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Segundo retrato: Tomás Segovia

Sus poemas de amor parecen haberse escrito en las tinieblas, desde el recuerdo no de la persona amada sino del lugar donde las amó

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09 may 2020 / 10:17 h - Actualizado: 09 may 2020 / 10:29 h.
"Poesía"
  • Segundo retrato: Tomás Segovia

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El poeta TOMÁS SEGOVIA, ganador del Premio García Lorca (en octubre del 2008) lo tuvo claro desde que regresó de su exilio mexicano en 1976 según las declaraciones que hizo a la prensa: “Se había muerto Franco, pero España seguía siendo franquista”. Indiscutiblemente él, que venía de fuera, tenía más argumentos para detectarlo que los españoles que residíamos aquí y que fueron cómplices de la tragicomedia de la Transición. Tragedia si se observa lo que pasó a corta distancia, mucho más grande si se tiene en cuenta todo lo que ha ido pasando a poco a poco, desde el principio.

Viendo una de sus fotos firmada por Luis Sevillano, podemos hacernos una idea de este protagonista que me asalta a través del recorte de un periódico por otra parte ya bastante ajado. Sentado en una banqueta, con las piernas cruzadas y casi a un tercio de perfil, nos muestra el que debe ser su rincón favorito, su pequeño paraíso dentro de su casa: un taller con herramientas que utilizará para alguna artesanía posiblemente relacionada con la madera. En un ángulo, una partitura sobre su atril y detrás, en lo que dejan ver las estanterías, cientos de C.D. apilados en lo que se intuye perfecto orden y como único exorno: un paño que parece de Chantilly cosido o pegado en un fondo neutro a la manera de cuadro. El suelo, por último, hecho con láminas regulares de parquet, indicarían que nos encontramos ante un hombre metódico que ha aprendido a vivir desde su propio desengaño.

Este premio, dotado con 50.000 €, el de mayor cuantía entre los q se dan/daban en España, no le sacará de su soledad, ni de ese niño que pasó su infancia en el Refugio de La Casa de España en París, como tampoco lo harían ninguno de los prestigiosos galardones que recibió: el Juan Rulfo, el Octavio Paz,...tampoco lo hará, el que como muchos se considerara a sí mismo un transterrado, alguien que vive en un lugar de nadie, ajeno incluso de sí mismo.

Se escribe para olvidar, para vencer al miedo, la soledad, las injusticias. Se escribe para sobrevivir y sobre todo si es poesía, porque si es buena como la suya no parte de otro sitio que de sus recuerdos, esos de niño perdido, de joven ambulante por los lugares que fueron forjando su destino al tiempo que le formaban a él como hombre y como poeta.

No leí nunca nada de Tomás Segovia y ahora son casi las doce de la noche y mis neuronas o fuerza de voluntad, me van a impedir que abra internet, busque su nombre, lea su obra. Así que espero a mañana para dedicarle unas palabras con mejor conocimiento.

Lo dejo ahí, en la seriedad, en la sobriedad, en la tristeza, en esa lejanía que le da un cierto aire de decadencia, como aquel que ya no espera nada y lo que surja tampoco le interesará o sorprenderá. Si España le pareció franquista entonces, ¿q diría hoy con todo lo que está pasando? Ya quisiera el dictador haber conseguido tenernos arrestados sin acusación previa, hacinados en nuestros pisos, ponernos mascarillas como mordaza, ir a los asuntos sociales o lo que antes se llamaba Auxilio Social, tomar las calles con fuerzas armadas, tanques, “lecheras”, guardias civiles, militares, policías y hasta legionarios que hasta hace no poco nos podían detener y multar, acusarnos por resistencia o insumisión.

Hoy, busco al fin por internet a este autor y compruebo cómo su poesía me parece tan sensual como tosca, como las otras imágenes que veo de él en diferentes fases de su vida o en cualquiera de sus poemas.

Lo mismo que le pasara a Umbral -quien nunca, por más años que viviera, dejaría de ser un huérfano- en Segovia siento que (me) transmite no otra cosa -y a pesar de que intentara adaptarse una y mil veces a sus países de elección (Francia o México)- que un hijo del exilio, en cierta medida no menos desvalido que aquel, aunque la prosa de uno sea brillante y la poesía de este, algo opaca, brusca, ácida, directa. Como digo, Tosca.

Sus poemas de amor parecen haberse escrito en las tinieblas, desde el recuerdo no de la persona amada sino del lugar donde las amó o acaso fuese amado con la misma intensidad, al menos física q denotan. Son poemas casi explícitos, que rebosan no obstante soledad por todos lados, lo que los convertiría en ideales, en búsquedas de ese Amor Total que muchos pretenden en un vano intento, porque ese amor sólo existe en los poemas.

La Transición queda muy lejos para las generaciones que han venido detrás, pero las consecuencias de ella están llegando hasta hoy. Las crisis de la pandemia no manifiestan otra cosa que las pésimas condiciones en que se encuentra este país que lo tuvo todo y de nuevo parece que se encamina a la ruina, que debe ser algo así como un mal endógeno. Desconozco lo que diría hoy Tomás Segovia, pero seguro que pensaría que no se avanzó mucho desde hace 84 u 81 años, porque en situaciones como la que atravesamos, no parece que se hubiera muerto el dictador y se cuestiona lo que pudo ser la democracia, la conquista de las libertades civiles que retroceden mientras seguimos pensando en otra cosa.

Habría que leer de la misma manera que se escribe: para olvidar salvo lo imprescindible. Por cierto, Tomás Segovia regresó a México (donde falleció en el 2011).


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