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La cara oculta

Sevilla sigue siendo Sevilla

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12 ene 2022 / 08:04 h - Actualizado: 12 ene 2022 / 14:34 h.
"Opinión","La cara oculta"
  • Sevilla sigue siendo Sevilla

Hace tiempo que no visito Sevilla. El dichoso coronavirus ha arrasado con casi todo a su paso. Antes me pasaba media vida en Sevilla y, ahora, he tenido que cambiar mis estancias por llamadas telefónicas o charlar a través de la pantalla del ordenador. Pero Sevilla sigue siendo la misma al pensarla. Hay cosas que ni la Covid-19 ni nada pueden cambiar.

Sevilla sigue siendo Sevilla. Hace tiempo escribí algo que sigue siendo exactamente reflejo de lo que pienso sobre la ciudad. Es esto:

«Huele a Sevilla. ¿A qué huele la ciudad? Madrid huele a humo, a prisas, a grandes almacenes escupiendo personas a través de sus puertas. Sevilla desprende un aroma que mezcla el Guadalquivir y el color amarillo, el incienso que nunca deja de estar y una mirada esperanzada ante el futuro. Sevilla huele al agua cayendo desde el caño, a ventanas abiertas, a vida en la calle. No me he vuelto loco, no. Todo tiene un olor. Los sonidos lo tienen, las texturas lo tienen; las gotas de lluvia, que llenan de pecas el empedrado cuando comienzan a caer, lo tienen. Tan solo hay que prestar atención para saberlo.

Camino y escucho mis propios pasos. La noche invita a que me confunda entre los de aquí, los que nunca preguntan de dónde has salido. Sencillamente, te recogen.

Llego hasta la orilla del río. Antes he cruzado el puente de Triana. Y desde allí, contemplo otra estampa distinta. Las sombras resaltan los contornos. Sevilla dentro de Sevilla.

Los taxistas hablan entre ellos mientras esperan a los clientes. Un grupo de personas termina de celebrar algo que se me escapa. Mientras, el río, en silencio, dibuja un camino que nunca he sabido dónde llega más allá de lo que veo. Cuando deja la ciudad atrás debe ser otro río, pienso. Porque son la misma cosa. Sevilla es el Guadalquivir.

Soy capaz de ver el gentío durante la Semana Santa. No están, pero los veo, los siento. Emocionados. Soy capaz de ver a los niños que esperaban a que pasara la cabalgata el día antes de recibir sus regalos. Y soy capaz de sentir la soledad mirando un río en el que, siendo joven, tuve que disputar media docenas de regatas. Todo huele a Sevilla porque Sevilla de noche es un recuerdo que ahora puedo escuchar, oler, saborear.

Llevo unos minutos esperando algo que no sé qué puede ser. Pero espero con tranquilidad sabiendo que la paciencia es buena compañera de viaje. Y la mujer aparece casi sin avisar. Es mayor, el pelo recogido en un moño, viste de negro y calza zapatillas de andar por casa. Baratas, gastadas por la pobreza. Se coloca a mi derecha. Me pide un cigarrillo. Se lo entrego y enciendo el mechero. No te lo pienses más, criatura. Eso me dice. Estaba mirando el río, me recuerda que fui joven, le contesto. A mí me recuerda que siempre he sido pobre, pero que, al menos, vivo en la ciudad más bonita de la Tierra, dice echando el humo con calma por la nariz. Pasamos cuatro o cinco minutos mirando hacia el mismo lugar. Sin decir una sola palabra. Para qué hablar.

El tráfico es escaso. Los sonidos parecen amortiguarse contra el suelo. Acaso tienen ganas de descansar. Antes de irse vuelve a repetir que no me lo piense más, que lo único que lograré será quedarme donde ya no puedo estar. Comienza a andar. Pero se detiene y me dice que los de Madrid suelen ir corriendo a todas partes, que debo ser un bicho raro. Es que estoy oliendo la ciudad y si corro se mezclan los aromas, le contesto. Ríe; levanta la mano derecha y exclama: Deberías haber nacido aquí, criatura. Así sabrías que Sevilla huele a luz por las noches. ¿Cómo huele la luz? le pregunto. A vida, a pura vida.

Regreso por el mismo camino por el que he llegado. La noche es una losa difícil de soportar en muchas de las ciudades del mundo que he visitado, representa el peligro en otras tantas. Pero aquí la noche es luz y la luz desprende un fortísimo aroma a vida. A pura vida. Y, de regreso al hotel, me descubro buscando una flor que adorne alguna de las sombras que caen sobre las calles. Una flor para lanzar al río y despedir los recuerdos que ya no caben. Descansen en paz».


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