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Si no fuera por Pascuala...

Pascuala García Colón (Albaida del Aljarafe, 1956) es artesana ceramista que en la pasada Velá de Santa Ana recibió la distinción de trianera adoptiva por su oficio y por ser la primera mujer que asume la titularidad de un taller cerámico en Triana desde hace más de 35 años

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01 ago 2022 / 07:54 h - Actualizado: 01 ago 2022 / 08:02 h.
"Triana","Arte","Pintura","Velá de Santa Ana"
  • Pascuala, en su taller de cerámica. A la derecha, con su título de Trianera Adoptiva./El Correo.
    Pascuala, en su taller de cerámica. A la derecha, con su título de Trianera Adoptiva./El Correo.

En la calle José León 30 tiene Pascuala su taller de cerámica. Debo reconocer que, como trianero converso de unos cuantos años, no he sabido valorar la tradición alfarera y ceramista de este antiguo arrabal. Así que me pica la curiosidad cuando llega a mis oídos a través de una amiga (hermana de Pascuala) que la artista ha recibido tan merecido premio por su oficio y otros méritos. Así pues, me dirijo una mañana de julio en convoy con mi amiga y mi mujer al taller para echar un ratito con la artesana. No conozco a esta señora, aunque abandero la causa del despiste y posiblemente su hermana me la haya presentado o incluso haya coincidido con ella en la caseta de feria familiar.

Lo que sí intuyo es que ceramistas como Pascuala en el caso de Triana, quieren perpetuar la tradición ceramista y adaptarla a las necesidades del presente. Con todos estos pensamientos lo mínimo que puedo hacer es documentarme un poco.

Ya en época romana y visigoda habían talleres de producción alfarera en la Vega de Triana por la calidad de los barros junto al Guadalquivir. Los almorávides y almohades crearon cerámica para el revestimiento de sus monumentos. Del periodo medieval solo nos quedan azulejos heráldicos en relieve (azulejos funerarios) fabricados a molde y vidriados. A raíz de la conquista de la ciudad por Fernando III se puso de moda los alicatados y a finales del siglo XV se crearon azulejos de cuerda seca con motivos góticos y los de arista.

Pero es en el siglo XVI cuando asistimos al gran auge de la cerámica trianera con la exportación de útiles a las Indias y por el adorno de iglesias y palacios en la ciudad. Se llegaron a crear en este siglo más de cincuenta talleres en el barrio de Triana. En este apogeo se fabricaron azulejos polícromos con técnicas procedentes de Italia introducidas por el pintor Francisco Niculoso (el Pisano) -por ejemplo el azulejo vidriado-. En la segunda mitad del mismo siglo nuevas influencias italianas y flamencas, de la mano de los hermanos Pésaro y Frans Andries de Ámberes, vienen a restaurar las técnicas de pintura a pincel sobre paneles cerámicos con motivos renacentistas. Fruto de estos nuevos métodos destacan maestros como Cristóbal de Augusta o Alonso García.

Ya en el siglo XVIII hay una gran producción de cacharros para boticas y los motivos de la cerámica pasan a ser escenas de género, de caza o montería. En el XIX, los artesanos trianeros entran en crisis por la competencia de la loza británica y las exportaciones desde Valencia y Cataluña. No fue hasta 1860 cuando reaparecieron nuevos talleres en Triana por la demanda de alfarería de la burguesía sevillana. Además, José Gestoso fomentó la formación estilista e histórica del oficio que, junto a la formación en la Escuela de Bellas Artes, convirtió el alfar en arte mayor. Por último, la Exposición del 29 en Sevilla atrajo a numerosos ceramistas y favoreció la creación de industrias y pequeños talleres hasta la mitad del siglo XX. ¡Vaya responsabilidad, Pascuala!

Si no fuera por Pascuala...
Pascuala, junto a azulejos de su autoría. / El Correo.

En el quicio de la puerta del taller nos recibe una mujer activa y muy habladora que nos invita a entrar amablemente. Ya dentro nos enseña una primera vista panorámica: cientos de platos pintados con motivos renacentistas y del siglo XVIII junto con otros con escudos deportivos, espejos enmarcados con labor de cerámica, remates de barro de edificios o cuadros de la Virgen del Rocío. Por otros rincones, pequeñas piezas pintadas con múltiples motivos y otros enseres como un juego de parchís o de oca (seguro que me olvido de otros muchos más) pueblan el local. Finalmente nos enseña una estantería de pinturas y óxidos frente a dos pequeños hornos.

Pascuala nos manifestó que está muy orgullosa de su nombramiento como trianera adoptiva en la pasada Velá y nos explica que este año la elección de las distinciones de la Velá ha sido distinta, puesto que los candidatos se han ido proponiendo entre gente del barrio. Que tras la comunicación de su distinción por parte de la delegada de Triana ella afirmó: “Ay, mire usted, yo no sé, nunca me esperaba que vieran en mí a esa persona”.

Suena el teléfono, seguro que es un encargo. Amablemente Pascuala le dice al interlocutor que lo llamará más tarde. Y seguimos la conversación: “un chaval me ha dicho que apunte cosas este verano porque le han autorizado a escribir un libro sobre mí, y es que me lo voy a tener que creer”.

Pascuala asiente cuando le recuerdo que muchas fábricas de cerámica han cerrado en el barrio (Fábrica Jiménez Izquierdo, Fábrica de Montalván, Fábrica de Santa Ana, Fábrica de Mensaque, Fábrica Ramos Rejano, Fábrica de cerámica y loza la Cartuja de Pickman...) y que en este negocio el testigo se ha pasado de padres a hijos o de maridos a viudas. Me comenta además que los años 2008-2013 fueron terribles para este oficio (amén de otras crisis y la misma pandemia) y que ha sobrevivido con sus ahorros a todas estas circunstancias. Empiezo a entender que Pascuala no ofrece solo marca Triana sino marca continuidad.

Cuando le pregunto cómo empezó su andadura artesanal me responde que “hace 50 años empecé en la Puerta Osario. Yo tendría 15 o 16 años. Mi padre viendo que éramos muchos trató de darnos un oficio porque yo no servía para estudiar. El caso es que comenzamos toda la plebe aprendiendo. Una señora encargada de Mensaque me enseñó. Mi padre tenía un amigo llamado Francisco Chaparro, exfraile capuchino, que montó un taller de cerámica y yo iba allí todas las mañanas. En la Pañoleta, mi padre y otros socios hacían espejos redondos, el resto de la familia hacíamos dibujitos para los espejos y los metíamos en el horno. Había mucha ilusión e incertidumbre por los que salía del horno, pero también mucha necesidad. Después mi padre dejó la fábrica pero había que seguir viviendo. Él, siempre muy emprendedor y muy arriesgado, nos metió a todos los hermanos por el mismo carril”.

Pascuala sigue hablando de otros recuerdos familiares, pero corregida por su hermana, se centra más en el asunto. “Mi padre siempre me aconsejaba “tu mira y pregunta” y así aprendimos todos los hermanos. A raíz de eso se montó una tienda en el barrio de Santa Cruz, luego otra y yo me vine a Triana. Yo era la que “guiaba a la comitiva”. Primero estuve en Conde de Bustillo y después monté la empresa a mi nombre: “Cerámica Artística Pascuala”.

Empiezo a deducir que Pascuala y hermanos están muy vinculados en el negocio familiar y que ella siempre ha tirado hacia adelante: “nos hemos ayudado unos a otros. Por ejemplo, hacer un plato con filo de oro para mí es muy grande así que yo se lo encargaba a un hermano que sabía hacerlo”.

Todo partió de un local en Rodríguez Caro para después coger un local en Mateos Gago. Ahí Pascuala llevaba las riendas del negocio pero fueron tiempos difíciles porque fue “un traspaso que costó sudor y lágrimas”. El caso que gracias a su madre y a la propia Pascuala aquello marchó: “trabajamos todos y poco a poco a cada hermano se le fue dando lo suyo para sus negocios, todos relacionados con la alfarería y la cerámica”.

Seguimos hablando de su actividad en el taller. Me refiere que ella está especializada en las necesidades del cliente. Por ejemplo, se empeña por atender todo tipo de peticiones: desde un cuadro grande del Rocío solicitado por un cliente para agradecer una acogida en la aldea, la reparación de un azulejo de toda una serie de alicatado o la fabricación de rótulos para un colegio o una calle. Y cuando no hay encargos se dedica a fabricar cenefas, platos, pequeñas piezas de números y letras...

Por otro lado, me cuenta que tiene un cliente de hace más de veinticinco años en Florida y que este se enorgullece de su formalidad en precios y entregas. Además, provee al resto de sus hermanos en sus respectivos negocios (y viceversa).

Pero Pascuala también hace labores de restauración y otras intervenciones con la colaboración de su gente (la familia García-Colón): “he restaurado cosas que nadie ha hecho antes, por ejemplo los zócalos en Alfonso XIII o la restauración del zócalo de la Iglesia de San Gonzalo en la que puse la cara de mi hija a un ángel”. Además, me cuenta otros trabajos como una obra en una iglesia de Brenes consistente en rodear el zócalo del sagrario siguiendo los patrones del Renacimiento o de variadas intervenciones en la plaza de España.

Perplejo por toda su actividad ceramista, se me ocurre preguntarle si le hubiera gustado dedicarse a la enseñanza. Me asegura que muchos alumnos de escuelas acuden a aprender técnicas como la cuerda seca, y que estos aseguran que en quince días han aprendido más que en tres años. Añade que le gusta enseñar y que sigue aprendiendo pero sobre todo no entiende que “hay gente muy recelosa que no le gusta enseñar”.

Seguimos escuchando el discurso de Pascuala cuando entra su única hija en el taller para enfundarse una bata blanca. Antes hemos estado hablando de cómo ha conciliado su vida familiar todos estos años. Asegura: “siempre he tenido mi espacio para mi hija, he conciliado muy bien porque no es lo mismo ser autónoma que trabajar para alguien”. Concluye: “yo he hecho mi vida a mi acorde”.

Después de regalarme un platito y varias piezas salimos de vuelta a la calle. Me quedo con varias impresiones. La primera es que Pascuala irradia felicidad por lo que hace, no imagina otro trabajo. La segunda que es valiente y emprendedora con “cabeza”. La tercera que si no fuera por Pascuala y todos sus hermanos, yendo todos a una, no hubieran salido las cuentas del variado negocio familiar. Y por último que como dice su hermana “quien habla con Pascuala nunca la olvida”.

Posdata: Ahora cuando voy por la calle no paro de sonreír admirando azulejos y otros remates por Sevilla. Todo gracias a personas como Pascuala y otros artesanos trianeros empeñados en revalorizar la alfarería y la cerámica de esta ciudad... Y de otros lugares del mundo.


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