera de nosotros y llegado el momento dejarlo entrar en nuestro interior. Por eso, ante la pregunta de quién aplana la curva del odio, buscar una única respuesta es casi imposible. El patriarcado no educa precisamente en el amor a la diferencia, ni ordena conforme a lo armonioso de nuestra naturaleza. Es un sistema tirano, que mutila el cuestionamiento humano, basado en un concepto foucaultiano de bipoder. Control permanente sobre la vida de los individuos y poblaciones. Desde el feminismo criticamos esta forma de ordenarnos. Instituciones políticas y económicas que nos controlan y disciplinan para adueñarse de las mujeres, de sus cuerpos, del pensamiento crítico y la libertad individual. Subordinando a los más vulnerables, fomentando el racismo, la xenofobia y generando odio para evitar que la idea de “masificarnos para cuidar y cuidarnos” tome forma algún día.

Como decía Montesquieu y en una reflexión magnífica de Jose Antonio Marina, reitero este pensamiento: “el principio de todo gobierno son las pasiones humanas que lo ponen en movimiento... el poder pretende dirigir el comportamiento de otras personas, por lo que necesita intervenir en sus procesos de decisión, es decir, en el origen del comportamiento... nuestro margen de libertad depende de nuestra capacidad para actuar bajo un doble régimen: atendiendo a valores emocionales, cuya atracción vivimos y atendiendo a valores pensados, cuya conveniencia aceptamos”.

La cultura del odio, vieja empresa

El feminismo como movimiento político, ha señalado en multitud de ocasiones la importancia de frenar nuestros instintos primitivos ante el miedo infundado e irracional y no sucumbir a la cultura del odio. Vivimos pegada a ella y aun siendo conscientes de sus peligros, el poder patriarcal siempre encuentra la forma de abonarnos una y otra vez a ella. Ha marcado nuestros pasos, ha sido vehículo para legitimar conflictos bélicos, expoliación, crímenes, deportaciones, fusilamientos....

Ya hablaron en su día del origen del resentimiento Nietzsche y Scheler, cuando afirmaban que era producto de la impotencia humana ante un daño sufrido. Mucho de verdad hay en esa unión tripartita de poder, impotencia y odio. Scheler, reflexionó sobre el poder movilizador y alienador de los sentimientos negativos y cómo interfieren en el comportamiento humano.

Encantadores de serpientes

Los poderosos saben como seducir las mentes y aprovecharse de nuestra fragilidad. Hacen uso de nuestras buenas intenciones para manipularnos emocionalmente y así sacar buen provecho, hasta de las situaciones más catastróficas. Para empezar divide y para concluir, arrastra nuestra voluntad. ¿Durante cuánto tiempo podemos resistirnos a la seducción? ¿estamos preparados/as para detectar cuándo empieza el adoctrinamiento y apostar por la desobediencia?, ¿sabríamos ser y estar, más allá de esa identidad por reacción adquirida durante un estado de alarma, que nos mantiene enjaulados/as en nuestras propias casas, alejando nuestras mentes pensantes unas de otras?

El feminismo considera que cualquier forma de discriminación y opresión, no sólo hacia la mujer, es denigrante e intolerable. Discriminar y oprimir son acciones simbióticas que cooperan entre ellas para vulnerar a los excluidos. La cultura del odio no es un problema individual, sino colectivo. Nos afecta a todos/as y en nosotras/os está detectarlo para neutralizarlo y no dejarnos manipular por los intereses patriarcales.

Sería ingenuo pensar, que esta crisis no dejará heridas que tardarán en cicatrizar. Pero como feministas debemos ir más allá de lo que el mundo espera de nosotras. Ni la autocompasión ni el odio, caben en nuestra forma de entender el mundo. Las mujeres hemos sido pozo sin fondo de injusticias sociales, históricas y repetidas; a pesar de todo, no hemos transformado el dolor de nuestras heridas en rencor. Somos conscientes de que el odio, cuando se instala en las tripas no hay forma de sacarlo y acaba pudriéndonos por dentro. Esta crisis viene a recodarnos que ahora, de lo que se trata es de sanar. Como decía Mae West, como “la vida si la vives bien, con una vez es suficiente” vamos a ponerle ganas y sabiduría feminista, para que el intento siempre merezca la pena.


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