jueves, 21 noviembre 2019
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Salesianos 3

10 nov 2019 / 11:08 h - Actualizado: 10 nov 2019 / 11:03 h.
  • Salesianos 3

Los que un día fuimos sus colegiales compartimos una sensación conocida. Al volver a traspasar las puertas del Colegio Mayor San Juan Bosco tenemos la certeza de no habernos marchado nunca de allí. No es un ejercicio de memoria sino de actualidad. La casa de los muchos tiene ese poder que trasciende del tiempo. Siempre será nuestra casa... Pero entre esos muros venerables sigue latiendo un mismo corazón: es la devoción a María Auxiliadora, verdadera urdimbre que teje esa red de afectos que no se doblega con el tiempo.

El Bosco, la vieja RUS, está de cumpleaños. Ya cuenta con 75 cursos sirviendo a los universitarios bajo el especial carisma de los hijos de Don Bosco. En aquellos años irrepetibles tuvimos la suerte de contar con un auténtico ‘dream team’ de salesianos, con el sereno equilibrio de don Valentín Viguera al frente. En el extremo contrario se situaba la personalidad irrepetible, arrolladora y hasta desordenada de un religioso fuera de molde que ya nos dejó. Era José Antonio Sánchez, el inimitable Romate, verdadera alma y motor de aquel empeño común en el que cabían todos. Don Antonio Calero era y es el consejo oportuno, la fe culta e inquebrantable, aquellas charlas inolvidables en tiempos de zozobra... La lista la cerraba –también se marchó al cielo- el venerable Luis Valpuesta, que hacía de la misa de tinieblas un leccionario para los trasnochadores. Don Luis Consagraba en soledad antes de tomar su desportillado Talbot para repartir la comunión por los conventos, cruzándose con los juerguistas más rezagados.

Pero la sal y la vida del colegio eran sus colegiales: los de ayer, los de hoy, los de siempre. Este sábado se volvieron a reunir –las promociones comprendidas entre 1980 y 2000- para dar el pistoletazo de salida a la conmemoración del 75 aniversario de la fundación del centro. Centenar y medio de antiguos universitarios volvieron a verse, recordando aquel tiempo en el que se forjaron voluntades y no se quebraron confianzas. Lo hicieron sabiendo que, de alguna manera, todos y cada uno formaban parte de un trozo de las vidas de los otros. Ha pasado el tiempo pero hay marcas que no se borran. En aquella esquina de la calle Arroyo aprendimos a ser “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.


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