domingo, 16 enero 2022
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La Tostá

Sesenta y cuatro cochinos de engorde

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
11 ene 2022 / 07:55 h - Actualizado: 11 ene 2022 / 06:09 h.
"La Tostá"
  • Una familia en un patio de viviendas en la década del 50.
    Una familia en un patio de viviendas en la década del 50.

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Por la cuesta arriba viene subiendo

una mujer de negro que corta el viento.

Doña Pepa se llama, de Cuatro Vientos,

unas veces la calma y otras el trueno.

Josefa Casado Rodríguez, mi madre, me parió justamente a esta hora en la calle Óleo de Arahal, enfrente de La Mazaroca. Son la 1.26 minutos del día 11 de enero y es mi cumpleaños. Mis padres vivían en una habitación de alquiler y tenían ya a un niño de año y medio, mi hermano Antonio, que había nacido en la misma calle, pero en otra casa. Según mi madre el parto que me trajo al mundo fue rápido, aunque doloroso. Pesé algo más de dos kilos, como un conejo de campo grande, y se llevaron un disgusto porque ambos querían una niña para tener la parejita. Y salí yo, canijo y con mucho pelo, llorando a mares, para amargarles la madrugada. Pasé los dos primeros años de mi vida llorando y algunas noches mi padre, que era jornalero del campo y madrugaba, perdía la paciencia y decía: “¡Tira eso por la ventana, cagondiez!”. Con esa edad solo decía Acúm, y lo decía como enfadado y cerrando y abriendo los puños. Aún no he logrado averiguar qué significa Acúm. Cuando tenía ya dos meses y medio, empezando a dar los torpes primeros pasos, murió mi padre de leucemia, pero meses antes había nacido mi hermana Loli, nacimiento que lo hizo muy feliz. Por fin la niña, aunque viniera cuando ya estaba enfermo y sin muchas ganas de festejos. La muerte de mi padre nos hundió en la pobreza más absoluta, aunque tampoco éramos ricos, y mi madre tuvo que luchar como un jabato para sacarnos adelante, limpiando suelos, yendo a pedir comida a los comedores sociales o aceptando la caridad de familiares y amistades. Fui creciendo y en casa jamás celebrábamos los cumpleaños. Hoy, con 64 años ya, tampoco los celebro, o en raras ocasiones. ¿Qué hay que celebrar? ¿La vida? Cuando veía sufrir y trabajar tanto a mi madre para darnos de comer y vestirnos, y poco más, solía sentirme mal a veces, como si no mereciera ese enorme sacrificio que solo una madre podía hacer. Me decía a mí mismo que si yo no hubiera nacido aquella fría madrugada de enero de 1958, su vida a lo mejor habría sido menos dura de lo que era. Y recordaba lo que un día me dijo, supongo que en broma, al cumplir los 15 años: “Podríamos haber criado quince cochinos de engorde”. ¡Lo que nos reímos aquel día! Pepa tenía un sentido del humor muy de Arahal. Pero tenía razón. Los hijos no damos nada más que disgustos y un cochino de engorde valía una pasta. Hoy tampoco celebraré mi cumpleaños, porque hay poco que celebrar. Acabo de cumplir un año más y ya me están doliendo los recuerdos: sus velos negros, los madrugones para ir a trabajar al almacén de aceitunas de Coria del Río, sus dolores de huesos, sus lágrimas de impotencia, a veces, porque no salía de la miseria, o la tristeza perpetua de sus ojos, que el tiempo y las penas casi hicieron desaparecer. No, no soplaré ninguna vela, aunque le agradezco su amor y su coraje. Me parió una mujer de bandera.

Infancia de velos negros,

cómo me dolían a mí

los dolores de aquel velo.


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