sábado, 30 mayo 2020
08:53
, última actualización
Cuaresma 2020

Semana Santa chiquita

29 mar 2020 / 16:21 h - Actualizado: 29 mar 2020 / 16:24 h.
"Cuaresma 2020"
  • Imagen de Rosa María Rodríguez Vera
    Imagen de Rosa María Rodríguez Vera

Las túnicas habían quedado varadas en tierra de nadie. El estado de alarma no hacía aconsejable ir a la lavandería –si es que seguía abierta- para recoger esas prendas que significaban tanto. Cuando se confirmaron todas las certezas –el toque de queda llegaba para quedarse- los capirotes habían sido devueltos con cara de circunstancias al altillo del armario y al desván de la mejor memoria. Las tres papeletas se habían quedado sin recoger pero dolían especialmente las dos que escondían más ilusiones. Todo se había consumado sin ni siquiera comenzar.

La situación había dibujado otras prioridades mientras los días comenzaron a pasar, uno tras otro, sin salir del piso. Las ventanas y la escapada a la azotea dibujaban los trampantojos cárdenos de marzo, arrastrados por los ventarrones inciertos del atardecer. Todo había quedado pulverizado, cancelado, aplazado... pero los actos, citas y fechas de siempre dieron paso a una dulce cuaresma interior que abrió la puerta de los recuerdos: aquel monaguillo menudito y repeinado, caminando con prisas de la mano de un nazareno de alto capirote blanco, mano al pecho y escudo bordado que acababa de enseñarle una hermosa senda...

Han pasado cuatro décadas exactas de aquella primera estación que quedó incompleta. Después llegaron cuarenta más, el estreno del primer capirote; el primer cirio que tanto pesaba; nuevas responsabilidades y, siempre, esas manos cálidas que tanto nos quisieron y ahora sonríen en marcos de plata. La Semana Santa no deja de ser una fiesta de nostalgias y, seguramente, la última puerta abierta a la niñez remota. La memoria es caprichosa y enhebra fotos fijas sin orden ni concierto, algarabía de nazarenos jóvenes posando para la cámara en una tarde arrasada de sol y perfumada de azahar. Aquella tropa blanca salía de la huerta familiar con los nervios de ese día que se esperaba todo el año. Es la misma alegría que ahora rebota en los ojos de nuestros hijos, convertidos en heraldos de un hermoso legado.

Si algo ha servido esta extraña Cuaresma truncada ha sido para devolvernos el sano afecto a nuestras imágenes y renovar la devoción por Todo lo que representan. Una de las más íntimas promesas de este confinamiento necesario pasa por darles gracias, postrados a sus plantas, cuando pase todo y sepamos que esta plaga –si Dios quiere- ha pasado de largo de los nuestros. Pero esta Semana Santa que ya no podrá ser como las demás esconde otros secretos. La Semana Santa habita en el corazón de los más niños. No la hay más pura, más chiquita y más auténtica que la que representa el único paso que contemplaré este año, dibujado por la mano de mi hija.


  • 1